EL BLOG
19/10/2018 11:59 AM CDT | Actualizado 19/10/2018 12:03 PM CDT

El gato Ramiro y el recuerdo de estar vivo

Antonio Calera Grobet
Ramiro me hacía reflexionar sobre la alienación, el daño de trabajar en exceso. Foto: ACG

Lo pescó una novia en un terreno baldío. Y me lo enjaretó. "Pero cómo es posible que te valga un reverendo pepino la vida de este gatito. ¿No serás tan inhumano, o sí?". Dijo que le conseguiría casa en dos semanas, pero antes de eso nos separamos. Andaba maltrecho, lleno de bolas de pelo, con la nariz llena de surcos, como si se la hubieran moldeado con plastilina y gubias.

No supe qué edad tenía pero ya era grande. Podría decirse que iba en la preparatoria. Como pude se lo presenté a Roberto, que hacía las veces del rey de la casa: pachón, blanco y negro, con el pelo de seda a la Farrah Fawcett, lo detestó. Desde el primer día tuvieron que dirimirse en densas coreografías de piruetas, colmillos hincados en nuca, zarpazos profundos desde que el sol salía hasta caída la noche. Y así, como sucede con los humanos, más por tedio, por la fiaca de cada pelea, uno a otro se concedió el permiso de vivir. Al fin convivieron en paz.

O por lo menos eso pensé hasta que Roberto se largó por una ventana. Una vecina me dijo que lo vio saltar al pirul frente a la casa. Nunca volvimos a ver al gato que se decía el más bello del mundo. Prefirió ir por otro reino que compartir el suyo. Desde ese día Ramiro fue el ganón. En muchos sentidos. Más que los que hubiera yo querido.

Debería comenzar diciendo que era un raspa. A todas luces un feral. Desde el cuarto o quinto peldaño de la escalera de caracol a la azotea, orinaba a quien pasara echándole un chisguete denso y rancio concentrado como la bilis. Arañaba a quien le quisiera ganar con un roce de mollera y más a quien osara tocarle la panza.

Claro que yo ya amaba a mi Ramito, fuerte y tierno, hermoso y al mismo tiempo un carnicero del infierno.

Ese joven Ramiro, de un año aproximadamente, de rayas negras, de rayas grises y blancas, era la suerte de una combinatoria del malo y el feo, pero sin bueno de por medio. Hasta su conversión. De pronto, así nomás, de un día a otro se serenó. Se sentaba conmigo a leer o ver películas, hacía en las jardineras dando al traste con azaleas y malvones, dejó en el olvido su cometido de fincar terrenos detrás de los muebles o sobre mis pantalones aventados por una esquina.

Podría haberse dicho que Ramiro, para los dos años era ya, si no un gentleman, un tipo ciertamente decente, al menos presentable. Comenzó a comer hasta el hartazgo. Mendigaba alimento a cambio de embarrar sus pelos en las pantorrillas de cualquier visitante. Su pelo comenzó a brillar como si estuviera barnizado a pesar de ser un gato del pueblo.

Una tarde, mientras intentaba arreglar un mueble, lo vi a lo lejos portando un abanico. Pensé que sería uno que me habían traído desde Sevilla, pero no. Como se fue acercando me di cuenta de que el abanico se movía. Claro, no se trataba de un abanico abierto sino de una paloma. No una tortolita o un gorrioncito, sino una paloma hecha y derecha con todo y ojos nucleares, musculosa y tornasol, que se había pepenado de la calle y portaba entre los dientes mientras chorreaba por todo el pasillo. Aquella fue una estampa que cerró el trato. Aquel fue el inicio de una gran amistad.

Antonio Calera-Grobet
Se sentaba conmigo a leer o ver películas. Foto: ACG

Claro que yo ya amaba a mi Ramito, fuerte y tierno, hermoso y al mismo tiempo un carnicero del infierno. Lo que más me llevaba, qué me importaba aquí si fuera un tributo o no, autoafirmación salvaje de su ego, eran pájaros: pájaros sin patas, pájaros sin cabeza, pájaros con las alas o la vida a la mitad. Porque cuando le salía lo medieval, me llevaba pájaros no tiesos sino que todavía se movían, para dejarlos correr y volver a agarrar. Y mariposas, lagartijas. Hasta se robó del vecino un pez japonés.

Muchas veces se le quedaban las uñas clavadas en las presas y se las zangoloteaba para desprendérselas entre trenos, chorreados a la Pollock y maullidos de bebé en medio de un exorcismo. Vamos, expresionismo alemán, concierto barroco.

Una vez lo vi por la ventana: le gustaba postrarse en la jardinera con una pata fuera de la cornisa, la cola también meciéndose de un lado al otro. Se lamía la garra delantera. Pensé yo que era un poema majestuoso ahí radiante a las 5 de la tarde y lo era. Me recordaba sabiamente lo que es estar vivo. Me hacía reflexionar sobre la alienación, el daño de trabajar en exceso.

