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09/10/2018 6:12 PM CDT | Actualizado 09/10/2018 7:37 PM CDT

'Yo mismo': Toledo a través del tiempo

El artista mexicano Francisco Toledo abre un espacio íntimo en su más reciente exposición 'Naa Pia´. Yo mismo'

ARTURO PÉREZ ALFONSO/ CUARTOSCURO.COM
El artista mexicano Francisco Toledo en Oaxaca el 15 de febrero de 2018.

"Uno llega como llega a esta edad y uno no tiene nada que hacer.

Ojalá uno fuera más sabio".

Francisco Toledo, sobre su exposición NAA PIA´, YO MISMO

A principios de los años sesenta, Francisco Toledo visitó el Museo de Colonia, Alemania. Tenía alrededor de 20 años. Ahí vio los últimos autorretratos de Rembrandt: un viejo desencantado, desdentado, con un trapo en la cabeza, tal vez ya calvo, frente al espejo. Ahora el maestro es quien se mira en aquel espejo: el túnel del tiempo en el que, tarde o temprano, todos nos miraremos. ¿Habremos necesariamente de reconocer nuestro reflejo?

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En ese baúl de luz que es su Arco y la Lira, Octavio Paz escribió lo mismo que Merleau Ponty en su célebre El ojo y la mente. A saber: el primero, "que la forma y la sustancia son lo mismo", el segundo, "que en el arte el qué está en el cómo". Los cuadros de esta exposición son eso. Toledo revisitado por sí mismo, empapado de sus circunstancias. 78 años a cuestas.

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La senectud briosa que se quita y pone canas cuando lo desee. A fin de cuentas el pintor es su modelo. Y con gracia. Con un pie clavado en la tierra, pero también con una mano afianzada de una mariposa. Movilidad y fijación, volatilidad mesurada. Aquella cosa del "rápido que voy despacio". Entonces podemos decir que Francisco Toledo en verdad se ha convertido en papalote. Es de papel, siempre lo ha sido, pero uno que corta, en altos vuelos, el cielo por el centro. ¿El centro de qué?

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Óleos sobre tela, mixtas sobre papel, hoja de oro, mica. Y secretos de por medio. ¿Y los colores de la paleta? La de la casa. La de Oaxaca. Esos colores de tierra por abajo, que levantan luego esos colores del agua. Con naranjas, cafés, amarillos, negros, verdes claros, dorados. Y entre los colores de la tierra, brotan de vez en cuando esos azules. Son los azules de siempre. Los de Toledo. También los del maestro Tamayo. Porque los azules de Tamayo son los azules de Toledo. Y por ahí diremos Nieto, Morales, quienes según nuestro gusto se hayan ganado un lugar en ese cielo abierto. Y es que habría que decir que los de los oaxaqueños son pero no son nuestros cielos. Natura dura y asimilada. Geocultura, genealogía histórica de las mentalidades creativas, genética cultural la de su paleta: colores a tierra de oaxaqueño. Colores de un patrimonio, hasta ahora, vivo.

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Ya no brinca el sapo, ya no salta la liebre o se nos viene un murciélago en estos cuadros. Hay por ahí una mosca. Pero no significa que el bestiario interior se haya acallado. No. Lo vemos y lo comprobamos. Es otro. Aquí vemos a Toledo por Toledo, cara a cara, en el espejo. Qué es lo que se dicen entre ellos luego de tanto tiempo. ¿Qué se cuentan? ¿Cuál ha sido? ¡Cuál su secreto!

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Es una línea gruesa la que figura estos rostros que se da Toledo. Vibrante porque ha vivido. Le tiembla la mano porque si no le temblara no habría vivido. Confiesa que ha vivido, como aquella biografía de Neruda. Por eso es fina: porque es gruesa. Está decantada, se ha incorporado como su propia habla. Es la línea más larga entre un punto y otro sobre un plano: mide 78 años. Es tan vibrante, sinuosa y sabia como la propia versura del arado.

