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05/02/2019 2:21 PM CST | Actualizado 05/02/2019 3:39 PM CST

Probé los bichos por primera vez y madre mía del amor hermoso

Un día estás en tu casa, con un pijama de Spiderman y unas zapatillas de felpa desayunando pan tostado con aceite de oliva y un café... y al día siguiente te estás comiendo un rollito vietnamita con un tartar de navaja y mix de gusanos.

La vida.

Todo empezó una fría mañana de enero. Llegué a la redacción y tomé asiento. De fondo, el sonido de los dedos de mis compañeros chocando contra las teclas. Abrir Gmail. Mail del jefe. Asunto: "Todo tuyo". Abrir mail. Cata con insectos DO Rueda.

En ese momento mi mundo se vino abajo, los ávidos lectores recordarán —en realidad no creo— que tengo una fobia incurable a las aceitunas y a los encurtidos por lo que, previsiblemente, los insectos no están en la cúspide de mi pirámide alimentaria. Había algo bueno, por lo menos había vino de DO Rueda. Dios aprieta pero no ahoga.

Acepté la propuesta y, como diría el cordobés, me mentalicé. 'Voy a comer bichos', comenté. 'Pero si odias las aceitunas, ¿cómo te vas a comer una cucaracha? Porque me debo a mi profesión. ¿Dudaron Woodward y Bernstein cuando llegó el primer soplo de lo que estaba ocurriendo en las oficinas del Watergate?'

La decisión estaba tomada. La mañana de la cata decidí desayunar doble ración de pan tostado para hacer pared y evitar así que los insectos tocasen directamente mis flujos estomacales. Puse rumbo al Palacio de Congresos de Madrid y fui a por mi acreditación. "¿Vienes a por lo de los bichos?", me preguntó una amable mujer en las taquillas. "Pues suerte", añadió. Pues gracias.

Una vez en el recinto, dos amables señores nos describieron la vida y obra de los vinos de Rueda, fue sin duda, lo más salvable de la velada. Mientras atendíamos a las explicaciones, un ejército de camareros trajo el primer plato, que llevaba sal de gusano. "Vamos a ir de menos a más", dijo el amable chef que había elaborado la degustación.

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Sardina limada con maracuyá y sal de gusano.

Afortunadamente, en la mesa había un pequeño platito con picos de pan (así se llaman en mi casa), imagino que para evitar la fuerza de los sabores que vendrían después. Esto me salvó la vida.

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Panes de picos.

La cosa se fue poniendo turbia a cada plato. El siguiente, migas con hormigas. Que estaban ahí posadas sobre un trozo de panceta, como si acabase de levantar una piedra y me fuese a llevar a la boca lo que hay debajo. Crujían. Mal asunto. 'Bueno, piensa que son las migas', me dije. Una leche. Y trago de vino blanco para digerir.

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HorMIGAS: migas crujientes con hormigas negras.

Ojo que salta la sorpresa. Un amable camarero posa delante de mí una especie de rollito vietnamita con una familia numerosa de gusanos dormitando encima de una hoja. Ahí me sentí como Timón en El Rey León, solo me faltó decir eso de 'viscoso pero sabroso'. Y trago de vino. Y otro pan de pico.

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Rollito vietnamita con tartar de navaja y mix de gusanos.

Y entre gusano y cucaracha, una entrevista. Primero para laSexta. "¿Se notan los gusanos?", quiso saber la reportera, que me miraba como si le estuviese haciendo un reportaje a un niño de Biafra que no tiene nada que llevarse a la boca. 'Pues no se nota mucho, no está malo', le espeté, mientras me metía otro pico de pan a la boca para eliminar los posibles trozos de insecto de mi boca.

Luego Telemadrid. Una reportera me miraba como si estuviese desnudo, con el asombro de alguien que está viendo el mar por primera vez en su vida y quiso saber cómo me estaba tratando la vida en ese momento. 'Psé, no se nota nada', le dije. Pero ella insistía, que si eran bichos, que si madre mía, que si los había probado antes. No señorita, en mi casa si hay cucarachas las aderezamos con Cucal, no con aceite de trufa.

Definitivamente la cosa no iba a ir a mejor. Ahora, posados sobre una especie de cosa verde había tres bichos, de los que todos pisamos en la calle. Por lo menos llevaba papas. Trago de vino. Bicho para dentro. Trago de vino. Y pico de pan.

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Chapulines con papas asadas, sepia y yema de huevo de corral.

El siguiente plato ya era el acabose: una pata de cangrejo acompañada de una bola en la que había dentro una cucaracha. Ese fue mi límite. Por ahí no paso. Ya solo podía pensar en Cucal y en los veranos en el pueblo de mi madre, cuando esos seres infectos echaban a volar en el patio como un Boing 707 a punto de chocar contra cualquier cosa.

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Chili crab de cucarachas con brotes de hierbas aromáticas.

Dos tragos de vino y tres picos de pan después llega el postre. ¿Qué me depararía el destino? ¿Natillas de sesos de mono? ¿Tiramisú de escorpión? ¿Flan de huevo de gusano de seda? ¿Merengue a secas? Pues casi. Un gusano bañado en chocolate blanco dentro de unas flores... que bueno, después de ver una cucaracha dentro de una bola era como encontrar agua en el Sahara.

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Shot de gusano con mousse de té matcha.

Terminó la cata con un leve aplauso de los ahí presentes y con el estómago pidiendo una limpieza intestinal a gritos. El retrogusto de los gusanos es mucho más intenso de lo que parece.

Sobreviví. A dios gracias.

Este artículo fue publicado originalmente en 'HuffPost' España.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

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