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20/02/2018 6:02 AM CST | Actualizado 20/02/2018 6:02 AM CST

Mi historia con un hombre mayor o 'Llámame por tu nombre'

Instagram: cmbynfilm

Lunes por la noche. Una cita con mis amigos para ir al cine. Había recibido con anterioridad un mensaje de otro amigo al que conozco desde hace muchos años, quien me decía que la historia de esa película, Llámame por tu nombre, era la historia de su vida. Entramos. Nos sentamos rodeados de gente como nosotres (con e y contra todos los puristas del lenguaje que detestan que juguemos con las palabras porque no quieren ver que no se trata de reglas gramaticales ni de inclusión, sino de nuestra identidad).

Una historia de amor, como tantas que he visto, pero entre dos hombres homosexuales en los años ochenta en "algún lugar del norte de Italia". Una historia homosexual que no se trataba de discriminación, prejuicios, angustias, horrores o asesinatos. Una historia de amor... casi común y corriente. Una historia con la que me identifiqué y con la que recordé a mi primer novio, quien me llevaba unos diez años. Una historia con algo de drama también: una llamada desesperada desde una estación de tren y un llanto incontenible frente a la chimenea, al descubrir que todo había terminado.

Me vi sentado en el baño de la casa de mis padres, llorando incontrolablemente el día que él y yo terminamos en el Parque México en la Condesa. (Iba a escribir su nombre, pero sentí que era injusto que su nombre anduviera por ahí desperdigado en el mundo virtual). La forma en que sentí mi propia historia fue más dramática que la película, sin embargo. No tengo la memoria tan fresca sobre ese evento, aunque sigo teniendo imágenes y sentimientos muy claros: sé que caminamos largo rato por el parque; sé que quería culparlo por todo, sabiendo que yo había sido demasiado intenso, insistente y fastidioso; sé que él salía con una mujer para tapar las apariencias; sé que yo lo permití, pero que no sabía cómo detenerlo; sé que no quería dejar de ser su novio y sé que me dolía tanto el orgullo de ser rechazado que mejor apresuré las cosas para que "termináramos" en plural, en lugar de dejar que él me terminara en singular.

Me fui sin voltear, ahogado en llanto y rabia, esperando que me alcanzara y me dijera que lo pensáramos y que nos diéramos una segunda oportunidad. Me quedé esperando en el mundo de mis fantasías, llegué a mi casa y lo único que pude hacer fue meterme al baño, abrir la regadera y sentarme a llorar en el piso.

Mi otra historia, esta vez en Europa

A mitad de la película, me vi entonces en Londres. Saliendo de la estación de tren de Waterloo, bajándome del Eurostar, en busca de un hostal para pasar la noche. Me subí al metro, me confundí varias veces, tomando trenes que no debía tomar hasta que finalmente llegué a la estación donde estaba el hostal en el que se suponía que pasaría la noche. Salí y había un tumulto porque acababan de asaltar un restaurante. Se me acercó un hombre unos diez años mayor que yo, también, y empezó a platicar conmigo. Era corcegués, estaba estudiando un posgrado y se decía llamar Jimmy. Se ofreció a llevarme a mi hostal y nos subimos en un autobús de dos pisos –en el piso de arriba, increíblemente.

Me besó y empezó a tocarme y, después me preguntó si yo ya había estado con otro hombre, y yo, en mi fabulosa soberbia, fingí ser un experimentado en ese tipo de asuntos.

Yo era ingenuo e incluso inocente. Volteé a verlo, mientras platicábamos, y sentí una atracción desproporcionada, casi una urgencia de besarlo de inmediato. Me contuve. Llegamos al hostal y, cuando estaba a punto de dejarme ahí, me ofreció quedarme en su casa (con la pésima excusa de ahorrarme la noche de hostal). Llegamos a la casa de estudiantes donde vivía. Me sirvió té y se sirvió un té, y platicamos. Yo estaba confundido porque esos momentos se volvieron tan amistosos que pensé: quizá sí lo hizo por ser cortés y esto no es –para nada (énfasis añadido)– lo que yo me había imaginado. Fuimos a su cuarto y me dijo: "espero que no te moleste dormir con un hombre en la misma cama". Inmediatamente, respondí que no, que más bien me sentía agradecido por dejarme quedar en su casa.

Me besó y empezó a tocarme y, después me preguntó si yo ya había estado con otro hombre, y yo, en mi fabulosa soberbia, fingí ser un experimentado en ese tipo de asuntos. Siempre hice como que sabía perfecto lo que estaba haciendo. Todo, menos quedar como un imbécil frente al hombre que tenía enfrente. Pero empecé a temblar, lleno de miedo, lleno de frío, lleno de angustia, lleno de ganas, de deseo, de placer y de descubrir lo que era estar con un hombre por primera vez. Qué sensaciones tan indescriptiblemente maravillosas esas, la de sentir tanto placer por un hombre y la de ver al otro deshacerse de placer por uno.

¿Qué hubiera pasado si me hubiera quedado al lado de Jimmy en lugar de salir corriendo a París y al resto de mi viaje para evadir mi homosexualidad? ¿Lo hubiera llamado por mi nombre? ¿Hubiera vivido un tórrido romance que podría inmortalizarse en una película o en un libro?

Tengo su cara estampada en mi memoria. Tengo los tantos trenes que tomé para ir de una ciudad a otra, tratando de no pensar en él, pensando en él todo el tiempo, sintiendo placer por la noche que pasamos juntos. Tengo los relojes de las estaciones de tren y las despedidas y esperanzas de tantos viajeros guardadas en mi cabeza. Jimmy no era guapo ni feo, pero me parecía encabronadamente atractivo. No era el primer hombre de mi vida, pero sí el primero significativo. Y una noche bastó para cambiar la dirección de mi vida adolescente, a consecuencia de mi primer encuentro con un hombre mayor.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.