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Muchos de estos cuadros son acercamientos, más que a su rostro, a la manera en que el artista se reconoce a sí mismo. De manera que se trata de una invitación a un espacio íntimo. Más que una exposición del "yo", estamos en el espacio de su "yo mismo" viéndose a "él mismo". Él y él, tête à tête; mano a mano, en el western del lienzo que es su vida misma. Lo que se diga ahí él a él, se quedará ahí, aunque estemos ahí, frente a él, o él frente a nosotros. Quiero decir frente a los cuadros. No un monólogo, un diálogo interior. El artista se pregunta por dentro y se contesta por fuera, con trazos.

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Antonio Calera-Grobet
Muchos de estos cuadros son acercamientos, más que a su rostro, a la manera en que el artista se reconoce a sí mismo.

Antonio Calera-Grobet
El artista se pregunta por dentro y se contesta por fuera, con trazos.

El mundo se divide en dos tipos de humanos. Los que viven en un lado de las cosas y los que viven en el otro. O bien no se divide el mundo en dos. Siempre somos los que estamos en un lado sin saber que pertenecemos a otro. O deseándolo. De manera que vivimos como ventrílocuos hablando de una manera por arriba y por otra a un lado. En "NAA PIA´" decir quién va de un lado y del otro es asunto del artista. Yo le preguntaría a usted, amigo observador. ¿Usted ya lo sabe? ¿Ya ha trazado uno de esos clásicos mapas que le dicen "Usted está aquí"? ¿Realmente ya sabe en dónde está? ¿En dónde? ¿De este lado o el otro? Vamos, lo que quiero preguntarle es, ¿ya ha hecho un corte de su vida, ya pidió la cuenta de cómo van sus cosas?

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Imaginemos, tentativamente, esto: se ven, se miran, se observan, se analizan detenidamente, cansinamente, el ser biológico y el ser humano, pegados. Es decir, Francisco Toledo, el hombre de carne y hueso, el padre, el ciudadano-ser social, todos estos reunidos en un punto, en profundo silencio. Y apenas digo en silencio, reparo. ¿En serio? ¿Cuál será en verdad el ruido o la música de fondo de estos autorretratos? ¿Se oye el estudio o el espacio público? ¿Se oye el gis del silencio o el de los gritos desesperados de un pueblo hecho añicos? ¿Se huele aquí, todavía, el duelo? Puede ser. Por lo menos me imagino que el bullicio de una colmena, que en todo caso sería una metáfora de la cruza de ambos. O un hormiguero. Porque no es posible despegarnos de lo que somos. Seres entre otros seres. Una colmena es cierto. O un hormiguero. Cualquier ecosistema es verdadero.

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Y cuando leemos en las fichas que los cuadros (casi todos con el mismo nombre y seriados (NAA PIA´ 14, 15, 25, 104), fueron levantados por una técnica mixta, imaginemos que se refieren a algo más que a su cosa material. Por ejemplo, que Francisco Benjamín López Toledo (nacido en esa ínsula del istmo, poema abierto de Juchitán, Oaxaca, el 17 de julio de 1940), es un artista plástico mexicano, (maestro dibujante, pintor, escultor y ceramista), sí, pero también un activista de izquierda, o luchador social, o ambientalista (todos estos calificativos que ponen a los que trabajan por el otro y no solo por ellos, por el mundo en que vivimos y no solamente en su pequeño mundo), pero también promotor cultural y filántropo, que ha apoyado numerosas causas (es decir, ofreciendo el tiempo de su propia vida), enfocadas a la promoción y conservación del patrimonio artístico.

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Sienta bien a quien ve esto la obra de Toledo. Se crece la sensación de ser y estar en México. Y es que Toledo es por mucho, casi ni vale la comparación con ningún otro artista, nuestro gran unidor. Y aunque convendría en todo caso ir multiplicando esta exposición en una casa de espejos (para hacer nacer decenas de Franciscos Toledo), sabemos que como él solo hay y habrá uno. Con toda la felicidad y tristeza y frustración que ello implique. Y cuando estemos ahí parados, embebidos, rellenos de una sensación de contrato social a la vez que redimidos por el arte puro, recordemos algo que el maestro ha dicho a la prensa con motivos de esta exposición: que a su partida quisiera que las instituciones, las magnitudes que fuera creando con tanto empeño, sudor, ahínco, continúen trabajando.

