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11/04/2018 3:00 PM CDT | Actualizado 12/04/2018 8:46 AM CDT

Amarse a uno mismo

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Resulta que ahora, con el pretexto del trabajo y la vida difícil (como si desde hace siglos esa no fuera una dupla de imposibilidades mayores) hemos permitido mandar hasta atrás de las prioridades nuestro propio deseo.

A los oficinistas

Escribamos sobre nuestro derecho natural al consentimiento egoísta. Y es que habría ya que comenzar por ejercer, a toda costa, en el día a día, en la casa y sobre todo en la oficina, nuestro derecho a ser felices desde el grado cero, el placer solitario. Por ejemplo en el paseo, a la hora de la comida, quizá desde el hacer absolutamente nada. ¿Por qué no hemos reparado, por ejemplo, en el esmero que no ponemos en nuestra comida? Ese abrazo, ese mimo, ese trato añorado en la cocina individual no solo es absolutamente merecido, sino que, a decir verdad, por el semblante de nuestro espíritu, nos viene haciendo falta. Y además por el estigma social que dice que comer solo, ir al cine solo, caminar y hablar solo, es sinónimo de una vida en picada. Falso: podemos comer a solas y muy bien, simplemente porque somos felices y nos gusta comer y pensar. Porque vamos de la mano de Epicuro, somos hedonistas.

Y claro que no es esta una invitación a preparar alta cocina todos los días. No, salvo que usted lo desee y sería más que perfecto: acometer las comidas así, gourmet en el sentido no tanto de lo que se come sino del tiempo que se ocupa para disponerlas, es un placer de emperadores y si usted se considera uno pues hágalo. Pero se pretende más con esta idea.

Que concibamos a nuestras comidas como un ritual y no como un mero proceso de alimentación. Y lo mismo con las alimentaciones del espíritu. Que los paseos por pequeños que sean, los viajes y sus silencios, los momentos en que escuchamos nuestro propio pensamiento en un café, leyendo un libro, sean de nuevo aquellos remansos tan necesarios, espacios o tiempos que, hablando metafóricamente, pudieran verse como una transfusión sanguínea, una renovación de energía.

Así, el hecho de comer algo rico frente al televisor o la computadora, picar algo sabroso mientras se lee un buen libro, plantarse en el parque a degustar lo que nos preparamos por la mañana significará, en verdad, la animación de nuestra existencia, la recarga de nuestra energía poética.

La pregunta que nos deberíamos hacer es si es el trabajo el único mérito que nos licencia para propinarnos placer.

Los restaurantes, los parques, las librerías, las bibliotecas y hasta las iglesias si uno al entrar no se quema, funcionarían en este propósito como espacios idóneos para la reconexión del yo. Comer en una fonda una buena sopa caliente, un arroz bien hecho, un huevo frito, un buen guisado, un platón de fruta fresca mientras vemos el televisor o releemos un buen libro para resarcirnos, renovarnos, volvernos a poner de pie, no deberían resultar algo complicado ni caro.

¿Qué es lo que pasará en esos momentos en que de nuevo nuestro corazón le cuente un secreto a nuestra lengua o viceversa? ¿Que repasemos lejos de celulares y redes sociales, con calma y gusto, las fotos olvidadas en la memoria? Pues que nos sentiremos vivos. Porque los que amamos la gastronomía, el paseo matinal, sabemos que basta un buen bocadillo, un taco cabal de algo, un simple pedazo de queso y un paseo para ponernos a reflexionar sobre lo que significa vivir y cómo disfrutarlo.

La crítica general suele fustigar a los que publican fotografías de su comida en las redes sociales. Habrá que verlas con ternura. Si bien no se trata de las imágenes mejor logradas, comparten el hecho de que muchos llevamos un cocinero dentro y que sabemos que propinarnos amor por la vía del paladar constituye una alta retribución a su ejecutante. Tomemos pues, fotografías de nuestra comida, fotografías de nuestros paseos. Por lo menos para recordarlos en la intimidad cuando seamos viejos. A manera de un nuevo álbum de recuerdos en el que, sin dejar de atender al amado, lejos de las garras del trabajo, trabajamos por nosotros y lo que deseamos.

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Bailar, caminar, emborracharse con los amigos, lanzarse a donde uno quiera, no debería ser concebido como una suerte de zona residual donde habitamos nuestra vida sino, por el contrario, un eje de la misma.

