EL BLOG
16/11/2017 8:54 AM CST | Actualizado 16/11/2017 9:01 AM CST

Ser el más guapo de la fiesta no es color de rosa

Marjan_Apostolovic via Getty Images

Inevitables son los momentos de soledad y angustia. Llegan solos. Sin advertencia, a pesar de cualquier intento de evadirlos. Se sienten más cuando me atrapa el sentimiento de fracaso que se presenta después de cada ocasión que, de acuerdo con los estándares sociales, podría haber conocido al hombre de mi vida.

Sin embargo, llega a mi mente una pregunta muy sencilla que busca romper esas ideas: ¿acaso no soy yo el hombre de mi vida?

A pesar de todo, permanece la sensación de fracaso, después de los momentos y expectativas terriblemente idealizados en los que seguramente podría haber conocido a ese hombre. Al hombre que supuestamente habría besado esa noche, en medio de la pista, para salir airoso y triunfante del combate social de las relaciones ocasionales. De ese combate de gladiadores homosexuales que lograron ligar esa noche y que miran con desprecio y altivez a los perdedores. A los solos, a los sin pareja.

Luego despierto de las exigencias sociales de la mafia rosa que nos impulsa sistemáticamente al frenesí del ligue ocasional, a la demostración pública de la guapura y los cuerpos de revista.

A veces, me sigo sintiendo atrapado en esas novelas infantiles y, entonces, imagino ligarme al hombre más guapo de la fiesta, bailar con él algunas canciones de moda, transitar con gracia y elegancia el juego del cortejo y finalmente besarlo —enfrente de todas—.

Después, sería imperativo portarme como un caballero (o dama, según sea la preferencia y el criterio de las demás) para esperar por algún tiempo prudente, con el único objetivo de salir victorioso del coliseo social, agarrado de su mano, rumbo a su casa, como un gladiador que venció a los contrincantes, dándose el lujo de la prepotencia y la superioridad moral, al despreciar a su audiencia.

Luego despierto. Despierto de las exigencias sociales de la mafia rosa que nos impulsa sistemáticamente al frenesí del ligue ocasional, a la demostración pública de la guapura y los cuerpos de revista, a las pláticas permanentes sobre el número de hombres, posiciones, tríos, tamaños y lugares exóticos para el encuentro sexual. Y, por supuesto, al vacío emocional.

La realidad, no obstante, la mía y la de muchos me atrevo a decir, nada tiene que ver con estas ilusiones. Muchas más de las veces, esos encuentros se dieron en situaciones incómodas, en lugares sombríos, en momentos de desesperación, angustia y soledad, con grandes dosis de alcohol y drogas que me dieran el valor para el encuentro con un desconocido.

Aún recuerdo las innumerables noches que lloraba en mi cama por haber perdido el combate social, al regresar solo y desolado a mi casa.

Después, no tenía opción sino salir huyendo o bien despertar al día siguiente al lado del mismo desconocido del que había olvidado el nombre y cuya cara y cuerpo habían perdido el encanto y el glamour de la noche anterior.

Aún recuerdo la voz de un desconocido en La Casita, decirme al oído que me iba a presentar a su esposa; aún recuerdo estar encerrado en el baño del Tom's con otro desconocido y salir corriendo por temor a contraer una enfermedad; aún recuerdo al hombre de más de cincuenta años al encerrarse conmigo en un cuarto de los baños Finisterre, morirse de risa porque yo era incapaz de articular palabra por el nivel de borrachera que tenía a las nueve de la mañana de un martes o un miércoles cualquiera en lugar de estar trabajando en mi oficina.

Aún recuerdo las innumerables noches que lloraba en mi cama por haber perdido el combate social, al regresar solo y desolado a mi casa. Recuerdo mi cara también: su tristeza, sus ojos vidriosos, su imagen de dolor y vacío y, sobre todo, su sonrisa fingida que buscaba incesantemente pretender que no había pasado nada y que todo, absolutamente todo, estaba bien.

No obstante, prefiero escribir en mi casa sobre lo vivido y seguir luchando por destruir los moldes sociales que solo enfermaron mi alma. Prefiero sentarme a descubrir los errores que me llevaron tan inconscientemente a querer cubrir tan acuciosamente cada uno de los requisitos informales para pertenecer, a toda costa, a la mal llamada comunidad gay.

Prefiero no pertenecer. Decido no hacerlo desde esa posición tan cruel y tan indigna. Prefiero elegir de manera consciente recobrar mi dignidad y mi derecho a vivir soltero y solo, venciendo finalmente la presión social de tener pareja.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.