EL BLOG
18/09/2018 7:17 AM CDT | Actualizado 18/09/2018 8:37 AM CDT

19S: las heridas que no se ven, las que no cierran (primera parte)

PEDRO PARDO/AFP/Getty Images
Xóchitl de la Paz, estilista que perdió a su madre y su negocio en el sismo del 19 de septiembre de 2017, trabaja en la calle en la colonia Niños Héroes.

Lo que creo que sucede cuando irrumpe Natura en el destino de los hombres es que resquebraja su pequeñísimo cosmos, su orden social. Cosmos es orden y caos es la ausencia de ese orden. En este nuestro incipiente cosmos, en la microscópica alteración que hemos hecho de nuestro planeta, lo sabemos, primero hubo culturas, luego civilizaciones. Sobre Natura nos montamos y cuando natura nos recuerda que apenas hemos hecho esto, montarnos sobre ella, irrumpe de la manera en la que irrumpió el pasado 19 de septiembre, con esa forma tan categórica, lo que sucede es que se nos quiebra nuestra seguridad cósmica y sobreviene la más original desestabilización, nuestra más temida nausea caótica.

Junto con otras caras de tan desastrosa realidad, (los maremotos, los tsunamis, las inundaciones, las lluvias imparables o por el otro lado las sequías, las erupciones volcánicas, la irascibilidad de los incendios, monzones, tornados, ondas de calor y demás), los terremotos provienen de un orden anterior al de las civilizaciones y nos hacen sentir con toda su fuerza el carácter efímero de nuestro ser. Y sirven.

A su llegada el hombre se percata cuánto ha perdido la capacidad de asombro del trueno, del rayo, del relámpago y de toda su majestuosidad. El hombre ha perdido la manera de interpretar incluso a la misma lluvia. Ya ni alcanzamos a descubrir la belleza que existe en el vuelo de una mosca, una balsa, un techo de dos aguas, tampoco la de la rotundidad de una secuoya. Nos desobligamos de vernos con asombro reflejados en las pequeñas cosas. Pasamos por la realidad concreta como si nos perteneciera, como si la hubiéramos domado, como si en nuestro orden y progreso (esos viejos sueños positivistas), hubiéramos logrado ya capturar el entero de la realidad. Y pensamos que como ya la hemos hasta digitalizado, ya la hemos vuelto virtual, esta yace en nuestras manos domesticada. Pero no. Y al parecer no alcanzamos ni a atisbar el mensaje. Porque después de los cataclismos nos aplicamos a la amnesia.

La gente que nace en este país nunca está segura de lo que le están dando, si es gato o liebre o rata podrida.

En nuestro caso, a un año del sismo del 19 de septiembre del 2017, la herida ya no nos parece algo tan alarmante. Da la impresión de que, para engullir lo que nos pasó, tenemos que echar sobre el acontecimiento capas y capas de desdén, de nueva ignorancia para seguir viviendo. Llevamos una herida que nos provocó el sismo del 19 de septiembre, sí, pero la llevemos bien adentro e invisible.

Pero resulta que así como sabemos que hay capas geológicas adentro de la tierra, hay capas de realidad construida sobre ella, capas sociales que se han ido construyendo por encima de la tierra, que también se destruyeron, se arrodillaron, cayeron. Me refiero a que buena cantidad de las hechuras arquitectónicas que se levantaron sobre el territorio de la Ciudad de México y otras latitudes de nuestro territorio también se vinieron abajo. Y nos han dejado una herida simbólica, una herida cultural que no se ve y no cierra. Heridas que, desgraciadamente, no provienen de Natura sino de una absoluta negligencia.

Porque algunos podrán decir que la gente que murió en la Ciudad de México o en otros estados de la República murió por un acontecimiento natural, cosa poco discutible, pero otros podrán decir que también pudieron haber muerto por un acontecimiento que no fue natural sino absolutamente humano. Simplemente porque sus casas, los edificios donde laboraban, estaban mal construidos. Y ahí es que apunto en este pequeño texto a un año del sismo. Hablar no de otra sino de esta herida, la herida que se anunciaba desde hace cincuenta años o más, a la par de que se hubo creado el "Laberinto de la Soledad", cuando se empezaron a levantar los perfiles del hombre y la cultura de México, cuando comenzamos a levantar un proyecto de Nación, un momento en que no precisamente pensamos continuaríamos embebidos en la corrupción, el atentado contra nosotros mismos, en que jamás hubiéramos pensado que los seres de maíz habrían de vivir en casas de papel.

Duelen los recuerdos de todos los que cayeron el pasado 19 de septiembre, pero también duele todo aquello que se dejó de largo en este país.

