EL BLOG
13/07/2018 7:00 AM CDT | Actualizado 13/07/2018 8:27 AM CDT

El Centro cabizbajo

Lo veo, como nunca lo imaginé, con su dignidad por los suelos.

ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO.COM
Un hombre pide dinero en la calle Madero, Centro Histórico, Ciudad de México. 7 de julio de 2018.

Veinte años atrás conocí a alguien que dormía en las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México. De vez en vez, saliendo de la universidad, caminaba por los espacios en que este conocido solía curarse la cruda de la noche anterior. A veces bajo el pequeño techo de unas accesorias cerradas en la calle de Mesones, otras frente a la iglesia de Regina Coeli, bajo la sombra de un enorme pirú. Le llevaba comida, cigarros, algunas monedas y a veces hasta botellas de tequila. Una tarde le llevé unas camisas blancas que me había pedido con insistencia.

Era una tarde calurosa en que los bellos edificios de piedra reverberaban el calor hasta bien entrada la noche, y un tanto más borracho que de costumbre, mi nuevo amigo me invitó a tomar unas cervezas. Mentiría si dijera que lo pensé, perono tuve empacho en emborracharme con un empedernido de la vida callejera. Nos sentamos en una fuente de la Plaza de San Jerónimo.

Por horas, lo escuché con atención hablar sobre sus correrías en el Centro. Emocionado, con aspavientos, me contaba lo tanto que gustaba por caminar sus calles, ojear los aparadores de los negocios, las historias en las que se enredaba ya fuera con compradores o turistas. Al parecer se granjeaba fácil el cariño de la gente. Esa tarde, al caer la noche, decenas de ratas comenzaron a moverse por debajo de nuestros pies. Me vio con cara de sorpresa y en un segundo prendió unos jirones de periódicos viejos y los puso en el suelo. Las ratas silenciosamente se apartaron y no se volvieron a acercar. Él hacía esos trucos. Guardaba monedas, mudas y botellas de anís en los huecos de los postes de luz, dejaba sus ropas entre los arbustos de las jardineras y escondrijos en callejones. Le conocí escondites, incluso, entre la fronda de los árboles.

El Centro: comercio, belleza, recuerdos

En fin, por aquellos años cuando fui estudiante en el antiguo convento de San Jerónimo, a mis compañeros y a mí nos fue imposible sustraernos al poder del Centro Histórico. Su concentrada historia, el vértigo de su vida cotidiana, a galope entre el comercio y la competencia, su belleza arquitectónica sin igual. Solíamos leer hasta entrada la noche en sus plazas públicas, sus museos, cantinas y cafés. Quedé prendido de esos estados de la conciencia, no siempre en vigilia, entre el mareo y la revelación, en que leíamos a Villaurrutia, a Sor Juana, a Paz, en fin, a todos los escritores que cayeran en nuestras manos. Con avidez, con vehemencia, en las altas temperaturas de nuestra vida estudiantil.

Éramos jóvenes: lo recorrimos todo mil veces hasta acabar rendidos, meditabundos y, al mismo tiempo, eléctricos. Centro Histórico tuvimos hasta las náuseas y fuimos absolutamente felices. Ese nuestro Centro y al mismo tiempo el de todos, que "nos ponía", nos hacía sentir absolutamente orondos, al mismo tiempo absolutamente cosmopolitas y profundamente de barrio, que nos hizo sentir ungidos por la sabiduría de sus banquetas y aquello que absorbíamos torpemente de los libros, nos regaló lo máximo: el viaje. Viajar en el tiempo a nuestra refulgente Tenochtitlan, a Florencia, nuestro París, nuestra imaginación. Todo él nos engulló y regurgitó, tatuó nuestro espíritu.

Tuvimos mucha suerte. Luego de estudiar ahí, trabajé para ese entorno desde varias instituciones: el Museo de la Ciudad de México, la ahora Secretaría de Cultura, la Fundación del Centro Histórico, específicamente, la Casa Vecina, y desde hace una década, desde mi centro cultural: Hostería La Bota. A veces pienso que algo extraño fue lo que me impidió salir de aquí. Algún ritual que me aventé hace veinte años en alguna fuente, algún deseo olvidado entre andenes, cantinas, conferencias de escritores admirados.

