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21/03/2018 4:00 PM CST | Actualizado 22/03/2018 10:54 AM CST

El camino que me condujo a la anorexia y la bulimia

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Obese boy with snack

Estaba comprando un café del día, sin azúcar, muriendo de hambre, después de hacer ejercicio. Vi una bolsa de nueces con pasas, y pensé que podría ser un buen snack, como decimos ahora, para quitarme el dolor de cabeza. Tomé la bolsa y leí, como lo hago desde que tenía catorce años, que tenía trescientas calorías. 300. Así, 300. Trescientas calorías de angustia, ansiedad y desesperación. Trescientos recuerdos de por qué no debería comerme esas nueces y pasas. Trescientas pulsaciones internas repitiéndome al unísono que, si me las comía, subiría de peso y volvería a ser gordo y volvería a vivir el asedio social sistemático con preguntas incesantes sobre mi peso, además del terror de ser rechazado por ser gordo. Gordo, sí, sin correcciones políticas.

Decidí seguir muriendo de hambre y de dolor de cabeza, antes que comerme trescientas calorías que podrían echar a perder todo lo que había hecho en el gimnasio. En lugar de eso, tomé la sanísima decisión de tomarme el café y fumar un cigarro.

Días después, al terminar la comida, tuve una conversación aleatoria, con varias mujeres de mi oficina. Escuché varios de los fantasmas con los que he vivido por años. Escuché con mucha atención cómo varias de ellas tenían una visión distorsionada de sus cuerpos y la vergüenza infinita que sintieron y que posiblemente sigan sintiendo sobre sus piernas, sus pompas, su abdomen o sus brazos. También platicaron sobre el tipo de estrategias que utilizan día a día para disimular, sí, disimular las partes de su cuerpo que no se ajustan al estándar de belleza. Me quedé en silencio, entendiendo profundamente sus emociones y me quedé callado recordando mi adolescencia.

Me fui decepcionando cada vez más de mí y de mi gordura: de mi asquerosa gordura y de mi incapacidad de adelgazar rápidamente.

Crecí como un niño con sobrepreso, como tantos que abundan hoy en día en México. Sin embargo, cuando cumplí ocho años, algo empezó a suceder conmigo que no podía parar de comer. No podía hacerlo. Siempre tenía hambre y escondía comida debajo de la cama para que nadie descubriera cuánto comía en realidad. Empecé a prestar demasiada atención a los comentarios de la gente y de mi familia, que me repetían incesantemente que estaba gordo, que mi cuerpo era asqueroso, que no podía tener esa panza, que no podía tener esas piernas, que no podía tener estas nalgas, que daba asco. No podía. La prohibición de tener el cuerpo que tengo comenzó a temprana edad, en un viaje sin retorno. Estaba prohibido tener un cuerpo como el mío y estaba permitido rechazarlo de manera persistente.

Seguí creciendo terriblemente angustiado por no poder dejar de comer, obsesionándome también por adelgazar sin importar el precio. Me llevaron con un doctor francamente obeso que me regañaba por tener sobrepeso y por no adelgazar los dos kilos que se supone debía adelgazar cada semana con las anfetaminas que me administraba. Posteriormente me llevaron con la homeópata, que me daba gotitas y chochitos para quitarme la grasa y el hambre, ella también se decepcionaba porque yo no adelgazaba al nivel y al ritmo que ella imponía semanalmente. Me fui decepcionando cada vez más de mí y de mi gordura: de mi asquerosa gordura y de mi incapacidad de adelgazar rápidamente. ¿En qué momento se me había ocurrido la genial idea de ser un gordo sin control ni mesura? ¿Que no sabía yo que a los gordos no se les quiere?

Si la infancia se había convertido en una pesadilla, no tenía idea de lo que significaría ser un adolescente con problemas de peso. En esos años, lo más importante no era ser el más listo, sino el más guapo, el que ellas –y seguramente algunos de ellos quizá en silencio– deseaban. El más atractivo, el más carismático, el deportista y todas esas cosas que creemos que solo ocurren en la sociedad estadounidense. Fue en esa época en la que aprendí a utilizar ropa holgada que me ayudara a disimular las lonjas y todo aquello que pareciera ser remotamente algún signo de obesidad. Aprendí a autodescartarme de los guapos, de los deseados, de los atractivos. Aprendí a autodescartarme de ser una persona digna de respeto y cariño. No encajaba con los estándares de belleza. No encajaba tampoco en los estándares de aceptación social o familiar. Se podía todo, incluso ser maleducado, grosero y patán, pero ¿gordo? Ni se te ocurra.

Ahí, comenzó no solo una obsesión, sino una compulsión por adelgazar. Y entonces, se me cruzó por la vida un programa de modelos, obsesionadas con ser infinitamente delgadas hasta los huesos. Empecé a ver cómo evitaban comer todo aquello que engorda y paulatinamente empecé a ver que dejaban de comer lo que fuera porque todo, sin excepción, engorda. También me di cuenta que se provocaban el vómito cuando no lograban resistir la tentación de comer. Lejos de parecerme una locura, me parecía fascinante haber encontrado una solución al problema que había cargado literalmente por tantos años.

Esa era mi solución, pensé. Esa era mi respuesta. Y así, entre mis catorce y quince años, vino una oportunidad de oro para hacer mi primer viaje al extranjero y alcanzar uno de mis mayores sueños de adolescencia: conocer París. Todo era perfecto, todo. Pero no podía ir a Francia, siendo un gordo, un completo gordo que no encajara con la capital de la moda. Y así sin más, inició mi primer viaje al mundo de la anorexia y la bulimia.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.