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28/12/2017 5:00 AM CST | Actualizado 28/12/2017 5:00 AM CST

Atrapados sin salida (o cómo sobrevivir al tránsito)

MOISÉS PABLO /CUARTOSCURO.COM
¿Cuándo repararemos del tiempo perdido en el tránsito?

Resulta sumamente inquietante que tengamos que pasar un tercio de nuestra vida dormidos, babeando sobre una cama. Entre veinte y treinta años. Una pequeña eternidad. Cuando me causa ansiedad pensar en esto, al menos me calma la idea de imaginarlo como una parada obligatoria para cargar energía y poder seguir así con lo que a cada quien le guste con más fuerza. Ni modo pero así fuimos diseñados. Está bien. Tal vez de lo contrario terminaríamos locos de remate, arrojándonos unos a otros por las ventanas.

Y vamos, más allá del dormir, viéndolo de cerca, es francamente patético que nos quedemos pasmados de muchas maneras mientras el tiempo se escurre, sin hacer nada: tiempos muertos sentados al escritorio en juntas de oficina, tiempos en el retrete, tiempos discutiendo con otros por tener la razón (lo que signifique eso pero al fin es también tiempo en el retrete), tiempos a la basura decidiendo qué haremos al fin con nuestra vida o, mejor dicho, más que nada lamentándonos del pasado, quejándonos del presente y haciendo absolutamente nada para remediar las cosas hacia el futuro. Es decir: sumergidos hasta el cuello en sendas estupideces, como si no pudiéramos imaginar mejores maneras de despedazar nuestra vida.

Por ejemplo, ¿cuándo repararemos del tiempo perdido en el tránsito? Seguro pasamos ahí atorados más tiempo que con nosotros mismos, malgastando nuestra poca energía, nuestras ganas de ser seres vivos: largas filas y largas esperas en aeropuertos, estaciones de trenes y camiones, en las carreteras que conectan nuestros estados y ciudades, tiempo evaporado al recorrer los caminos que van de nuestros puertos de partida a nuestros puntos de llegada, por los que nos movemos, pues, en la vida cotidiana.

Mira cómo te hace sudar, cómo derrite los neumáticos y los buenos modales, cómo hace que todo parezca detenerse menos tus compromisos, como que se mueva todo en cámara lenta menos el taxímetro.

Porque el peor de los tránsitos es el que sufrimos a diario sobre un auto. Ya ni importa saber por qué se origina: si es por una fallida sincronización entre miles de semáforos, por la distracción de los automovilistas al no avanzar rápidamente al momento de la luz verde, o simplemente por la cantidad de autos habidos y por haber, que embisten sobre las calles y avenidas de una ciudad a punto de colapsar. Qué más da: sucede al fin que no podemos pasar al mismo tiempo, libremente, raudamente, por casi ningún lugar.

En la radio y la televisión se habla de caos vial por saturación de las principales "arterias", por la densidad de flujos vehiculares, de congestiones demoniacas por marabuntas de motores violentos y conductores animales. Es su manera de decir que la ciudad está enferma y sufre de varias trombosis al día, de cálculos renales, reumas e indigestiones, y que no puede más conectar su circunvalación con su periférico, sus vías rápidas con sus ejes viales, que sus circuitos están hechos nudo y entre tal cuadro médico sería mejor ni salir o salir corriendo.

Así el diagnóstico de su gran saturación, no sólo por autos o camionetas, sino por autobuses, metrobuses y trolebuses, además de grúas, trailers, montacargas y demás maquinaria pesada (ya no digamos vagonetas de servicios, abasto, limpieza, paquetería, mensajería y seguridad), que parecieran tolerar la existencia de taxistas, motociclistas, ciclistas y hasta humanos en derecho de libre circulación.

Sabíamos desde hace rato que no nos hallábamos precisamente dentro de un laberinto sino dentro de un grabado de M.C. Escher, pero al parecer nos hemos mudado ya a una pintura de Jackson Pollock: estamos atrapados y sin salida en una ciudad post apocalíptica (o una de sus tantas maquetas malnacidas), que cada día nos recuerda algo que la modernidad prometió y está muy lejos de poder hacer: dejarnos ser y estar en cualquier hora y lugar.