TERCERO DÍAZ /CUARTOSCURO.COM
Trabajadores en el Centro Histórico. 11 de julio de 2018.

ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO.COM
Familia camina por la calle Madero, en el Centro Histórico de CDMX. 11 de julio 2018.

TERCERO DÍAZ /CUARTOSCURO.COM
Turistas en el Centro Histórico. 29 de marzo de 2018.

Han pasado veinticinco años desde que recorrí por primera vez el Centro y aún pienso que el Centro Histórico es inabarcable e irreductible. Yo no lo conozco, por ejemplo, y dudo seriamente que alguien lo conozca. Y generalmente, quien dice conocerlo lo hace con soberbia, como una estúpida competencia, y olvida que los entornos cambian gradualmente, que la cultura, a pesar de ser un magma que va más con aquello que permanece, también se transforma gradual o violentamente con el tiempo. Y además, ¿quién sino un ególatra diría conocerlo si lo hermoso justo, día con día, es descubrirlo?

Por eso es doloroso y triste verlo así. Ya ni delira. Está herido. Lo veo como un cuerpo enfermo cuyo diagnóstico presenta un cuadro de decaimiento, de falta de aire. Se asfixia. Lo veo, como nunca lo imaginé, con su dignidad por los suelos. Inimaginable porque siempre fue gallardo y popular, bravo y elegante al mismo tiempo. Y vamos, por supuesto, siempre sabio, decano. Macizo como una pirámide. En ruinas pero no arruinado.

Sucede que lo que ha cambiado no es tanto su semblante sino lo que lleva por dentro: su torrente sanguíneo.

Y no me refiero a que haya cambiado con el paso del tiempo. Lleva quinientos años cambiando. Sería esa noción de cambio algo natural. Porque da nostalgia, claro, que muchos de los comercios tradicionales hayan fenecido o se hayan transformado en otra cosa, en esa idea de que los tiempos pasados fueron mejores. Pero sucede que lo que ha cambiado no es tanto su semblante sino lo que lleva por dentro: su torrente sanguíneo. Y no me queda claro cuándo comenzó a enfermarse, tal vez esto lleva ya un buen tiempo. Habría que preguntar a los moradores. Ellos acaso sepan más que nadie lo que es este espacio de nuestra realidad.

Sé de seguro, eso sí, que salvar su vida no depende de maquillajes. No de pintarlo por arribita, hacer algo superficial con bombo y platillo para unos cuantos, darle pastillas para la jaqueca, en fin, dormirse en los laureles de haber cerrado algunas calles, remozado algunas plazas. Eso es magnífico para su apariencia pero, ¿qué hay de sus adentros? Hay que trabajar.

La inseguridad

El Centro Histórico de ahora, por ejemplo, es el más violento de los últimos 15 años. Sobre todo si uno piensa que el Centro Histórico no es solamente comer en El Cardenal o en el Casino Español, visitar el Museo Nacional de Arte o el Palacio de Bellas Artes. Esa visión del Centro es un reduccionismo de turistas y no de sus caminantes, paseantes de veras, residentes y huéspedes reales de sus entrañas más verdaderas. No está bien el Centro y quien diga lo contrario miente.

ARMANDO MONROY /CUARTOSCURO.COM
Policias afuera de un banco en Izazaga y Bolívar, Centro Histórico, luego de un asalto a una persona. 11 de noviembre de 2016.

ARMANDO MONROY /CUARTOSCURO.COM
Una persona fue apuñalada por dos asaltantes República de Chile y Lazarín del Toro. 13 de junio de 2016.

JUAN PABLO ZAMORA /CUARTOSCURO.COM
Maestros de la Sección XXII atrapan a un ladrón de bicicletas en las calles 5 de Mayo e Isabel La Católica. 25 de agosto de 2013.