Entonces tenemos dos miedos: el miedo a la muerte por Natura; pero también un miedo civilizatorio, cultural, simbólico, a lo que no tiene que ver con Natura sino con los contratos sociales, con los gobiernos, con las aplicaciones de la ley. Entendemos entonces que nuestro país esté herido, también de muerte, por esas heridas invisibles y mortales: porque sabemos con terror que no hay solidez en las estructuras de nuestra civilización mexicana, y que como pueblo mexicano siempre sentiremos esa blandura. Que nuestras instituciones no son duras o fuertes, sólidas o resistentes, sino que son falaces, porosas.

Sabemos, por ejemplo, que no representan la dureza de la ley, no representan, paralelamente, el orden de Natura sino un espejo del caos por lo que hemos hecho con ellas. Y esto tiene que ver, está conectado, querámoslo o no, con un capitalismo salvaje, con la compra y la venta de todo y nada, con el consumismo más rapaz, con la ambición del poder. Porque si no, ¿de qué otra manera podemos entender que una delegación permita a unos tipos que se llaman constructores edifiquen en territorios en donde no se tiene que edificar, vendan edificios que no sabemos cómo se pueden levantar, y a los precios que los venden por la burbuja mobiliaria que es la de su ego enfermo y voracidad? Cosas innombrables, de pena de muerte. ¿O no? Vamos, virtual como a los violadores o asaltantes de caminos. Porque alguien nos debe explicar por qué siempre el pueblo debe pagar la inmoralidad y la pobreza de quienes lo debieran guiar.

PEDRO PARDO/AFP/Getty Images)
Miriam Rodríguez Guise perdió a su hijo de 7 años, José Eduardo, en el sismo del 19 de setiembre de 2017.

La eterna sensación de timo

La gente que nace en este país nunca está segura de lo que le están dando, si es gato o liebre o rata podrida. Vive eternamente con la sensación de que la están timando, cosa que no es endémica de todos los países del orbe para quien lo pretexte.

Aquí los servicios, los productos son cada vez más malos y más caros. Y siempre estamos viendo que solo los que tienen dinero pueden protegerse y crecer. Se lleva en esta tierra la herida de desconfiar del orden que pone nuestro gobierno, sentimos que se resquebraja, que se desmorona y, aún así, hace como que dizque trabaja. Por eso la metáfora del alma mexicana, el genio de nuestro pueblo, el estilo o la idiosincrasia de nuestras sensibilidades deberá estar ligada de ahora en adelante a lo que tiene que ver con la gelatina, con lo coloide, es decir, con los estados de ánimo del colágeno, no con algo líquido o gaseoso, mucho menos sólido. Nos han hecho, nos hemos perdido en gelatina. En esta nuestra casa se tambalea todo. Principalmente se derriten las leyes. No cuajan las empresas, las instituciones. En ellas todo se mueve, todo es flexible.

Y en ese estado de estupidez, entre bandazo y bandazo, el madruguete, el albazo. La tranza tiene que ver con la idea de la movilidad, no con la rigidez, no con la estructura, es decir, no con los pilotes románicos, dura lex, sed lex (dura es la ley pero es la ley), no con la sabiduría que nos dio el siglo de oro, la fecundidad de nuestro mestizaje, no con la potencia irrefrenable de nuestro pasado. Nunca pesa eso. Y por ello, cuando una joven pareja arrenda o compra un inmueble, nunca sabrá cómo fue construido, eso nunca se verá, si los halla, en sus planos. No se nos enseñó a nosotros como compradores a exigir y revisar, nunca a saber cómo es que es la estructura donde queremos proteger todo lo que nos pertenece, incluso lo material, pero más el espacio donde soñaremos.

Pasó que nos dimos cuenta de la fragilidad de las reglas, que el que menos importa a los gobernantes es el ciudadano mexicano.

Por esto es que supongo que lo que deberíamos pensar con lo que se abrió, rompió, destapó de nuevo el sismo, no solo debiera reflexionarse a partir de lo que pasó con el plano mobiliario en seco, sino con la exigencia desde este presente y para siempre, de nuestros derechos, de regreso al estricto apego a la ley, a la restauración del estado de derecho. En otras palabras: no es solamente una cuestión de dónde vamos a vivir, sino también de cómo estamos viviendo y queremos hacerlo.

Decir no a los hoyos por ejemplo. Al vacío en que vivimos. ¿Por qué se abren socavones en el periférico? ¿En las carreteras? ¿Por qué todo nuestro cuerpo simbólico está perforado? Los delincuentes, los rateros, los traidores a la patria como son todos los especuladores inmobiliarios que vendieron aire y mataron gente deben de ir a la cárcel, también los que hacen burbujas económicas, lo que venden productos falaces, todos ellos son los que horadan siempre a este país, los que hacen que las grietas aparezcan, los que derrumban siempre lo construido.