Estaba yo en aquellas cavilaciones cuando lo vi agazapándose para luego saltar como boleadora sobre una rata de sus dimensiones. Las boleadoras cayeron descompuestas y ahí, sin más, le clavó los dientes. Ya me la trajo campante mientras yo le gritaba que se largara con su presa-ofrenda-trofeo a otro lado. Hasta se asustó. Se me quedó viendo, desconociéndome, como preguntándose si es que había perdido la cabeza, si es que estaba yo a la altura de sus rituales de caza, si es que era yo un maldito humano cobarde y aburguesado.

Podría haberse dicho que Ramiro, para los dos años era ya, si no un gentleman, un tipo ciertamente decente, al menos presentable.

Quizá por eso comencé a sobrealimentarlo. Paré de croquetas y luego le di latas. Premios con jalea y terminé por regalarle todo lo que yo comiera. Desayunaba huevos a mi costado, comía pastel de carne, tlacoyos, pedazos de cerdo, tortitas de papa de la fonda de la esquina. Al poco tiempo se convirtió en gourmand. Comía jamón serrano, zamburiñas, berberechos, foie gras, salami italiano. Comía de todo a mis pies y hasta sobre la mesa. Los tacos se los comía con su jardín y sus ojos se desorbitaban cuando hacía pescado.

Para ese entonces mi gato Ramiro, Ramito, Ramirito, Miro, era ya mi mejor amigo, pero también mi amuleto. Lo besaba cuando salía a alguna junta con mis jefes. Como la mayoría de ellos eran estúpidos, lo besé como a nadie había besado en el mundo. Casi nos bañábamos juntos. Cuando me enfermaba lo ponía en mi cuello para calmarme mientras ronroneaba por todo lo alto. Salvo sus ataques de cacería, Ramiro durmió conmigo casi toda su vida: en el cuenco entre mis piernas y panza, como estola de pelos blancos, grises y negros alrededor de mi cuello. Dormir juntos era bello. Si me despertaba al baño o a la cocina me seguía. Nos dábamos vuelo y la idea de despertarnos era de lo más funesta.

Luego pasó todo. Él ya estaba viejo, esquelético y chimuelo, y juntos tuvimos que salir de casa por los temblores en México. Le dije que pasaría unas vacaciones a lado de su abuela. Luego de olfatear la casa por días, se entregó a su nueva morada por completo. Y se la pasó muy feliz con Leonel su hermano, en lo que fue su parque de diversiones, jungla privada, castillo geriátrico. Conformaban juntos una estampa oriental de felinos y bambúes. Se perseguían, bañaban, purgaban con el pasto, comían y dormían todo el santo día y, vamos, hasta libraron algunas batallas con los gatos de su nuevo barrio. En fin, las cosas iban bastante bien entre Ramiro y todos hasta que sonó aquel telefonazo.

Antonio Calera-Grobet
Luego pasó todo. Él ya estaba viejo, esquelético y chimuelo, y juntos tuvimos que salir de casa por los temblores en México. Foto: ACG

Antonio Calera-Grobet
No podía sostenerse en pie. Acaso bebía de una jeringa. Foto: ACG

Ramiro estaba muy mal. Mentí a los que estaban conmigo y salí corriendo por él. No podía sostenerse en pie. Acaso bebía de una jeringa. Lo envolví en unas mantitas que usábamos cuando niños y lo tomé entre mis brazos. Era una rama de árbol forrada de peluche, empapado en sudor y orines, un esqueleto de varillas cubierto de carne. Su cola era la de un tlacuache, como dedos de calaca recubierta de papel maché. Pero comenzó a ronronear. Lo subí al auto. Fotomultas de porquería. Apenas si podía mover la cabeza. Apenas llegamos nos tiramos sobre el muelle, aeropuerto y biblioteca que fue nuestra cama. Y me veía, directo a los ojos, me llamaba, avisaba, movía el hocico una y otra vez como si quisiera decirme algo.

Hablé a un hospital para seres de otra especie: 24 horas decía su anuncio. No hay nadie que vaya para allá. Yo voy. No hay equipo. Miserables. Pensé apenas un segundo en la fragilidad de su cuello, pero no fue necesario. Estertores. Ahí, entre mis brazos, mi grandísimo cabrón, luego de 20 años de estar juntos, se me murió. A la mañana siguiente lo arropé y lo llevé de nuevo a la casa de mi infancia.

Bajo la lluvia, clavé una pala jardín y abrí su hueco. Yace ahí, "in pulverem reverteris", con mis perros, mis gatos, mis conejos, seres de la familia ida. Y lo extraño. Ya será que volvamos a comer juntos en las viandas más exquisitas del inframundo.

Antonio Calera-Grobet
Yace ahí, "in pulverem reverteris", con mis perros, mis gatos, mis conejos, seres de la familia ida. Y lo extraño. Foto: ACG

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

VIDEO SUGERIDO