Morteza Nikoubazl / Reuters
Obra de Jackson Pollock en el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán.

Porque sin meternos a escudriñar los exabruptos de la traza urbana, las decisiones erróneas en cuanto a la clausura y apertura súbitas de carriles a lo largo y ancho de la ciudad, los cambios de sentido de las calles, la transformación del entorno por proyectos inmobiliarios poco claros y analizados (por no decir más bien oscuros y corruptos, muchas veces adefesios, disfuncionales), podría decirse que, además de todo, nos transportamos entre obras negras, tramos que parecieran en perpetua horadación, en seguidas inauguraciones de baches, derrumbes, adecuaciones, avenidas sin mantenimiento de pintura, señalética o iluminación y, por si fuera poco, de la mano de un reglamento de tránsito que, una y otra vez, es pasado por las armas de la interpretación libre tanto de autoridades como de conductores.

En fin: mal sujeta a un estado de las cosas donde gobierna el azar, nuestra vida se haya en suspenso o en entredicho al subirnos a un auto. El tránsito se vive el realidad como un trance, un viaje enfermo y delirante que nos garantiza que haremos el tiempo más largo entre un punto y otro, esto si llegamos a cumplirlo. Porque estamos seguros de algo en la Ciudad de México: que no hay garantía alguna de llegar a algún destino, de lograrlo en un tiempo estimado, y que en caso de llegar a equis lado no estaremos seguros de cumplir con el periplo, es decir, que haremos mínimamente un viaje redondo, mucho menos soñar en que llegaremos sanos y salvos a nuestro objetivo, si perderemos o no el seso en tal trayecto.

Porque vaya que podemos perder las maneras subiéndonos a un auto. No importa si se conduzca un auto propio o paguemos a alguien por ello. La suerte será la misma en todo caso. Comenzaremos a rascarnos la cabeza, revisaremos una y otra vez el reloj en el marcaje incesante del paso del tiempo, mal atenderemos el teléfono al que denominamos inteligente y terminaremos resoplando, jalándonos el cabello, echando pestes, maldiciendo. Sí, está bien, resulta que no saliste temprano, te quedaste dormida hasta tarde en la computadora o viendo la televisión, tuviste pesadillas protagonizadas por tus pendientes en el trabajo. Trauma y desolación.

El tránsito se vive el realidad como un trance, un viaje enfermo y delirante que nos garantiza que haremos el tiempo más largo entre un punto y otro, esto si llegamos a cumplirlo.

Pero sucede que no todo esto es por culpa tuya. Cientos son los que, como tú, se aglomeran ya, miles los atorados en el tránsito. Y decenas con sus flamantes cacharros destartalados. Y la mala noticia es que no podremos cambiar rápidamente el escenario. Los hay cafres que no dejan pasar a nadie y mientan madres, los que se la viven obstaculizando, los que tocan el claxon desquiciados, ahí donde se ha visto que tocar las bocinas sirva para algo. Como si chiflar en las cámaras de los políticos hiciera que se pusieran a trabajar, o silbar una canción de jazz ayudara a conseguir la paz mundial.

No saldrás así fácil de ahí. No enviando mensajes funestos o humorísticos a la oficina, lanzando indirectas al conductor para que apriete el paso. No. Este es nuestro destino trágico, todo lo contrario a un milagro. Sí, un fracaso de la realidad que como bestia hambrienta engulle autos, calles, planes y sanidades mentales. Y vaya que la bestia, a su hora de comer, tomará su tiempo.

Mira cómo te hace sudar, cómo derrite los neumáticos y los buenos modales, cómo hace que todo parezca detenerse menos tus compromisos, como que se mueva todo en cámara lenta menos el taxímetro. Hasta tu sangre incluso va lenta y por eso la gente se idiotiza. ¿Te ha dado cuenta? Incluyéndote. Mira las cosas que le dices al conductor, seguramente harto ya de ti, listo para expulsarte de una vez del auto.

