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20/06/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 20/06/2018 6:00 AM CDT

Vivir con un monstruo a cuestas

Ansiedad y ataques de pánico: una lucha diaria.
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Ansiedad y ataques de pánico: una lucha diaria.

Hace unos días sufrí una crisis de pánico en público. De pronto el pecho se me cerró con una sensación de miedo inaudito, absoluto y desesperado que no pude controlar, y me encontré llorando a ciegas, tratando de esconderme de las miradas ajenas, de la sensación de vergüenza que me invadió y me desbordó por completo.

Paralizada, abrumada, sin fuerzas para luchar contra la ráfaga de terror que se me venía encima. El corazón latiendo tan rápido que apenas podía respirar. Las manos aferradas a los costados, rígidas y doloridas por la presión. El mundo a mi alrededor se convirtió en un manchón borroso de colores y sonidos, casi insoportable. Cuando un desconocido solícito trató de comprender qué ocurría, que me había provocado semejante reacción, no pude explicarle.

Como tampoco he podido hacerlo antes o después. Porque de eso se trata un trastorno de pánico: la sensación directa y dolorosa que tu mente escapa de tu control, se convierte en otra cosa, se hace por completo monstruosa.

De pronto mi aparente "excentricidad" ya no se trataba de mis manías y rutinas, sino de algo mucho más preocupante y profundo.

Diez años atrás mi psiquiatra me explicó que sufría de trastorno de pánico, y me asusté. No se trataba sólo del hecho de padecer de una enfermedad mental de la que sabía en realidad muy poco, sino, además, de encontrarme en mitad de un terreno desconocido sobre mi manera de comprender el mundo, e incluso a mí misma.

De pronto mi aparente "excentricidad" ya no se trataba de mis manías y rutinas, sino de algo mucho más preocupante y profundo. Por supuesto, también hubo algo de alivio: luego de años de luchar contra todo tipo de síntomas físicos y mentales a los que no había encontrado jamás una explicación obvia, descubrir lo que padecía supuso un punto de inflexión.

Desde muy niña luché contra mi nerviosismo y ansiedad. Tenía numerosos temores, fobias y remilgos, tantos como para que mi vida cotidiana se volviera complicada y en ocasiones insoportable. Recuerdo que, durante la adolescencia, me preguntaba con frecuencia por qué motivo me atemorizaban y me preocupaban cosas que a la mayoría de la gente no. Por qué razón circunstancias tan sencillas como hablar en público, presentar una tarea, hacer preguntas en voz alta a un profesor, incluso agradar o no a mis amigas, suponía una experiencia tan estresante que me dejaba exhausta.

Era mucho más fácil, asumir que era "cobarde" y sobre todo "incapaz" de afrontar la vida como el resto de las personas que conocía.

La mayoría de las veces me culpaba a mi misma: me llamaba "débil", "quejosa". También me acostumbré a pensar que mi familia -en ocasiones sobreprotectora- tenía "la culpa" de mi constante zozobra, de esa inquietante sensación de siempre encontrarme al borde del desastre. El caso es que jamás imaginé que el conjunto de síntomas y comportamientos que sufría podían ser algo más que una reacción desproporcionada a ciertas ideas.

Era mucho más fácil asumir que era "cobarde" y sobre todo "incapaz" de afrontar la vida como el resto de las personas que conocía. Un pensamiento, claro está, que además me producía una indecible tristeza. No es sencillo asumir que no eres tan fuerte como aspiras a ser, y sobre todo tan firme como quisieras ser.

Sufrir de un trastorno de pánico, ansiedad, depresión, bipolaridad o cualquier otro padecimiento psiquiátrico es llevar el peso de un secreto que intentas eludir y esconder, que en ocasiones resulta tan sofocante que se convierte en otro tipo de dolor, en parte de un sufrimiento invisible que resulta insoportable.

El miedo que te acompaña a todas partes, como un hedor venenoso que te sofoca en los momentos más inesperados.

Es sentir el peso de una culpabilidad inútil y frágil, porque tu mente en ocasiones parece escapar a tu control en cientos de formas y maneras que resultan difíciles de explicar. Es lidiar a diario con la sensación que tu vida se encuentra en una interminable diatriba sobre tu salud, tu equilibrio emocional, pero sobre todo, la forma como lidias en medio del asombro y el miedo que te produce esa grieta que te empuja hacia lugares tenebrosos de ti mismo.

Se trata de explicar lo inexplicable: los sobresaltos nocturnos, el insomnio agónico y venenoso, los días largos de inquietud y angustia que te aplastan hasta convertirse en un peso que apenas puedes sostener. Los accesos de pánico sin motivo, el llanto nervioso y doloroso, las mañanas que te lleva un esfuerzo colosal el solo hecho de salir de la cama. Apartar las sábanas, esforzarte por vivir, en esa rutina de las cosas normales que no conoces ni tampoco comprendes. El miedo que te acompaña a todas partes, como un hedor venenoso que te sofoca en los momentos más inesperados. El dolor tan duro de sobrellevar, de empujar para arrojar fuera del camino, la percepción de tu cuerpo como un espacio que no reconoces con el que a veces, debes batallar.

Luego viene el secreto. El disimular la ansiedad insistente, los tics que te agobian, las manos heladas y húmedas de sudor nervioso. O la incapacidad para sortear la vida corriente porque apenas te quedan fuerzas. Responder con un "bien" y una sonrisa en cada ocasión que no puedes explicar el monstruo que te acecha en todas partes, la sensación que en ocasiones consume todas tus fuerzas.

Se trata de dolor, sin más ni menos. Se trata de miedo. Se trata de esa oscuridad interior a la que no siempre se puede escapar.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.