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30/01/2019 9:00 AM CST | Actualizado 30/01/2019 10:42 AM CST

Una niña de 12 años, el aborto y la cultura latinoamericana

Ricardo Ceppi/Getty Images
Activista argentina a favor del aborto en el marco del debate sobre la legalización de la interrupción legal del embarazo. Buenos Aires, 8 de agosto de 2018. Foto: Ricardo Ceppi/Getty Images.

Usted, hipotético lector o lectora. ¿Qué disfrutaba hacer cuando tenía doce años?, ¿leía por horas como yo?, ¿o prefería correr?, ¿jugar el fútbol o al baseball?, ¿practicaba maquillaje con sus amigas del colegio?, ¿hablaba sobre el grupo de cantantes de moda?, ¿colgaba en la habitación posters de ese actor tan guapo que tanto le gustaba? Las historias de la vida infantil son sencillas, extrañamente semejantes. La normalidad que cualquier niño merece, que necesita, que quizás aspira a disfrutar.

Ahora, imagine por un momento que durante esa etapa sencilla y frágil de su vida, sufre el peor acto de violencia inimaginable. Que además, debe enfrentar a una decisión adulta que le sobrepasa por completo. Y por si eso no fuera suficiente, sostener una responsabilidad tan enorme y devastadora, que apenas puede comprenderla.

Esa fue la experiencia que vivió una niña argentina de doce años que afrontó la decisión de ser madre o abortar, luego de ser violada por un hombre que le triplicaba la edad. Con veinticuatro semanas de gestación, la madre y la propia víctima pidieron la interrupción del embarazo. Las autoridades provinciales no solo lo negaron, sino que además, se aseguraron que la niña diera a luz y diera a la futura criatura en adopción.

El caso se volvió una discusión nacional en el país y para cuando finalmente el bebé nació por medio de una cesárea, el caso de la menor estaba en el centro de los debates sobre los derechos de la mujer. No obstante, para la jovencísima madre no hubo derecho de palabra, posibilidad de decisión. No al menos, una que le favoreciera sobre la cultura que aplasta y estigmatiza.

Nadie recordó que detrás de las discusiones, debates, análisis, había una niña de doce años que de pronto, había dejado de serlo para convertirse en objeto de control ajeno.

Grupos antiabortistas manifestaron frente al hospital en que se encontraba recluida e insistieron hasta el cansancio que la mera posibilidad del aborto era el asesinato "de un inocente". Nadie habló sobre la niña de doce años, que abandonó la vida que cualquiera de su edad merece para enfrentarse a un tipo de brutalidad difícil de imaginar.

Mientras afuera se debatía su futuro y se le exigía no solo convertirse en madre, sino perder por completo el control de su cuerpo, la niña se convirtió en una estadística en medio de una durísima diatriba política y cultural que no parecía tomarla en cuenta.

Incluso Gerardo Morales, el gobernador de la provincia de Jujuy en la que reside la familia de la pequeña, llegó a anunciar frente a las cámaras que "una familia importante" criaría al bebé como si "fuera suyo". El espectáculo mediático de los grupos provida realizando una vigilia mientras reclamaban "que la vida se respetara" llenó todas las pantallas de televisión del país.

Nadie mencionó sobre lo que la niña y su madre habían exigido. Nadie recordó que detrás de las discusiones, debates, análisis, había una niña de doce años que de pronto, había dejado de serlo para convertirse en objeto de control ajeno, en un número en una larga estadística anónima, en un símbolo de la violencia machista.

Resulta inquietante que las leyes de un considerable número de países continúan analizando el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo de la misma manera. Mujeres violadas, gestando como consecuencia de relaciones abusivas e incluso incestuosas, deben luchar contra un entramado legal que asume y analiza la capacidad reproductora de la mujer como un hecho biológico que no le pertenece y donde no tiene capacidad de decisión, lo cual resulta no solo una amenaza a su integridad y salud sino también, un atentado contra sus derechos reproductivos. No obstante la presión ética, y en la mayoría de las ocasiones religiosa, continúa siendo un elemento insuperable en el debate del aborto como una necesidad médica y una prerrogativa única de la mujer.

En Latinoamérica, el tema es aún más difícil de abordar: el aborto se considera un tabú con tantas implicaciones que la mera mención de la palabra invalida cualquier argumentación al respecto. La mayoría de las legislaciones del hemisferio continúan castigando de forma muy severa el aborto y condenado cualquier discusión legal respecto a una incómoda perspectiva más relacionada con principios éticos que a una perspectiva legal y crítica sobre el asunto.

En nuestra región la cultura condena a priori a la mujer por el mero hecho de considerar el aborto como una posibilidad: para la mayoría de los países de Latinoamérica, hay un juicio moral inmediato que no admite excepción o justificación. Para buena parte de Latinoamérica, la palabra "aborto" remite a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social.

Una niña de doce años que tuvo que soportar no solo una violación, sino además, la agresión de una cultura que deshumaniza a mujer y convierte a la obligación de la maternidad

Resulta inquietante que en ese debate la mujer parezca tan infravalorada y vulnerable de cara al debate legal y moral, a las aseveraciones éticas y la presión religiosa. Una víctima que no solo debe enfrentar las secuelas físicas y morales de cualquiera de las causas que le hace tomar la decisión del aborto, sino también a una sociedad que mira la maternidad y la capacidad para procrear como un atributo independiente a la mujer, a su espiritualidad e incluso a su poder de decisión individual.

El 22 de enero, el gobierno de Jujuy anunció en su página oficial que la bebé que la niña gestaba no había logrado sobrevivir al parto. Por supuesto, las implicaciones de una circunstancia tan violenta reabrieron el debate en Argentina acerca de la restricción del aborto como un hecho que cercena la voluntad de la madre sobre su propio cuerpo. Los grupos feministas exigieron justicia, mientras que las asociaciones provida culparon a las autoridades por no "custodiar la vida del niño en gestación". Al final, la controversia lastimó heridas recientes sobre la interpretación de la identidad femenina en el país.

Pero sobre todo, demostró la necesidad del aborto como una toma de conciencia de los derechos de la mujer sobre su cuerpo y su futuro: La madre continúa siendo la víctima silenciosa de un crimen atroz. Una niña de doce años que tuvo que soportar no solo una violación, sino además, la agresión de una cultura que deshumaniza a mujer y convierte a la obligación de la maternidad, en un arma de violencia. Quizás, la peor agresión de todas.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

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