La bestia nos ha devorado a todos, ya sea bajo el sol flagelante y su concreto hirviente, bien bajo las trombas y sus ríos, el humor negro decembrino y la gente azul del frío: la congestión ha taponado todas las arterias y nos vuelve orates a todos, saca al Doctor Jekyll de nuestro adentro. Viajamos entre lodo. Siente a la bestia regalarnos con sus fuertes mareos (por ver el velocímetro o el reloj del tablero, por intentar mensajear por teléfono), con vahídos y sofocamientos, sensaciones ilusorias, alucinatorias, falsamente premonitorias, con indigestiones, náuseas y paranoias, centenares de inseguridades personales, familiares, laborales y hasta calambres sentimentales. Puras calamidades.

Si de pronto no puedes avanzar más, pide al conductor lleve el auto a la acera más próxima. Olvida los pitos de los policías y la luz de sus torretas. Mejor baja. Abre las puertas.

En fin, una muerte no pequeña sino paulatina y gigantesca, eso y no menos, el maldito tránsito. Un nefasto y diario proceso para exprimirnos el cerebro, con su olor a linda gasolina, beso de mofle, diésel fresco, refrescante brisa de bellas fábricas, que cansinamente, sin correteos y sin prisas, nos fastidia, empalados ahí frente a un semáforo que pinta al mismo tiempo de color verde, amarillo y rojo, mismos colores con que pinta nuestra aura y nuestros rostros.

No más. Habrá que comenzar por transportarnos preparados. Si bien ya no podemos relajarnos como cuando niños (al leer la publicidad de los espectaculares, contar sedanes rojos, sumar los números de las placas), quizá con tareas e ideas predispuestas. Tan pragmáticas o especulativas como uno quiera: reforzar las trincheras de tal o cual argumento, adelantar nuestra infantería craneal hacia un punto definido, rememorar los gestos de un amigo ido, recordar viejas anécdotas de la escuela. Por lo menos en esos tiempos reflexionemos. ¿Cuánta antropología o sociología desnuda nos arroja la vitrina de esos viajes por la ciudad abierta, ni viva ni muerta sino en eterna herida, sorprendente por bella, terrible, imperfecta? ¿Cuánto de cultura ahí, como gato encerrado, a la espera de ser descubierto por nuestros pensamientos?

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Puede ser. Ahí quizá una salida a la muerte por aburrimiento. Los trayectos para nosotros como salir de las cápsulas al espacio exterior, viajeros por ínsulas extrañas, como expedicionarios por la idiosincrasia mexicana: como pesquisa, como juego, como una forma de la memoria para hacer cuerpo imaginativo, gimnasia del intelecto. No iremos más en busca del tiempo perdido. No más perderemos el tiempo.

Y es más. Cagaremos por ahora nuestra salida de emergencia. Si de pronto no puedes avanzar más, pide al conductor lleve el auto a la acera más próxima. Olvida los pitos de los policías y la luz de sus torretas. Mejor baja. Abre las puertas. Pon tus zapatos en polvorosa. Te has liberado. No más ruedas de piedra, escafandras hundidas en embotellamientos que duran eras. Toma agua o café y respira. Ahora bien: camina. Recuerda que antes lo hacías.

Mira los árboles y las casas, los parques y las plazas. No dejarás más tu vida en las manos de un mapa arrugado con sus caminos en huelga, no escucharás más esa voz electrónica que te marca tiempos estimados y vías alternas, que te presume recovecos y atajos y termina haciendo más tiempo y menos espacio.

Eres de nuevo un ciudadano que ejerce el derecho de caminar por su ciudad, sabedor de que caminar es ahora un acto casi contracultural. Sin dolor de cabeza ni ojos llorosos, libre al fin de humos y polvos, reflexivo, cordial, compasivo, eres de nuevo eso que se conocía antes como un mero "peatón", ser por experiencia libre, libre, libre.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.