VOCES
09/04/2018 10:08 AM CDT | Actualizado 09/04/2018 11:32 AM CDT

No hui de mi violador porque no pude

PhotoAlto/Frederic Cirou via Getty Images

Me despierto sola en mi dormitorio. Piso los calzones arrugados de un hombre y con las piernas tambaleantes voy a mi baño compartido. Me bajo los pantalones, me siento en el escusado y veo mis muslos. Es entonces que me percato de los moretones. Morados, rojos, lívidos, con la forma de una mano.

No sé cómo me salieron.

Temblorosa, me regreso a mi habitación. Llamo a mi hermana, que vive cerca. Llega enseguida. Le cuento algunos detalles de la noche anterior, le muestro las marcas. Empalidece y me ordena ponerme los zapatos. Pide un taxi para llevarme a Urgencias y que me examinen por violación.

Durante muchos años, no podía ni decir la palabra "violación". Los sonidos se me agolpaban en la garganta, solo tartamudeaba. Décadas después, aún me cuesta trabajo acomodar esas letras en ese preciso orden para teclear esto.

Me dije a mí misma que decirlo en voz alta me detonaría el trauma. Que usar esa palabra haría real aquello que yo no quería admitir, aquello que me rehusaba a asimilar. Incluso pensar en esa palabra podía hundirme en olas de confusión y vergüenza.

Estoy en la sala de Urgencias, desnuda de la cintura hacia abajo, recostada en una camilla en un cuarto pequeño, atiborrado de equipo médico. Mis pies sienten el metal frío de los estribos de pie, tengo las piernas muy abiertas. Dos mujeres con batas blancas están paradas a mis costados. Una toma notas en un portapapeles, y la otra dice con un murmullo qué es lo que va encontrando al pasar un peine por mi vello púbico.

"Fluidos secos," es lo que escucho. Toman polaroids de los moretones. Sin tocar la puerta, un doctor abre bruscamente la puerta, me ignora con gran alboroto. "Jeringas", dice con un gruñido, mientras yo hago un esfuerzo por incorporarme y me quejo por la humillación. Las mujeres lo empujan hacia el pasillo, pero a los cinco minutos otro hombre hace lo mismo. Esta vez me alzo, junto mis rodillas. Estoy llorando.

Una de las mujeres me promete que esto no volverá a pasar. Se va de la habitación y regresa luego de unos cinco minutos. Después mi hermana me cuenta que la recepcionista puso cinta de escena de crimen en la puerta para que ya nadie más entrara.

"OK, Amy. Dinos qué pasó", dice una mujer.

"Ya estás a salvo. Solo dinos quién te hizo esto", agrega la otra.

"No me acuerdo", insisto y la cara se me pone roja.

Me siguen preguntando.

Sigo insistiendo.

Finalmente, dejan que me vista y me voy.

Sí recuerdo algunas cosas, pero no voy a dar ningún detalle, hay uno sobre todo que no diré. No ahora que esos hombres me invadieron. Tal vez tampoco lo hubiera hecho antes.

Recuerdo que me acompañó de regreso de una fiesta. Que me besaba. Yo lo empujaba. Le decía que no, que tenía novio. Él lo volvía a intentar. Yo lo rechazaba, de nuevo. Sus ojos se oscurecían y me agarraba el codo, fuerte. Sé que alcé mi cabeza para ver el cielo de la noche, mi mente concentrada en los copos de nieve que apenas empezaban a caer. Hundió sus dedos en mis brazos y me lanzó a mi habitación. La mente se me puso en blanco.

Sigo sin saber cómo llegamos a mi cuarto, cómo me quité la ropa o cómo es que, cuando mi cerebro volvió a reaccionar, estaba acostada en mi cama y él encima de mí, ahí estaba yo, con su aliento en mi oreja mientras él me regañaba

"¿A qué crees que estás jugando?"

"Bien sabes que lo querías".

No lo quería y no estaba jugando ningún juego. Los muslos, costillas y brazos me ardían del dolor. Mientras él gemía y me penetraba, yo le imploraba.

Pero no le rogaba que se detuviera. Más bien, quería que me dejara agarrar mi anticonceptivo.

Aceptó y se me quitó de encima. Me levanté y, temblando, fui a mi vestidor por mi diafragma. Me lo puse automáticamente y regresé a la cama.

No tenía una pistola, ni un cuchillo, ni me sometía por el cuello. Hubiera podido salirme de ese cuarto. Pero no lo hice.

La violación durante una cita ni siquiera era un concepto, mucho menos un tópico de discusión.

Una semana después, estaba de visita en casa por las vacaciones de invierno. Me doy cuenta de que mi hermana le contó a mis padres lo que me pasó, o lo que ella sabe. Me tratan como si me estuviera recuperando de una larga enfermedad, se secretean y me ofrecen sopa.

Esa noche, ya tarde, no puedo dormir, voy a la cocina a hacerme un té. Escucho sus voces y me detengo afuera de su recámara para escuchar lo que dicen: "... No tiene caso hacer una denuncia, seguro van a pensar que se lo merecía", dice mi papá. Alcanzo a escuchar una afirmación de parte de mi madre.

Eran los ochenta. Un no significaba un sí. Una falda corta era una invitación. Y tal vez, tú sabes, no debiste haber tomado tanto.

