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11/05/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 11/05/2018 6:00 AM CDT

Trastornos alimenticios: los hombres también los enfrentamos

Aunque hubiera bajado de peso, siempre sentía que tenía que perder cinco o diez kilos más.

Peter Dazeley via Getty Images
Anorexia y bulimia masculinas: riesgos y peligros.

La bulimia y la anorexia se convierten en enemigos silenciosos. Parece que no existen, que no están, que no son parte de uno. Van avanzando de manera consistente y casi imperceptible. Se instalan en la vida cotidiana con la misma normalidad que la violencia se instala en algunas de nuestras relaciones personales y afectuosas: una dosis de veneno diaria, sutil y autoinducida.

La vergüenza, la culpa y el autocastigo se convierten en patrones adictivos de conducta que, por un lado, persiguen la idea fantasiosa de mantenerse delgado a toda costa y, por otro, gozan y se alimentan del placer torcido de sentirse permanentemente rechazado por uno mismo. Siempre culpable. Una conducta autodestructiva llevada al extremo, ocasionada por la incapacidad de reconocer el cuerpo propio como lo que es: un cuerpo perfectamente humano, similar al de los demás y natural.

Las estadísticas de 2017 en México indican que el 25% de las mujeres entre 15 y 18 años han dejado de comer por 12 horas o más por miedo a engordar, y que 1 de cada 10 hombres que estudian la preparatoria utiliza el ayuno como método contra el sobrepeso. Además, el Instituto Nacional de Psiquiatría dio a conocer que 10 % de los jóvenes con anorexia y 17% con bulimia intentó suicidarse.

Shutterstock / Marcell Mizik
Tomaba demasiada agua; no comía casi nada; me sentía abrumado y aturdido por los pensamientos cíclicos y obsesivos.

Las ideas sobre el suicidio empiezan a rondar la cabeza cuando uno se encierra en pensamientos obsesivos de insuficiencia personal: no hay esfuerzo ni dieta suficiente para alcanzar el objetivo de la delgadez absoluta.

Hice un viaje de tres semanas a París y regresé con cinco kilos menos, y recibí la aceptación y el reconocimiento social, pero no era suficiente. Me felicitaban por haber perdido peso y por estar tan delgado, como si felicitaran a alguien que se hizo rico de la noche a la mañana -sin explicación alguna-. ¿Somos ciegos o elegimos hacernos los ciegos porque es más cómodo y seguro no ver la realidad como es?

Mi error más grave fue no aprender a formarme un criterio propio y a sentirme seguro con lo que yo pensaba y sentía. No hice caso a la voz que me repetía que no era muy sabio hacerme daño; sin embargo, de nada habría servido, pues en aquel entonces no tenía el valor de escucharme y hacerme caso. Puse en el centro de mi vida la necesidad de ser reconocido y me costó catorce años de salud física y veintitrés de salud mental.

Espejito, espejito: dime, ¿quién es el hombre distorsionado que veo en mi reflejo?

Aún hoy, justo ahora que escribo, me enfrento a situaciones similares. En unas horas, tendré que lidiar con personas violentas y desconsideradas que conocí en el pasado. Aún hoy escucho algunas voces decirme que "debo reconciliarme, perdonar y dejarlo ir" y, por lo tanto, comportarme como un caballero y conquistar nuevamente el reconocimiento social a costa de mi dignidad.

Aún hoy tengo momentos de vacilación, y no me acomodo fácilmente en una decisión clara. Las normas de la etiqueta social dictan que debo saludar, convivir, incluso reírme cuando alguien haga bromas que me molestan, y hacer como si nada hubiera pasado.

Pero no. Para mí pasó todo. Y hacer como si nada hubiera pasado sería regresar al camino de traicionarme a mí mismo. Y no, hoy sé cuáles son las consecuencias de conducirme estrictamente bajo esas normas y el efecto demoledor que pueden tener en mi persona.

Me felicitaban por haber perdido peso y por estar tan delgado, como si felicitaran a alguien que se hizo rico de la noche a la mañana -sin explicación alguna-.

En mi adolescencia era muy difícil y complejo abstraerme del mundo exterior. Al entrar a la preparatoria mis conductas se agudizaron hasta desarrollar patrones de comportamiento que aniquilaron mi personalidad y mi carácter.

Tomaba demasiada agua; no comía casi nada; me sentía abrumado y aturdido por los pensamientos cíclicos y obsesivos de perder más peso; me subía a la báscula en la mañana y en la noche y, aunque hubiera perdido peso, siempre sentía que tenía que perder cinco o diez kilos más; usaba suéter y chamarra porque sentía demasiado frío, aunque hiciera calor; y me miraba en los espejos y reflejos de las ventanas como si fuera la casa de la risa: en unos más flaco, en unos más gordo, en unos más alto, en unos más bajo, en unos más guapo, en otros más feo. Espejito, espejito: dime, ¿quién es el hombre distorsionado que veo en mi reflejo?

Con el tiempo la bulimia se convirtió en mi problemática principal y ante cualquier emoción negativa, particularmente una sensación de rechazo, me volvía loco, sintiendo la urgente necesidad de hacerme daño. Era mi culpa que no me quisieran. Era mi culpa por no ser suficientemente delgado, por no ser guapo, por no tener un cuerpo de modelo.

Después se me hizo normal tener desmayos y una sensación permanente de hormigueo por todo el cuerpo, mareos, nostalgia y un profundo agotamiento. La ansiedad y la angustia me acompañaban como mi sombra, y el cigarro y el alcohol eran los únicos anestésicos que me calmaban los nervios.

Escribir sobre lo vivido ayuda a dejar de sentir vergüenza y a entender algo de una total sencillez y una fuerza poderosa: no hay quien no tenga problemas y quien no enfrente desafíos en su vida.

Podría relatar cada conducta y estrategia utilizada en mis ayeres para no engordar. Pero, no se trata de eso. No se trata de darle ideas a las y los adolescentes que atraviesan por esta problemática. Se trata de exorcizar y de reconocer mi pasado para evitar la condena de repetirlo incesantemente.

Mis errores de juicio adolescente y juveniles son las cicatrices que hoy constituyen parte fundamental de lo que soy. Comprender los caminos que, por muchas razones, tomé equivocadamente, me da la perspectiva de entenderlos como experiencias que forman parte esencial de mi historia de vida. Me dan la pauta para saber qué caminos tomar y a qué caminos cerrarles la puerta.

Escribir sobre lo vivido ayuda a dejar de sentir vergüenza y a entender algo de una total sencillez y una fuerza poderosa: no hay quien no tenga problemas y quien no enfrente desafíos en su vida; compartirlos y aprender de la experiencia de otros nos fortalece y nos puede ayudar a trascenderlos de manera definitiva.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.