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12/05/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 12/05/2018 6:00 AM CDT

La comida, el futbol y el televisor

Jovanmandic via Getty Images
Algo en nosotros dejaron los mundiales, las Copas de Oro y las Américas, las Libertadores o las Sudamericanas, la Confederaciones y las Olimpiadas.

En su libro El futbol a sol y sombra, escribió Eduardo Galeano: "¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales". Y nadie duda que haya mucha carne para sacarle a la idea pero sucede que, fuera de su nauseabundo corporativismo, su capitalismo rampante y voraz, el futbol y su amasiato con la televisión y la comida han hecho buenas migas con la francachela de los amantes del balompié.

Los infectados insalvablemente por este deporte, aún a pesar de que su versión en la liga mexicana se haya malogrado, tome cada vez más un rostro estrambótico y casi increíble (recordemos aquí un comentario de José Woldenberg con respecto a la selección de futbol y la identidad nacional: "México: gana uno, empata uno y pierde uno"), Llevamos tatuados, y a mucha honra, innumerables momentos en los que nos congregamos en torno al balón, el televisor y el asador.

Chela en mano, rumiando de aquí y allá, sincronizados por la arenga de quienes dieron larga cuerda a nuestra pasión (cómo no recordar la lacónica sabiduría de don Fernando Marcos, la enérgica prosa del maestro Ángel Fernández, el épico discurso de Gerardo Peña Kegel, cómo recuperar el juicio luego de la pedantería y la vulgaridad, el raquítico sentido del humor de un José Ramón Fernández o un Carlos Albert, los gritos y berridos de David Faitelson o El Perro Bermúdez, ni comunicadores más bien buitres vociferando, carcamanes dando puntapiés), nuestras vidas fueron, al menos por algún momento, felizmente distraídas por céspedes verdes, uniformes multicolores, amantes y maltratadores del arte del esférico.

¿Recuerda usted aquellos partidos y aquellas fiestas? ¡Cuántas cosas han pasado las familias y los amigos al ver juntos el futbol!

En esos días restringidos de la semana llenos de especulación, de euforia pasada entre risas y glosolalia, copados ya ni sabemos si de mundanidad o espiritualidad, quizá pura fantasía absurda en que vivimos a veces con cólera y frustración, otras con orgullo y solemnidad, nuestros heroicos o fatídicos momentos de competencia, fuimos quizá, menos tristes. En honor a la verdad.

Algo en nosotros dejaron los mundiales, las Copas de Oro y las Américas, las Libertadores o las Sudamericanas, la Confederaciones y las Olimpiadas porque, hinchándonos el júbilo, haciéndonos confundir la ética y la estética, la patria con un grupo de individuos, en fin, la gimnasia con la magnesia, algo que quedó siempre claro fue que, de alguna u otra manera, el futbol enlaza culturalmente a todo el planeta.

Ahí quedarán tatuados, pues, en la memoria de la banda futbolera. Esos momentos de bostezo, euforia o profunda decepción frente al televisor. ¿Recuerda usted aquellos partidos y aquellas fiestas? ¡Cuántas cosas han pasado las familias y los amigos al ver juntos el futbol! Acompáñeme entonces a recordar estas historias entre apasionantes y cruentas.

Shutterstock / Barnaby Chambers
Futbol y comida: las grandes pasiones.

La cocina se ha saturado de bolsas del mercado: aportaciones culinarias de las familias invitadas (en refractarios, bolsas con cierre, compartimentos de plástico), botanas famosas hechas en casa (habrá quien siempre llegará con otras compradas) y, por supuesto, todo un arsenal de botellas de diversos calibres y fuselajes.

La televisión reluciente marca a su modo el centro del mundo, y de pronto todo es cuestión de tiempo. De once contra once por ahora, las manecillas del reloj y, como diría Quique Wolf, la redonda. Hablémonos de tú, ¿ya recuerdas? Para algunos se tratará de un simple acontecimiento pero cuando termina la cuenta regresiva y el árbitro está a punto de silbar el inicio de las acciones (por cierto que ya todo es fiesta, todo es aplausos, porras y vitoreo), te das cuenta de que, aunque te has preparado realmente bien para sobrevivir al torneo, sientes en el estómago algo parecido a un examen de matemáticas, las ñáñaras que preceden a los moquetes al salir de la escuela, algo que, le busques como le busques, se parece al miedo.