Continúen trabajando. Escuchemos: que continúen trabajando. Trabajando. Al mismo ritmo y con la misma dirección que tuvo y tiene su propio trabajo. Ese es el ritmo también de los cuadros. Nos dicen que continúa trabajando. Que no para. Porque el ritmo de la creación es el ritmo de la naturaleza. En las miles de notas que han aparecido sobre su trabajo, leemos, de alguna u otra manera: "Toledo es considerado uno de los mayores artistas vivos de México y cuenta con el reconocimiento internacional". Sí. ¿Pero por qué? Porque es un ser humano dedicado al trabajo. Al trabajo verdadero y no alienado.

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Antonio Calera-Grobet
Y es que Toledo es por mucho, casi ni vale la comparación con ningún otro artista, nuestro gran unidor.

Antonio Calera-Grobet
Querido lector, un favor. Si usted decide visitar esta exposición, hágalo con la cabeza despejada. Invite a su familia.

Y es más: si fuera una suposición que Francisco Toledo anduviera cansado, ¿cansado de qué anduviera? Quiero pensar, me disculpo, que en resumidas cuentas de la barbarie, la gran herida que carga este México por los que no ponen (no quieren poner), manos a la obra, es decir, apoyar al país. ¿De los creadores (políticos, funcionarios, en fin, autoridades de su ramo y el cultural y artístico quizá más) que no crean? Cada quien podrá opinar. Yo opino: ¡Ay artistas! ¡Cuántos no distinguen la diferencia! Cargan un frijol en su vida y se ponen de obrero y campesino en su biografía.

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Retratos que son juegos para reconquistar la muñeca. Composiciones rectangulares que por dentro se truenan en triángulos en rombos, en trapecios. ¡Porque no somos cuadrados: somos poligonales! Gestos que brotan de pinceles veloces, cuerpos rápidos. Y por donde se vea salen esas canas frondosas. Son como hilos de elote, cimientos de próximas secuoyas, tepalcates de barro con brotes de chía. Son pelos de pincel, mecate para atar sabiduría.

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Aquí pues estos rostros de un viejo sabio. Y vaya que son enigmáticos. Porque no sabemos ni sabremos lo que piensa el retratado pero a la vez son muy claros por lo que vemos de este lado: son los rostros de un viejo pero también sabio. Y he ahí el juego. Tan claros y enigmáticos. Y el mismo juego pasa con sus hechuras. Porque llevan fuerza, febrilidad, pero fueron trazadas por una muñeca y un ojo sabio, es decir, un cuerpo que se ha entrenado toda una vida. ¿Un cuerpo o una mente sabia? ¡Pues claro que ambos! Y quizá aquí se toca todo en el mismo punto. Estamos viendo los retratos de un viejo sabio a sí mismo, es decir, retratos de toda la experiencia de un mundo: el mundo de la pintura. Y esta pintura, como un juego de M.C .Escher, todo se implica. Y eso sólo lo logran los grandes artistas.

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Querido lector, un favor. Si usted decide visitar esta exposición, hágalo con la cabeza despejada. Invite a su familia. Dese una vuelta por Polanco, disfrute de lo lindo del viaje. Y mire, mire todo lo que haya que mirar de los cuadros y de usted. Luego tome un café en el parque Lincoln mientras los niños juegan con los barquitos en la fuente. Alimente a los pájaros que revolotean por esos altos árboles. Y es más: haga sus propios autorretratos ahí en una banca, disfrutando de la vida. Preguntándose por ella. ¿Qué es vivir? ¿Por qué trabajamos tanto y nunca la vivimos? Y se va a dar cuenta que mucho de lo que haga ese día será realmente vivirla.

Antonio Calera-Grobet
"Estamos viendo los retratos de un viejo sabio a sí mismo, es decir, retratos de toda la experiencia de un mundo: el mundo de la pintura". Antonio Calera-Grobet.

* Luego de haberse presentado en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), y la Latin American Masters de Santa Mónica, California, Estados Unidos. La muestra "NAA PIA´ / YO MISMO", llega a la Ciudad de México, a la Galería Juan Martín en Polanco. Está conformada por alrededor de 60 piezas, dos óleos y dos esculturas, de las 120 que conformaron la exposición en sus sedes anteriores. Se exhibirá al público capitalino hasta finales del mes de noviembre (Dickens 33-B, Polanco).

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