Entonces se cayeron las construcciones físicas, sabemos quiénes lo causaron, podríamos ir por ellos y apresarlos y sentenciarlos, pero también se cayeron muchas construcciones civilizatorias, mentales, intelectuales levantadas a lo largo de mucho tiempo, que costó muchísimo tiempo y dinero e ideas hacer por y para muchísima gente de bien. Y ahí está esa herida siempre entregada a sentirse vulnerable. La sensación de indefensión, la que se abre cada vez más con estos golpes del timón de Natura pero que nos golpea más cuando todo está mal dispuesto.

REUTERS/Ginnette Riquelme
"Cuando se logró ubicar a las autoridades, nos encontramos con la tremenda ausencia del poder". Antonio Galera-Grobet.

Me parece que al advertir que hay una liga que tensa todo el mundo, no tanto a manera de un budismo aglutinante, un poco más mundana por la mera interrelación social —y que además esta urdimbre de cosa civilizatoria tiene una ligazón con la naturaleza, con el individuo—, las cosas serán entendidas mejor. Laceran los muertos con nombre y apellido, duelen los recuerdos de todos los que cayeron el pasado 19 de septiembre, pero también duele todo aquello que se dejó de largo en este país y que ojalá cambie con la llegada nuevos políticos, entregados al otro y no a su narcisismo enfermo.

En términos de arquitectura, solemos imaginar a los arquitectos como semidioses: ellos son los que construyen, físicamente, no con imágenes, música o palabras, una segunda morada. En ella nos guarecemos del sol, de la lluvia, del viento, nos guarecemos de la intemperie. Muchas de las metáforas que más ocupamos nosotros en la vida diaria tienen que ver con eso: "vamos a tener que fortalecer las columnas", "hay que abrir puertas y ventanas", tantas y tantas más nacientes del tener un techo. Y necesitamos darnos cuenta de que, a pesar de que se piense que estas profundas y simples metáforas ahora sean un tanto fósiles, siguen siendo parte de nuestra concepción del mundo y que de pronto se caigan es más que abominable. Hasta eso se nos arranca aquí.

Uno vive bajo la fragilidad

Quisiera hablar de un ejemplo que viví por el terremoto. Tuve que salir de casa durante casi un año, como mucha gente, miles de personas que tuvieron que salir de sus casas. Yo tuve la suerte de tener una casa todavía con mi madre. Y ahí estuve. Sucede que al saberse uno sin techo, permítaseme un salto cuántico, uno alcanza a olfatear un poco lo que significa la migración. Lo que significa migrar, no tener un espacio donde pensar, ensoñar. Estar de nómada también te obliga a un sistema de pensamiento peculiar. Darse cuenta de que uno vive bajo la fragilidad de los castillos de naipes, de la vulgaridad con la que los reglamentos de construcción se manejan, la voracidad del mercado, lo arroja a uno a una suerte de delirio, de locura temporal. Se pierde o se demora la construcción de eso que conocíamos como futuro. Y van muchas cosas pegadas a ello.

No solamente se meten a nuestra casa o negocio a robarlo, los mismos espacios vitales ya son un robo de nuestra humanidad. Me pregunté una y otra vez, ¿cuánto mide una casa de interés social ahora? ¿cómo se fabrican, qué materiales se utilizan para su construcción? ¿Albergará una de estas casas apenas un ápice del alma humana? ¿Por qué antes teníamos esas haciendas con portones enormes, esos techos altos? Para que ahí cupieran nuestras ideas, éramos gigantes, nos ubicábamos como enormes seres en necesidad de vivir a nuestras anchas y ahora nuestro miserable espacio vital no corresponde a nuestra psique, no está a la altura de nuestros sueños. Necesitamos sus roof gardens, ¿en serio? Es decir, la cosa que se nos está vendiendo como paraíso artificial, ¿es enserio que no se va a caer? ¿Quién lo hizo? ¿Podemos ubicar quién lo hizo? Cuando los diez, veinte, cuarenta o ciento cincuenta inquilinos que compraron sus departamentos de un edificio quieran quejarse en veinte años de lo que no se hizo bien, ¿es posible que después puedan interpelar a la autoridad por ello? ¿No serán simplemente empresas fantasmas que cambian de nombre y desaparecen como los capitales, los políticos corruptos y asesinos?

En esta nuestra casa se tambalea todo. Principalmente se derriten las leyes. No cuajan las empresas, las instituciones. En ellas todo se mueve, todo es flexible.

Pasó quenos dimos cuenta de la fragilidad de las reglas, que el que menos importa a los gobernantes es el ciudadano mexicano. Permitimos que la delincuencia siga trabajando. Y no solamente es el que roba, el que secuestra, también el que miente en el gobierno. El que tima a su gente, el político delincuente. Porque en esta viña del señor, el que debería poner las reglas no las pone, el que las pone las hace blandas, las vuelve flexibles para darle beneficios a uno y quitárselos a otro. ¿Cuánta gente no está viviendo ahora sobre territorios que se van a caer? ¿Cuántos de los caídos no tuvieron que trabajar toda su vida y la vida de sus hijos para tener un inmueble que se cayó? ¿Cuántos pagan ahora con su trabajo mal recompensado ese pequeño "nido" que se va a defenestrar en el siguiente temblor? ¿Cuándo se va a perseguir y a apresar a los responsables?