La violación durante una cita ni siquiera era un concepto, mucho menos un tópico de discusión. Si estabas en una habitación con un hombre al que conocías y que tal vez te gustaba y había sexo, seguro lo querías, aunque hubieras dicho: "No, por favor, no". Aunque lo gritaras. Las "violaciones" sucedían en los callejones oscuros, a punta de navaja o con golpes, no en un dormitorio con un compañero de clases que te ataba solo con sus palabras de enojo.

No había con quién discrepar sobre esto, en mi casa o en mi vida, a quién acudir.

Pero, aunque no me puso un cuchillo en el cuello, no hubiera podido salirme de ese cuarto.

Tenía mi instinto de supervivencia afinado, no para proteger mi cuerpo de dolor físico, sino para resguardar mi mente del dolor emocional. Me criaron en un hogar donde anteponer mis necesidades a las de mis padres tenía un costo emocional muy alto. Hacer lo que mis padres indicaban, o pedían, se consideraba una demostración de amor. En especial, había que obedecer los deseos de mi padre.

Aquella noche, el hombre que quiso tener sexo conmigo tenía control sobre mí, porque estaba programada para evitar el dolor de la insubordinación.

Si no lograba cumplir con sus exigencias, entonces mi padre, molesto y resentido, se enojaría conmigo, y mi madre, triste y resentida, se alejaría de mí. Si defendía mi postura, entonces era mala y no los quería. Me aterraba que si no hacía lo que ellos querían, entonces ya no me iban a querer. De niña, de adolescente, ese terrible miedo al abandono me afligía y asustaba, y simplemente no lo soportaba.

Así que escondí en lo más profundo de mi ser el umbral de mis propias necesidades, ideas y deseos. De buena gana cedí el control a quienes yo pensaba que tenían más poder que yo. Sobre todo a los hombres.

Desde luego que mi crianza no sucedió en un vacío; todos somos producto de la época en que crecimos, que para mí fueron los sesenta y setenta. La segunda ola del feminismo apenas empezaba y los padres todavía enseñaban a sus hijos e hijas que "las niñas buenas" eran obedientes y sumisas. Esa idea se reafirmaba en todas partes, en la televisión (por ejemplo, la mamá de la serie Días felices) o en la publicidad (piensa en la sonrisa discreta y reprimida de Betty Crocker).

No es de sorprender que las reacciones de resistencia o huida en las mujeres estuvieran tan entumecidas. No fue sino hasta años después que comprendí que hay otra respuesta natural y biológica al peligro: bloquearse. Piensa en aquel venado famoso con las luces altas. ¿Verdad que no huye ni se resiste? No es capaz de protegerse. Ante la amenaza de un peligro inminente a su ser, ni el venado ni yo teníamos el entrenamiento o los reflejos para responder de otra manera que no fuera paralizándonos

Es hora de ver a mi yo joven con compasión y sin juzgar.

Aquella noche, el hombre que quiso tener sexo conmigo tenía control sobre mí, porque estaba programada para evitar el dolor de la insubordinación y salirme del cuarto hubiera sido desobediencia. Estaba condicionada para ser una "niña buena", "A ver, solo hay que hacer lo que el señorcito quiere". Lo que en aquel entonces me avergonzó y ahora me entristece es que ni siquiera consideré la idea de huir. Ese pensamiento no me cruzó por la mente.

Entonces, ¿qué fue lo que realmente sucedió esa noche? ¿Fue una violación o más bien un encuentro desagradable del que pude, debí, haber huido? ¿Era una víctima? ¿Era culpable?

¿Acaso todavía importa qué pienso de esa noche?

Sí.

Sí importa.

Me ha tomado 32 años darme cuenta de que la manera en que categorizamos los sucesos afecta profundamente cómo nos concebimos a nosotros mismos. La muerte de una persona nos afecta de diferentes formas si lo consideramos un accidente, suicidio o asesinato, a pesar de que eso no altera el resultado.

No recuerdo más que la manera en que me agarró el codo, mi cuerpo lastimado y mi regreso miserable a la consciencia con su pene dentro de mí. Pero esos recuerdos me bastan para condenarlo. Me violó.

Durante años batallé con la culpa por no haber huido en aquel momento. Me pregunto si haberme puesto el diafragma de alguna manera borra lo que hizo, como si hubiera una especie de acuerdo retroactivo. Si haber regresado a la cama para que terminara lo que había empezado ya hacía que la violación fuera consensual.

Me he echado la culpa durante décadas. He dejado que mi alma habite en un estado de vergüenza calcinante. Ya estoy harta de cargar con una culpa que no me pertenece.

La mujer que ahora soy hubiera pateado a ese hombre en los testículos y salido corriendo y gritando de ese cuarto, desnuda o no. Me cuesta trabajo creer que esas opciones no se me hayan ocurrido.

Es hora de ver a mi yo de 20 años con el beneficio de años de terapia, con la perspectiva de la madurez y la consciencia social (incluida la mía) que, respecto a asuntos de consentimiento sexual, está evolucionando con rapidez. Es hora de que deje de pelearme con la persona que era antes y que acepte mis limitaciones anteriores. Es hora de ver a mi yo joven con compasión y sin juzgar.

Se lo merece. Sus ataduras eran invisibles, pero reales.

Este blog fue publicado originalmente en 'HuffPost' Estados Unidos y fue traducido.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México