EL BLOG
29/06/2018 7:00 PM CDT | Actualizado 29/06/2018 8:59 PM CDT

A ocho meses del temblor del 19S, regreso a una casa fantasma

IvanBastien via Getty Images
Hay algunas cosas nuevas en mi hábitat

Justo cuando parecía que todo se derrumbaba ahora en mi cabeza, a ocho meses del temblor, puedo regresar a casa. Andar errando como una pequeña pero real migración, el no tener un solo punto fijo para dormir, para hacer citas de trabajo, venía siendo algo cada vez más complicado. Y por pequeña que sea esa incertidumbre comparada a otras, arroja a su huésped a una sensación de precariedad y fragilidad de la existencia. Se ponen ahí esas sensaciones, en el centro del terreno de juego, y no ceden el paso. Muy diferente a estar de viaje, pareciera más estar confinado a un vaivén enfermo.

En estos meses cargué mis maletas de un lado a otro, con dos o tres camisas, libros, una bolsa con un cepillo de dientes, desodorantes, calzones, calcetines, en fin, lo necesario, por si me quedaba a dormir de improviso en uno u otro de mis destinos. Pero eso se acabó hace unos días. Han derrumbado el edificio de un costado, el que se recargó sobre el mío desde el 19 de septiembre pasado, e impidió que regresáramos a casa los vecinos que vivíamos a sus costados. Dicen los peritos que al derrumbar el edificio de un lado el nuestro no sufrió daños. Solo se cayó el repellado de yeso en varios departamentos. Según mis vecinos ahora cada que pasa un camión grande, el de garrafones de agua o el del gas, tiembla el nuestro. Y la verdad es que yo también lo siento. Los especialistas dicen que es normal.

De manera que cada quien tendrá que hacer de nuevo la mudanza al lugar de origen, traer todo eso que uno se llevó para que no quedara aplastado en caso de un sismo. O lo que pudo sacar. Y bueno, retomar el ritmo, hacerse de nuevo de la vieja morada y hacer como si nada hubiera pasado. Cosa que se antoja difícil porque pareciera que todo cambió. Hay docenas de barberías, de cafés pequeños, centenares de anuncios de renta o venta de departamentos.

Por lo pronto hay que darle a la limpieza. He empezado muy de temprano porque no puedo dormir.

En ese tema de las casas, frente a mi ventana, por ejemplo, se levantan dos edificios nuevos muy distintos entre sí. Uno pareciera tener menos presupuesto que el otro. Se le ve enfermo desde antes de nacer, con una percha de materiales raquíticos. Hasta han colocado frente a su obra negra unos letreros que solicitan maestro fierrero, oficial albañil, jefe mampostero y de acabados. Se han puesto este par de edificios justo en frente de mi ventana, cortando el paisaje tan querido para mí en el que contaba, orgullosamente, dieciocho palmeras. Las contaba casi todos los días de izquierda a derecha hasta dar con la Secretaría de Comunicaciones, que por las noches figura como una nave espacial ahora abandonada en el desierto.

Todavía es muy bella la Narvarte

Pese al gradual allanamiento de su morada, digamos de la violenta y acelerada transformación de su rostro a manera de una cirugía plástica barata, todavía es muy bella la Narvarte, muy elegante nuestro palmeral de la zona centro de la ciudad. Ojalá que no la maten tan rápido con tanto robo y asalto, tanta corrupción tejida en las bienes raíces. Pero lo veo difícil. Desde que vivo aquí, tan solo en el pequeño pedazo de mi calle, han construido casi 10 edificios. Se tiran casas viejas y bellas, grandes y profundas (realmente señoriales, de prosapia, en donde la clase media se ganó una vida digna, para luego del trabajo vivir a sus anchas), y se hacen nacer, las más de las veces, monstruos arquitectónicos sin estilo, representativos acaso de que la vida se ha vuelto cara y pequeña, que nos hemos apocado como hueso de matatena.