Muchos pasaron todo una vida en el acopio de comprar una casita. Ese fue el deseo desde el origen de sus tiempos. Bueno, lo lograron, ya la tienen en sus manos. ¿Saben cómo se construyó, sus materiales? ¡Qué importa! Sabemos en todo caso dónde están ubicadas las cocinas, los baños, pero no el plano constructivo. ¿Está registrado en la delegación? En mi caso, cuando con el grupo de vecinos fuimos a ver qué se tenía que hacer con respecto a la demolición del edificio contiguo, el que se recargó sobre el mío y motivó mi salida, todo para conocer las afectaciones del nuestro, si se había desplazado, saber de los estudios topográficos para saber la calidad de nuestro suelo, lo único que recibimos de la Delegación Benito Juárez fue un trato despectivo, casi animal.

Cuando se logró ubicar a las autoridades, nos encontramos con la tremenda ausencia del poder. Y era muy duro ver a la gente mayor llorar en las oficinas en las que nunca se nos atendió, nunca se nos dio la cara. Por cierto, oficinas dañadas ostensiblemente por el mismo sismo, acordonadas, descarapeladas, con pedazos de sus paredes esparcidas por los pasillos. Por ahí alguna vez nos gritó, que no para darnos informes, el subordinado del subordinado del subordinado, que hacía su servicio antisocial en la dependencia. ¿Nuestros gobernantes serán de los peores del mundo? Muy probablemente. Hay que ver nada más el número de gobernantes que están metidos en la cárcel. ¿Habrá algún país que tenga tantos exgobernantes en la cárcel o como dicen vinculados a proceso? No lo creo.

Siempre estamos viendo que solo los que tienen dinero pueden protegerse y crecer.

A los ciudadanos de a pie no solamente les fue arrancado el espacio vital con las casas liliputienses arracimadas a las afueras de la ciudad, con los costos estratosféricos de los inmuebles nuevos en el centro más accesible de la metrópoli. Se les arrancó también el paisaje. Es decir, sabíamos que nosotros ya no nos íbamos a encontrar con los paisajes de José María Velasco, no con los de Dr. Atl y menos con los de Clausell. Jamás. Pero se están construyendo o bien madrigueras, jaulas de pájaros, o bien edificios parecidos a cruceros, torres de babel que quieren llegar al cielo con todo el castigo que eso conllevaría en una lectura creyente. Espacios de la otrora ciudad de los palacios que son derrumbados para nacimiento a cubículos grotescos. Cada vez más en los suburbios, en las casetas de las carreteras, cada vez más alejados del centro de la vida laboral, de la vida social. ¿Cuánto se nos ha arrancado?

¿En dónde están las vistas, el paisaje que me era regalado al asomarme a la ventana y contar más de 18 palmeras mecerse por todo lo alto? Más de diez edificios se han construido en mi calle desde hace cuatro años. Ahora tengo buena sombra, sendos y horripilantes edificios que me tapan el sol. Y ya escasea el agua cada vez más. Cada vez en más partes de la ciudad, se tienen que comprar pipas para tener agua. Y aún así hay que construir, vender y construir. Las calles tiemblan cuando pasan los metrobuses y los camiones. ¿Quién dejó de verlo? ¿Se hicieron estudios topográficos a nivel profesional para ello? No lo creo.

Y se sigue construyendo y construyendo como si estuviéramos nosotros levantando una nueva película de "Metrópoli" pero no para dirigirse ya por Fritz Lang sino por Frankenstein. ¿Quién va a parar esto, un organismo internacional? Nunca. Insisto. Podría la autoridad, aún ahora, perseguir a quienes mintieron en permisos, materiales, número de pisos, reducir seguridades. ¿Por qué no están en la cárcel? Bueno, pues ese es también el gran temblor que nos partió en tepalcates, las heridas que no vemos y que no cerrarán si no nos suturamos a nosotros mismos y ponemos a trabajar a quienes deberían vigilar nuestro bienestar colectivo.

Y es una tristeza porque al parecer ya no podremos solo dedicarnos solamente vivir nuestra vida, algo que quizá nunca hemos podido hacer, sino también a deshacernos de la mentira, de la burbuja en que hemos sido sumidos: dar muerte a la cultura de gelatina. Y bueno, ojalá haya vida. Por cierto, si es que somos de los caídos en el siguiente sismo: ¿ya tendré un sector que se pueda llamar de salud?

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