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19/01/2018 6:00 PM CST | Actualizado 19/01/2018 8:35 PM CST

Los activistas suaves, los 'realistas', los indiferentes: ¿a qué grupo perteneces?

PEDRO PARDO/AFP/Getty Images

A los votantes, que tendrán o no que decidir.

Este es un año de elecciones. No importa especificar en dónde y cómo sea esto. Lo que importa es que, como tantos otros que han pasado en nuestra historia, este es un año para elegir: decidirse por una forma de ser u otra. De estancarse o revivir. Y no obstante quisiéramos pensar que ello debería ser considerado una fiesta de la ciudadanía, se vive justo lo contrario. Más como un infierno, mínimamente un calvario.

Se juega tal vez la última oportunidad para remendar el camino, abrir posibilidades para el futuro inmediato no de una persona sino de millones, y si a esto se suma el estado de las cosas, en verdad pareciera que tomar una decisión acertada resulta un reto, si no imposible, bastante complejo. Ni siquiera es fácil entender las formas de lo real en este territorio donde todo se confunde con ficciones medievales y cuentos de horror, con estas leyes de la materia en que se encuentra nuestra historia por faltas acumuladas.

Basta con leer el periódico, por ejemplo, husmear en los espacios noticiosos, para darse cuenta de que la vida social, esto que quisimos y amamos como país, yace en sus estertores, casi ha muerto. Saber de la verdad es lo más lejano a un ejercicio cívico. Mantenerse informado para reconocer lo que viven las sociedades, las instituciones, calibrar la temperatura de las cosas entre el gobierno y su pueblo, parece un acto demencial, un vicio enfermo más relacionado a la selección natural, la supervivencia en pleno apocalipsis y el miedo.

Sumemos. Corrupción masiva y cínica de gobernantes, una guerra cruenta contra el narcotráfico que nos ha dejado con decenas de miles de muertos y desaparecidos, el desfalco continuado de las arcas por parte de los que debieran administrarlas en todas las latitudes, homicidios dolosos al alza, los feminicidios más abultados, vulgares y atroces, como en ningún otro lugar en el mundo, y un hampa creciente que somete al entero de los nacionales, todo esto solapado o perpetuado por un sistema de justicia fallido y torpe, un rezago educativo que hace estragos y tardará generaciones en resarcirse.

Ni siquiera en el gremio de creadores, de artistas y escritores, de intelectuales (esa gente que solíamos poner del lado del conocimiento, a esos que alguna vez llamamos bien pensantes) hay ideas.

Además, como si no bastara, con millones de los nuestros en estado de pobreza, otros tantos millones en deudas, sin trabajos bien remunerados, en donde todo se rehoga en el caldo hirviente de un capitalismo aniquilador.

Y entonces uno se repite: "Año de elecciones". Y sí, pero se pregunta cómo, por dónde. ¿Será posible hablar de democracia cuando todo se ha trastocado, contaminado, torcido? ¿Año de tomar cuáles decisiones? ¡Si pareciera que todas ya han sido tomadas por otros! Y sucede que lo que sobreviene es la estupefacción, la ansiedad, la depresión. Y que justo en estos momentos en que habría que tomar partido de muy diversa maneras, no es nada fácil tomarlo.

¿Sucederá que de nuevo pasaremos los momentos de transición democrática con los ojos cerrados? Porque todos los estratos de la población se encuentran igualmente congelados, maniatados, desactivados. Lo mismo los obreros que los ingenieros, los agricultores que los doctores, el gremio de profesionistas, universitarios u oficinistas, en fin, ya sea entre la gente dedicada a poner las ideas o las manos en el trabajo, se habla de lo poco que se puede hacer, que todo se ha perdido, el rumbo se ha extraviado.

Ni siquiera en el gremio de creadores, de artistas y escritores, de intelectuales (esa gente que solíamos poner del lado del conocimiento, a esos que alguna vez llamamos bien pensantes) hay ideas. O las hay regadas, desordenadas, cuando no obsoletas. Y nada expeditas. Más bien brillando por su ausencia: acaso ni siquiera los pensadores sepan qué hacer para devolver la vida a la realidad nacional. Porque, si no es por ello, ¿en dónde están? ¿Por qué no han puesto fin a este muladar?

Los que miran desde lejos

Y al parecer, como siempre, pudiera ser todo clasificado, en grandes rasgos, en dos grandes bloques. Por un lado, están los que prefieren ver los toros desde la barrera, los que han decidido que analizarán las cosas a distancia, observarán lo que acontezca entre la bestia y el torero, el gobierno y el pueblo. Los otros, por el contrario, piensan que es un acto obligatorio lanzarse al ruedo. Que es necesario bajarse, poner los pies sobre la tierra y hacer la fiesta. Y bueno, entre unos y otros se tiran piedras.

Los primeros suponen que su libertad como ciudadanos radica justo en poder decidir cómo participar. O hacerlo como les venga en gana. Ya bastante se tiene con sobrevivir este caos. Y hasta incluso validan no hacer nada. Y bueno, para algunos de sus defensores no es necesariamente que no hagan nada: cansados del sistema, justificando su no accionar por la podredumbre existente, resulta que han decidido trabajar desde su trinchera. Desde el campo de su especialidad, a su manera.