En mi caso, estos meses han sido nostálgicos, tristes, enervantes. Mientras hago los viajes de mi mudanza me doy cuenta de que muchas cosas se me rompieron: artesanías, grabados o regalos de mis amigos artistas. Brazos de cuerpos, azas de tazas, cuernos de toros de porcelana. Me duele el estado de las tapas de mis libros, el desperdigadero de libretas con notas, documentos. Cosas así. Me extraña particularmente el nuevo olor de mi casa. No huele a mí. Huele a polvo, a casa abandonada. Eso es algo que también salió de aquí, corriendo. Nuestro humor. Acaso huele a sol seco en los muebles y las paredes. Como a casa fantasma. Por lo menos tiene sus marcas de lo que hubo: paredes pelonas salpicadas de clavos, sus plantas secas y telarañas. Ya irá regresando con el tiempo, con cada respiro en días acumulados.

He pensado en traer a mis gatos hasta el final. Ellos viven por ahora con su abuela y no en un departamento desde donde se ve a los pájaros a través de una ventana. Se la han pasado bomba en una casa con jardín atrás y adelante, jardineras y macetas, juegan con la manguera mientras mi madre riega las plantas, se quedan arranados en el patio como si fueran tigres sueltos en la selva. Eso: son gatos en palacios árabes, felices de la vida, sobrealimentados, y con nana particular. No tengo cara para decirles que iremos de vuelta. ¿Lo mejor será que se los quede mamá? Quizá. La aman ahora más que a mí. Y ella también ya hizo sus migas.

MIGUEL TOVAR/AFP/Getty Images
Foto aérea de un terreno vacío en la Narvarte luego de que se demoliera un edificio por daños resultado del sismo del 19 de septiembre de 2017.

Por lo pronto hay que darle a la limpieza. He empezado muy de temprano porque no puedo dormir. Las construcciones de enfrente empiezan temprano con picos, camiones, serretas, mazazos, grúas. Gritos de decenas de albañiles con tiempos que cumplir. Los albañiles le dan duro ahora más o menos a la altura de mi piso. Desde ahí pueden verme y yo a ellos. Los veo cubrirse del sol y de la lluvia. No sé cuánto ganan, imagino que muy poco, o si cuentan con seguros por parte de los constructores, pero lo que sí puedo decir es que, si bien ya los admiraba, he aprendido a hacerlo aún más. Quizá ellos pensarían lo contrario. Que abomino que construyan en mi cuadra. Y claro que es así, pero no a ellos. Y, a fin de cuentas, tengo claro que en el espacio que ahora ocupa mi edificio hubo una casa familiar hace 60 o 70 años y que todo esto de cambiar la ciudad comenzó hace tiempo. Los albañiles salen por la tarde a comprar refrescos y por la noche se les ve en las alturas, haciéndola de veladores, fumando un cigarro tras otro, hablando por celulares con sus novias o sus familiares para hacerse compañía. A veces se emborrachan, bailan entre sí, y se les ve quedarse dormidos entre los sacos de cemento y las herramientas. Justo como he visto a tantos amigos míos.

Me imagino que en dos o tres viajes ya podré reinstalarme por completo. Sé que es un tema estúpido pero veo que la decoración de mi casa no será igual. Eso es un hecho. Ya tomará cada objeto su nuevo lugar. Lo veo como una metáfora de mí mismo. Porque yo también soy otro, distinto al de hace unos meses, y tendré que ir ganando un espacio, el terreno perdido. Porque andar a la deriva, perder el piso, podemos decirle así, trae sus consecuencias. Unas se ven y otras no, y sabemos que todo se movió en este juego de pirinolas.

Habrá que armarse y seguir. Como se pueda ir corrigiendo el rumbo.

Recuerdo el día en que salí con la Combi, con bolsas y cajas, un perro y dos gatos y hasta animales disecados. Cada quien lo suyo. Fueron días de un movimiento que provocó nauseas. Íbamos con la Combi a ayudar a los que habían perdido todo. Íbamos la familia y los compañeros de trabajo. No nos dejamos tomar fotos. Era algo que debía hacerse en silencio. Nadie vio fotos de nuestra cuadrilla ayudando a los damnificados pero llevamos comida, ropa y medicamentos casi cada noche a distintos puntos de la ciudad. Hacíamos mucha sopa y guisos para niños y adultos. Hicimos también campañas de colecta de fondos. A fin de cuentas, todos estábamos en lo mismo: éramos, sin duda, al mismo tiempo, víctimas y éramos voluntarios para la reconstrucción de lo más material hasta lo más profundo. Y esto sigue. Hay mucha gente viviendo en albergues y que no ha podido salir de este agujero que nos dejó la suerte.

