EL BLOG
30/01/2018 7:00 AM CST | Actualizado 30/01/2018 8:30 AM CST

La resaca de las elecciones

PEDRO PARDO/AFP/Getty Images
A veces tengo la impresión de que López Obrador utiliza la misma estrategia que usó Jesucristo para atraer a más y más fieles a sus huestes.

Hace unos días leí este tuit de Gerardo Esquivel:

De inmediato, lo retuiteé, pensando en que la ambición de López Obrador había destruido exactamente igual al PRD.

¿Acaso López Obrador no deshizo el PRD para luego llevarse a casi todos a Morena? Con ese antecedente, no sorprende la actitud de Anaya de quedarse a como diera lugar con la candidatura presidencial de su partido. No sorprende tampoco que Meade sea el único candidato que le podría dar alguna posibilidad al PRI y al peor gobierno del que muchos tengamos memoria (no me refiero en términos históricos, sino a los gobiernos que nos ha tocado vivir a muchos, pensando que no podíamos estar peor, hasta que nos tocó este gobierno del que cada cinco minutos hay escándalos o declaraciones irritantes... como la última en la que al presidente le pareció irritante el ruido que se hace en redes sociales).

Por momentos o más bien, por muchos momentos, he pensado que me encantaría despertar en agosto de 2018, una vez que hubieran pasado las elecciones y supiéramos —ojalá lo sepamos para esas alturas— quién será el nuevo presidente... porque de presidenta ya ni hablamos, dadas las circunstancias. Por momentos, preferiría estar viviendo la resaca de las elecciones, teniendo un terrible dolor de cabeza al saber quién nos gobernará que seguir siendo atacado masivamente por spots, comentarios electorales, mesas de opinión, debates, declaraciones incesantes, pláticas de café y un largo etcétera, todos sobre los mismos temas y aristas.

Porque esta borrachera que están siendo las elecciones —y eso que apenas están en precampañas— ya me está provocando demasiada embriaguez.

No sé si una embriaguez a los niveles de Anaya y López Obrador. No sé si a ese nivel de embriaguez y embrutecimiento de poder que hace destruyan todo a su paso, pensando que si los vemos llevar a sus hijos a la escuela o irse a cortar el pelo ya les vamos a creer que sí son buenos y son la mejor opción para gobernar. ¿De veras, siguen creyendo que somos tan idiotas? ¿De veras, creen que no tenemos un ápice de memoria? ¿De veras, creen que no hemos visto lo que han hecho todo este tiempo y la forma en que se contradicen o en que evaden los temas de fondo que realmente nos preocupan como la corrupción, la pobreza o la inseguridad? Y eso por mencionar solo tres, si no, se me acabaría el espacio del blog.

¿De veras, creerán en el PRI que porque es Meade su candidato ya se nos olvidó todos los miles de millones de pesos que presuntamente han robado o desviado para enriquecerse absurdamente y usar relojes de 5 millones de pesos o para engordar la vaca que les permita seguir comprando votos al por mayor a lo largo y ancho del país? ¿De veras, creen que no sabemos que son como Coca-Cola y que son capaces de llegar al último rincón de México para obtener un voto?

Ninguno convence, todos tienen demasiada cola que les pisen, ninguno inspira, han recurrido a demasiadas contradicciones y lo único que de verdad es claro es su ambición desmedida de poder.

Y, cuando uno piensa que ya no se sorprende con nada de lo que pasa en la política nacional, entonces Gabriela Cuevas y Cuauhtémoc Blanco se suman a las filas de Morena, mientras Roberto Gil Zuarth se está formado en la fila. No sé ustedes, pero a veces tengo la impresión de que López Obrador utiliza la misma estrategia que usó Jesucristo para atraer a más y más fieles a sus huestes. Pareciera que el solo toque de López Obrador les redime de todas sus fallas y que, después de haberse reunido con él, con su sola presencia, suceden los milagros que los convencen de arrepentirse de todos sus pecados, de unirse a Morena y de apoyar el movimiento de "reconciliación nacional". Mejores académicos e intelectuales han hecho análisis mucho más profundos que el mío, explicando justamente eso, que López Obrador es un mesías. Y, sin embargo, no dejo de sorprenderme de su nivel de megalomanía y de la falsa moral de los redimidos.

La realidad, sin embargo, es que, al igual que yo, muchos no tienen la más mínima idea de por quién votar. Ninguno convence, todos tienen demasiada cola que les pisen, ninguno inspira, han recurrido a demasiadas contradicciones y lo único que de verdad es claro es su ambición desmedida de poder. Por lo tanto, no hay forma de creerle nada a ninguno: es demasiada falsedad, demasiado teatro y demasiado de este modelo de política caduco que nos tiene hartos por no decir hasta la madre.

Como siempre, este blog terminó llevándome por caminos insospechados, pero heme aquí, quizá no haciendo un gran análisis político digno de un escuincle que estudió Ciencia Política, sino más bien vomitando a consecuencia de la terrible borrachera de estas elecciones que apenas inician.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.