VOCES
01/08/2018 6:00 AM CDT

Honestamente, era mejor en mi trabajo antes de estar sobrio

Marccophoto via Getty Images
La idea de trabajar todo el día para al finar poder tener una bebida, o seis, era como una zanahoria en un palo meneándose frente a mí. Aunque, en lugar de una zanahoria, era una botella de Skol.

En mi línea de trabajo se enorgullecen de sus tácticas agresivas. Ser agresivo simplemente significa ser persistente... muy persistente.

Como cazatalentos soy un profesional de las ventas motivado por una comisión del 100%. Recluto personas para puestos difíciles de llenar en el sector empresarial. Encontrar a la "ardilla púrpura" , que es como llamamos al candidato perfecto que quizás no exista, no es nada fácil. Hay que investigar, persistir y tener ganas de llamar a muchas personas para encontrar al candidato soñado. Vivo y muero por el trabajo. Las personas en mi posición tienden a no comer a menos que le consigan un trabajo a alguien, y no se nos considera exitosos menos que ubiquemos en trabajos a 30 personas al año.

Me acostumbré a beber mucho, y a esconder mi hábito de mi familia y mis amigos por casi una década, hasta que busqué ayuda contra mi adicción. En algún punto creí que beber (y la recuperación diaria de la bebida) me motivaban. Podía recuperar la sobriedad con una jarra de café y un poco de ibuprofeno. La promesa de beber más en la comida o después del trabajo me empujaban a hacer mis llamadas y facturas. La idea de trabajar todo el día para al finar poder tener una bebida, o seis, era como una zanahoria en un palo meneándose frente a mí. Aunque, en lugar de una zanahoria, era una botella de Skol.

Antes hacía llamadas sin parar. ¿100 al día? Sin problema. Podía enfocarme más porque estaba motivado por la ganancia, y por cómo iba a recompensarme con alcohol cuando consiguiera ganar. Cuando bebía estaba menos preocupado por mi comportamiento y métodos para asegurar una contratación, incluso si significaba alienar a otras personas con mi actitud. Tomaba menos en cuenta el tiempo y el esfuerzo, y eso se traducía en éxito, incluso cuando significaba el desmoronamiento de mi vida personal.

Dos semanas sobrio, volví a mi oficina, por primera vez sin resaca en años.

Finalmente me convencí de que tenía que hacer un cambio una noche en la que, después de beber botellas de vodka barato todo el día, cuando ya estaba dispuesto a echarme en la cama descubrí que no podía hablar. Sentí como si se hubiera apagado mi cerebro, como si me hubiera desmayado con los ojos abiertos.

Mi esposa me encontró, y temió que estuviera sufriendo un derrame o una convulsión. Estuvo a punto de llamar al 911, pero conseguí detenerla. Cuando pude hablar me derrumbé y le conté sobre la adicción que le había escondido todos esos años. Le había escondido a todas las personas de mi vida cada gota, botella, nota, compra con tarjeta de crédito, día de cama, sesión repentina de vómito, ojo rojo, resaca, pérdida de memoria y objetos, sesión ebria al volante, insomnio y desmayo.

Sabía que para dejar de beber tenía que entrar inmediatamente en un programa de desintoxicación. De acuerdo con mi esposa, hice planes para internarme en el Centro Médico Central DuPage en Illinois. Fue difícil dejar a mis hijos. Lloré. Soy lo suficientemente hombre para admitirlo. Nunca había estado lejos de mis hijos más de 17 horas. Dejar a mi esposa (que entonces no estaba nada contenta conmigo) también fue difícil. La amaba inmensamente, y me devastó saber que mi alcoholismo había creado una distancia entre nosotros y amenazaba a nuestra familia.

Cuando le dije a mis jefes de la pequeña empresa familiar de cazatalentos que iría a desintoxicarme, fueron tremendamente solidarios y me dijeron: "Quizá no seas el único aquí que lo necesite, chico. Te deseamos lo mejor. Recupérate y tendrás tu lugar de trabajo cuando vuelvas".

Desintoxicarme fue difícil, pero al mismo tiempo fácil. Supongo que cuando te anestesian tanto con Valium como en la clínica en la que estaba, todo parece posible. Me drogaron para que no tuviera una convulsión los cuatro días que pasé sudando y apestando con el alcohol que salía de mi cuerpo. Mi cerebro exudaba el alcohol dentro de mi cráneo como si fuera una mezcla de huevos fritos y helado.