Te desoyes. Te dices que empiezas bien. Es Italia, es Argentina, es Alemania pero según tú todo está bien. Y como sabes que no todo es posible esquivas las primeras bolsas de papas, las primeras charolas, las primeras micheladas. Es muy temprano. Nada de bocadillos, nada de carnes frías, nada de tostadas. Prefieres atacar en un momento verdaderamente importante.

Nuestras vidas fueron, al menos por algún momento, felizmente distraídas por céspedes verdes, uniformes multicolores, amantes y maltratadores del arte del esférico.

Cigarrillos y cenicero. Te pones a analizar al rival. Se trata de una parrillada de 90 minutos, hora y media de placer si es que no hay tiempos extras. Nada fácil el juego, es dura la apuesta o más bien colosal: cortes de carne, chorizos, quesos, inventos variados de los que la hicieron de cocineros. Pretendes confundir al enemigo abriendo con un poco de ensalada. Como si no tuvieras hambre y quisieras comer poco. Y claro, una cerveza clara. Lo consigues. Pareciera que todo lo tienes bajo control.

Poco a poco abres la cancha jugando por los costados. De los 11 que juegan contigo nadie podría saber que te has decidido a ir por todo. Empiezas a alzar la voz. Das instrucciones desde la banca. Pásame el paté y las galletas saladas. Sigues con unos pimientos rellenos, cedes a una salchicha con un poco de puré de papa para no pasar por embustero.

Algo leve, te dices, para seguir midiendo al enemigo. Una michelada. No te cabe duda de que vas bien. Estás en plena forma. Destapas un vino blanco, cosa de niños. Estás feliz. La cosa se puso buena. Haces chistes, te ofreces para poner al fuego unas costillas de cerdo. Casa llena.

Todos te ofrecen un poco de esto, un poco de aquello. Y bueno, tú te barres, no les haces el feo, te avientas unos pases filtrados y sigues con el juego. ¿Qué tanto es una copa más de vino, un buen bife puesto sobre el fuego, unos panecillos cubiertos con ricos ultramarinos? Nada, ¿verdad? ¡Pues que siga su curso el encuentro!

Decides poner toda la carne en el asador. Te arrancas a correr por todo el terreno. Picas por aquí y arremetes por allá, y a todos les queda claro que eres un jugador de lo más versátil: lo mismo comes que haces comer a todos de todo lo habido y por haber. No cabe duda de que la reunión es un éxito. Vas al baño y te das confianza. Vas arriba en el marcador. Minuto veintitantos y vas como un tres a cero. Sales como nuevo.

Cuentas los minutos, los segundos, los centros a la olla, y sucede que tantas veces va un cántaro al agua pero no se rompe.

Mírate tú ahí, derrochando clase, despachando balones en la media cancha. Piensas en echarte otra cerveza fría. ¿Por qué no? Vaya que el calor lo amerita. La victoria está más que ganada y tal vez por eso te confías. Te llevas un taco a la boca, distintas carnes bañadas en salsa picosa, una verdadera delicia. Sigues con una y otra copa hasta que te abandonas. Al parecer el partido terminará pronto pero tú le sigues con un coctel de camarones y hasta un plato de pollo con tallarines. Y luego una copa de vino rosado y un par de Martinis.

En ese momento te cae el peso de la verdad: según tú ibas ganando pero no es así, tampoco lo contrario. Van cero a cero. Te das cuenta, eso sí, de que te perdiste una jugada polémica, una mano, una falta adentro del área, un trallazo justo al travesaño. México tiene posibilidades de ganar, te dices. Cuentas los minutos, los segundos, los centros a la olla, y sucede que tantas veces va un cántaro al agua pero no se rompe.

El árbitro pita el final. Y alguien diría que un empate no está mal pero tú no. Te ven tan desencajado que los amigos te prenderán de nuevo el asador para la repetición. No les crees. ¡Imposible que todo haya acabado! Exiges tiempo de compensación. Vas a la banca, tomas algo y pides un digestivo.

Esto no lo habías planeado en el entrenamiento. En verdad quieres reponerte pero las piernas no te responden. Tomas aire. Estás agotado, a punto del desvanecimiento. No puedes más. Quedas dormido en el sillón. Luego pides un taxi. Has perdido la batalla mientras los demás jugadores, un tanto más frescos, esperan su segundo aliento, para cantar un gol.

(VIDEO: Cómo botanean en otras partes del mundo).

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