Descansar, comer, pasear, perder el tiempo en una caminata, son siempre placeres que pensamos propios de unas vacaciones, de estados de ánimo que se aparecen en nuestro calendario muy de vez en cuando. La pregunta que nos deberíamos hacer es si es el trabajo el único mérito que nos licencia para propinarnos placer. Si el cumplir con ciertas metas dadas por todos menos por uno son el gran salvoconducto. Y la respuesta deberá ser siempre, por supuesto, un categórico no. Bailar, caminar, emborracharse con los amigos, lanzarse a donde uno quiera, no debería ser concebido como una suerte de zona residual donde habitamos nuestra vida sino, por el contrario, un eje de la misma.

Y es que resulta que ahora, con el pretexto del trabajo y la vida difícil (como si desde hace siglos esa no fuera una dupla de imposibilidades mayores) hemos permitido mandar hasta atrás de las prioridades nuestro propio deseo. Estamos, reconozcámoslo, siendo orillados hacia una forma de vida en la que abunda la más profunda de las tristezas, una soledad rapaz y un estrés abominable.

Pensamos que somos los que no embonamos en los en los estilos de vida que impone un trabajo (por ejemplo en las ideas de jerarquía, productividad, competencia), sin percatarnos que no son nuestras esas metas ni las personalidades que suscitan en nosotros, y que por ello se cuentan por decenas de miles o más los que se hayan en un estado de ánimo parecido al nuestro. Y más allá. Pensamos que es nuestra obligación acotarnos, frenar nuestros impulsos, reponernos a como dé lugar de nuestras flaquezas y agruparnos para seguir en el camino de una vida al menos lejana a los placeres más fundamentales del ser humano: al menos entendamos aquí el reír, ser feliz, pasar la vida como mejor se pueda, entre el marasmo de situaciones que pasan por arriba de nosotros en nuestro país y el mundo.

Pensamos que somos los que no embonamos en los en los estilos de vida que impone un trabajo (por ejemplo en las ideas de jerarquía, productividad, competencia), sin percatarnos que no son nuestras esas metas ni las personalidades que suscitan en nosotros.

¿Cuándo entonces nosotros? ¿Cuándo pues el momento de estar realmente dentro de uno, mimarse? Al diablo con todo aquello que no se adecúe a nuestra naturaleza. Todo aquello que como puya nos inflige dolor. Y por arriba de ello, quizá, un trabajo mal remunerado, amistades entrecomilladas que acaso hacen algo más que distraernos, estados de semi conciencia en donde uno, como autómata, apenas si tiene tiempo para reflexionar sobre el futuro de su existencia.

Propongámonos el comer y el pasear como retos primeros de todo cambio. Luego, que nuestro cuerpo viaje en el mismo sentido que nuestra mente, que el timón sea jalado de un lado a otro por nuestras propias manos y no por la de otros que ni siquiera conocemos, ni siquiera tienen rostro. Preguntémonos: ¿la vida que vivimos es de verdad la nuestra? ¿Qué es lo que necesitamos para ser felices lejos de la mera supervivencia, esa monserga de andar cumpliendo con los dictámenes de no sabemos qué realidad, la obligación de remendar los boquetes causados por un mundo las más de las veces cruel, abyecto y miserable? ¿En dónde la poesía de nuestras vidas? ¿En las redes sociales?

Pareciera una obviedad pero quizá el entrenamiento para lograr respuesta a estas preguntas hechas en nuestra cotidianidad, en el café, en el autobús rumbo a la oficina, en un parque o mientras nos bañamos para salir al mundo, pudieran comenzar a rescatarnos de un olvido mayor. El de nosotros por nosotros mismos, para lanzarnos a otro tipo de ruedos más abiertos y complejos pero a la vez fantásticos y espléndidos: esos que en conjunto llamamos alguna vez vida, sin reparar en que el futuro está compuesto de varios ahoras, y que de nada sirve trabajar sin felicidad, morirse de un infarto en el intento de hacer dinero.

Comamos, pues, paseemos y metamos aire en nuestro cuerpo, nuestro entendimiento de una vez por todas. Porque la liberación será absoluta o no será. Y tal vez ahí venga la gran venganza contra un sistema demoledor, en donde el humanismo no aparece: la de ser felices.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.