Además de los nuevos edificios que se construyen en mi colonia a diestra y siniestra, hay algunas cosas nuevas en mi hábitat. En donde estaba el edificio contiguo, el que murió de pie en el sismo y derribaron con grúas y trascabos, ahora queda un terreno cercado por policías. Lo cuidan casi las veinticuatro horas. Los policías ahí se estacionan, se dan cita para cambiar de patrulla, conversan con sus radios y escuchan cumbias a todo volumen. Aunque llueva se les ve haciendo sus rondas, se les ve llegar con las luces de sus torretas. No sé a qué se deba ese movimiento pero es algo con lo que debo vivir ahora. Los vecinos se asoman como yo pero no dicen nada, para no tener problemas. Seguro piensan que esos policías deberían estar cuidando no un terreno baldío sino a los restaurantes y a los peatones que han sido robados o asaltados por todo el vecindario. Ya se verá qué rostro va tomando todo esto.

Por otro lado debo decir que me duele despedirme de la casa de mi madre. Ya había yo hecho un hueco en ese espacio de mi infancia. A fuerza de vernos ahí, de nuevo, mi madre y yo habíamos logrado, de alguna manera, ser de nuevo coetáneos. Y nos reconocimos como humanos distintos. Recuerdo con mucho dolor las veces en que no pude ser un buen compañero de ella y perdí la cabeza. Decenas de veces vomité ahí, de la manera más torpe, mi frustración, mi cólera por haberse descarrilado el tiempo y el espacio. En esos rumbos todo es distinto. Es otra cultura. Definitivamente.

Por otro lado debo decir que me duele despedirme de la casa de mi madre. Ya había yo hecho un hueco en ese espacio de mi infancia.

Me arrepiento de que la desesperación me haya ganado tantas veces, que me haya comportado como un león enjaulado. Un león neurasténico, torpe y melodramático. Pero las cosas se dieron así. Aunque a decir verdad, también hubo momentos muy bellos en que me senté a la mesa a comer con ella la comida que comía cuando era un niño. Y pasábamos la tarde conversando, tomando café o viendo películas hasta tarde. Eso nunca lo olvidaré. Tirarme al pasto ahí en la tarde, en un lugar que ya no me pertenecía o hacía mucho había olvidado, y reconocerme en él, luego de tanto tiempo. Lo voy a extrañar. Porque siempre agradeceré haber vuelto a ver, tocar y vivir en esa casa de antaño.

Así son las cosas. Habrá que armarse y seguir. Como se pueda ir corrigiendo el rumbo. Volver al escritorio luego de casi un año, escribir las notas desde mi departamento, tocar de nuevo al barrio. Porque hay algo del barrio que se lleva como un sustrato. Conocer al tintorero, al carpintero, al carnicero, termina por enlazar a los habitantes de un entorno. Uno es de una colonia y no de otra, cuando conoce sus taquerías y sus fondas, sus cantinas. Vamos, sus recovecos, su personalidad. Solía caminar por horas en estos lares de la ciudad. Casi todo el día. Caminaba al cine, al trabajo, a los museos. Habrá que seguir el camino. No sé qué hacer con los gatos.

Pienso ahora en todo caso en cómo pasaré por esto. Cómo será ahora este trance del boomerang de regreso, ocho meses después. A comer solo, a atragantarme de trabajo para pasar las horas, de nuevo en el centro de la ciudad y su frenesí y pensar que ahí está más la vida. A dolerse o a alegrarse como adulto en soledad, repleto de ideas para el futuro, pero ya lejos del paréntesis de amor o trance inquietante que significó vivir damnificado. ¿Será? Por ahora sacudo las repisas, cuelgo cuadros y limpio libros. Veo a mis vecinos en lo mismo. En la mudanza de las querencias. Me entero que me han cortado la luz, aunque la pagué, y se ha descompuesto la bomba del edificio. Bienvenido de nuevo al palmeral, me digo. A volver a caminar.

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