Después de una semana de desintoxicación, pasé otra semana en una clínica rehabilitación sin internamiento. Poder ir a mi casa al final de cada día, era una bendición. Podía ver cada noche por qué era que luchaba, y lo recordaba cada día camino a la clínica, con ganas de ponerle punto final a mi alcoholismo.

Después de la desintoxicación y rehabilitación, elegí la ruta de Alcohólicos Anónimos para recuperarme, y empecé a ir a reuniones para trabajar mis problemas con quienes entendían mejor mi situación. Dos semanas sobrio, volví a mi oficina, por primera vez sin resaca en años. Sigo sobrio hasta el día de ho gracias a una mezcla de reuniones y un sistema de ayuda creado por mi familia y los amigos que se mantuvieron a mi lado.

Mi primer mes de vuelta en el trabajo lo pasé reacostumbrándome a mi vida profesional. Antes de ir a rehabilitación, había pertenecido al "Club de Socios", al que solo llegaban los cazatalentos más productivos, si alcanzaba un volumen alto de ventas al año. La mayoría de los años era razonablemente exitoso y consistente en términos de ganancias generadas. Sobre todo, los candidatos fluían con facilidad, mis clientes estaban satisfechos y mis jefes contentos con mi trabajo. Pero ninguno de ellos sabía que la mayor parte del tiempo estaba crudo o borrachín por las copas de la comida.

Unos meses después de recuperar mi sobriedad, todavía no había facturado nada. Mi instinto había desaparecido y, lo peor de todo, es que no me importaba, ni eso ni nada relacionado con el trabajo.

Al principio mi problema era que intentaba emular al "yo" de antes de la desintoxicación. La sobriedad cambió fundamentalmente lo actitud hacia el mundo. Había vivido en un túnel interminable de trabajo, sueño y alcohol, y cuando pude dar un paso atrás y ver lo que pasaba a mi alrededor, ya no pude concentrarme en mis metas.

Sin el alcohol, estoy en un terreno extraño: me va bien en mi vida personal, pero el trabajo es el que paga las cuentas.

Aprendí que había muchas cosas en las que era mejor una vez que estuve sobrio. Podía devorar un libro en pocos días. Podía comunicarme con mis hijos en lugar de sentirme frustrado. Podía tener una conversación con alguien sin tener que tener una excusa para regresar a casa y echarme un trago en la cochera. El trabajo ya no era la única cosa que podía hacer bien. La verdad es que era mejor vendedor sin alcohol.

Ahora que estoy sobrio me siento más capacitado para elegir al candidato "correcto", no solo alguien que se siente en el puesto. Paso más tiempo (quizá demasiado) ocupando un puesto con la persona que reúne todos los criterios en lugar de elegir a cualquiera con la esperanza de que funcione de algún modo. También soy más meticuloso a la hora de completar proyectos. Podría pensarse que todas esas cosas me harían un mejor empleado, pero dado que mi trabajo es esencialmente juego de números, esta forma de trabajar es menos lucrativa que la que tenía cuando tomaba. Sin el alcohol, estoy en un terreno extraño: me va bien en mi vida personal, pero el trabajo es el que paga las cuentas.

De todas maneras, no me importa. Recuperé a mi novia de la prepa y esposa desde hace 13 años, y estoy construyendo una relación a largo plazo con mis hijos, que afortunadamente nunca conocerán a un padre que bebe. Esas bendiciones son suficiente para mantenerme sobrio, aunque suponga ganar menos dinero. Si mi carrera vuelve a ser exitosa ya no es una de mis prioridades. Puedo conseguir un nuevo trabajo, pero no puedo reemplazar el amor de mi familia y los recuerdos que estoy construyendo con mis hijos.

Luego de esta vivencia he aprendido que vivir sobrio no se trata de encontrar al brillante y hermoso "nuevo yo" al final del túnel. En realidad se trata de lo opuesto. Sin los lentes del alcohol, se trata de encontrar al verdadero (e imperfecto) yo. Y no es fácil. A veces extraño al desafiante y exitoso tipo que fui. Mentiría si dijera que no. pero en el camino que estoy ahora es el camino de estar (y mantenerme) alerta, honesto y presente con mi familia. Si tengo eso, en realidad no puedo pedir nada más.

Este blog apareció originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y fue traducido por Víctor Santana.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.