Ahí están los diarios, las estadísticas, los relatos acumulados entre vecinos viejos y nuevos. Podemos decir que se le ha olvidado sobre todo de noche. No se ve a la policía cumplir con su trabajo eficazmente y es cosa habitual, por ejemplo, constatar que hay asaltos, robos, decenas de negocios no solamente "tolerados", que es un eufemismo, sino espacios coludidos con el hampa, que terminan por tirar a la basura el esfuerzo de tanta gente y tantas instituciones que saben de los problemas del entorno y se empeñan en desaparecerlos.

No se entiende de otra manera que haya piqueras a tope de menores de edad, se expendan bebidas adulteradas, que abunden arrabales no pintorescos sino en verdad peligrosos para ser "descubiertos" por grupos de hípsters, y que estos sean clausurados una noche pero estén ya abiertos la siguiente. A pesar de que cuentan con innumerables casos de abuso o perjuicio al visitante dejando ver que la corrupción busca no acabar con ellas sino explotarlas al máximo.

Han hecho del Centro Histórico un lugar de paso, y de un paso cada vez más rápido.

Hay autoridad pero, para decir las cosas como es debido, no en el grado en que necesita, no a la altura de la historia del entorno. En otras palabras: han hecho del Centro Histórico un lugar de paso, y de un paso cada vez más rápido. No de paseo y descanso. Apenas cae la noche o cierra el metro y se ve a los caminantes dirigirse a sus casas. Es una tristeza que todos aquellos que han trabajado por él, que siguen tejiendo relaciones afectivas y laborales en sus coordenadas, luego de los empeños de tantos creadores, pensadores y empresarios de cualquier gremio y peso, sientan que se le ha abandonado, dejado a su suerte, muchas veces hasta en sus servicios elementales, algunas veces por negligencia y, la mayoría, por mera corrupción.

Algunos de los amigos que lo vivieron en años más mozos (ni imagino lo que fue vivirlo setenta años atrás), ya no viven aquí o viven de su nostalgia. Los más pocos, sin mucha brújula, se empecinan en su supervivencia: que siga con brío, no muera.

Y es que el Centro Histórico ahora al menos tiene dos caras, como los políticos que dicen protegerlo. Por un lado, presume una cara limpia pero por otro esconde decenas de plazas y calles llenas de basura acumulada, pintas sobre sus piedras sean de basalto, tezontle o cantera, un sinfín de fachadas deterioradas, que sumadas hablan de su falta de identidad.

El Centro Histórico ahora al menos tiene dos caras, como los políticos que dicen protegerlo.

Para fines comerciales, publicitarios o turísticos, se dice que hay diariamente un hervidero de peatones pero oculta que muchos son asaltados en el transporte, sus plazas y callejones, a veces dentro de sus mismos edificios comerciales. Pregona a los medios que hay cualquier cantidad de restaurantes tradicionales y nuevos de gran calidad, pero oculta que muchos de sus locatarios sufren a diario el estropicio provocado por decenas de changarros de quinta, absolutamente ilegales, con el volumen reventando los sesos de los residentes, y para beneplácito de ningún visitante nacional o extranjero.

En fin, cada vez que pienso en el viejo Centro recuerdo a aquel amigo que, les contaba yo, vivía en las calles del Centro. Una noche me preguntó que si quería ir a su casa a unas cuadras. Me extrañó pero acepté. Tomamos por Mesones, cruzamos por 5 de Febrero y enfilamos por 20 de noviembre. Ahí, cuando observamos el basamento que existió bajo el asta bandera, mi amigo se apresuró volteándose hacia ella: estábamos ahí, en el centro de la Plaza de la Constitución, y mi amigo extendió los brazos y me presentó a gritos y con una reverencia los edificios frente a nosotros: el Ayuntamiento, la Suprema Corte, el Palacio Nacional.

Me dijo entonces, en verdad extasiado: "Bienvenido a mi casa". Nos sonreímos. Y es que, ¿cómo dejar al Centro olvidado? ¿Cómo dejar que se caiga nuestra casa tan querida? Nunca. Y por eso, no muchos, siempre menos de los que quisiéramos, es que seguimos trabajando.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.