Para ojos más críticos, si bien pudiera ser que no se crucen de brazos, lo suyo no es precisamente ensuciarse las manos. Aunque mayormente se entiende que los que han decidido replegarse, no participar activamente en un "cambio", que irán mejor por retraerse, dejar que las cosas descomunales de la política, los rumbos del país, acontezcan como ya el destino (o la mayoría de los ciudadanos votantes como garantiza la democracia) lo haya designado.

Para ellos, la única salida es hacia dentro, en una suerte de introyección de la política, y su papel radica en seguir en lo suyo para que, oblicuamente, parabólicamente, incidan en la realidad. Por ejemplo: cumplir con sus obligaciones, hacer bien su trabajo, no meterse en lo que no les incumbe, no afectar a nadie. Si son escritores escriben, si son artistas se entregan a su arte puro. Y si no es posible que eso ayude a alguien no será por su culpa sino por tanta mala leche acumulada, una inercia de las cosas. Y no pasa nada. Es por eso que ni siquiera avalan las marchas: para ellos son como soplarle al tráfico para que se deshaga.

Los del activismo suave

De los segundos se sabe que, aunque no tienen muy bien claro qué podrán lograr, si su ayuda capitalizará realmente en algo, ayudan en lo que pueden. Es decir: pretenden mínimamente ensuciarse las manos. Se reúnen con sus pares, juntan firmas, hacen marchas, algunas acciones de desobediencia civil para crear conciencia, encaminadas a abrir los ojos de los pares cercanos. La miopía del pueblo es su segundo mayor enemigo: los políticos corruptos el primero, claro.

Lo suyo es la denuncia cibernética, las campañas de información poco conocida, las llamadas a la acción, llamar la atención de los dormidos, distraídos. Para sus defensores, el hacer y no solo el decir es ya mejor que meramente el quedarse perplejos. Algo es algo. Abona. Para ojos más críticos, muchas de las veces sus revoluciones no llegan mucho más allá de su teclado, su activismo es más bien suave, desde la comodidad de la casa, de segunda mano, y casi nunca logran realmente, por más que hagan alarde de ello, provocar un cambio copioso, contundente, verdadero.

Los que se dicen realistas

Y bueno, querido lector, imagino que para usted habrá un tercer grupo. Sí, ya lo creo. Identifico quizá otro, que sin pertenecer ni a los primeros ni a los segundos, nada le cuadra. Todo lo que hacen los demás está mal o es perfectible. A los que les queda claro que lo que hacen los anteriores no termina por cuajar con fuerza, resultará en una pasión inútil y una pérdida de tiempo.

Para sus defensores se trata de realistas, no de románticos, gente que se toma su tiempo para saber el camino a seguir, y por ello se trata de escépticos, reflexivos, sabios. Trabajan con base en los hechos. Son supuestamente los mejores. Para ojos más críticos, estos irónicos que se pasan la vida pontificando, son igualmente estériles. Se trata de esos que dicen: "¿Ya viste? ¡Te lo dije! ¡De nada sirvió lo que hiciste!". Pero no aportan nada más y se la pasan calificando, certificando, sermoneando a los anteriores sobre lo que hicieron mal, debieron de haber hecho de otra manera o mucho mejor.

Y tal vez hay en realidad 50 o 60 grupos antagónicos, bien diferenciados, pensando que la suya es la mejor trinchera. Eso no importa. Lo que importa es que la moneda está en el aire y nadie sabe qué hacer. Lo que importa es que este año es para elegir: decidirse por una forma de ser u otra, de estancarse o revivir. Y hay que actuar. Porque de lo que podemos estar seguros es que de seguir así no sabremos cómo acabarán las cosas.

Sabemos que hay que decidir si participaremos o no y de qué manera, pero también estamos conscientes de que de la suma de participaciones o sumisiones, de las acciones o inacciones, dependerá también el futuro de las cosas, el renacimiento de nuestro mundo conocido. Es decir, de nuestra vida. Porque así no se puede seguir. ¿Sucederá que de nuevo pasaremos los momentos de transición democrática con los ojos cerrados? Porque todos los estratos de la población se encuentran igualmente congelados, maniatados, desactivados. Los que dicen y no hacen, los que dicen hacer pero terminan por no hacer tanto, y todos los sobrantes vapuleándose entre sí.

¿Usted, lector, a qué grupo pertenece? Seguramente a uno muy distinto. Platíquenos, platique con los suyos, invítelos a reflexionar. ¿Cómo ayudará en esto que es el peor momento de nuestra historia? ¿Cómo hará usted para pelear la contra? ¿Pondrá usted o no manos a la obra? Habrá que ver, pues, si nos moveremos o no, cómo, hacia dónde y con qué empuje, si dejaremos que esto siga así o comenzaremos a salvar este país al que solíamos llamar México.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.