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13/09/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 13/09/2018 6:00 AM CDT

Ser o no ser, y comer

Debby Ryan, protagonista de la serie de Netflix "Insaciable".
Rachel Murray via Getty Images
Debby Ryan, protagonista de la serie de Netflix "Insaciable".

En una de las escenas de la serie Insaciable de Netflix, Patty —el personaje interpretado por la ex chica Disney Debby Ryan— se queja porque nadie la había mirado antes de volverse muy delgada y atractiva. Se trata de un lamento que llega acompañado de una larga lista de dolores que Patty debió sufrir a manos de un contexto hostil y, también, de la convicción que la apariencia física influye de manera decisiva en la forma en que nos percibe el mundo contemporáneo.

Por supuesto, Patty —y toda su carga de cinismo levemente matizado bajo la burla— tiene razón: nuestra cultura es vanidosa y no se toma la molesta de disimularlo. Pero aún más grave que eso es que el cuerpo de la mujer se ha convertido en el campo de batalla para una lucha ciega y desigual contra un estereotipo que se lleva a todas partes, que aplasta la personalidad — o al menos lo intenta — y pretende subyugar las personalidades de las mujeres —y, vamos, también las de los hombres— bajo un ideal inalcanzable y la mayoría de las veces cruel.

Para nuestra sociedad — obsesionada con la mirada del otro y la forma en que eso repercute en nuestra vida, el aspecto físico es capital, pero además de eso, forma parte de un tipo de éxito difícil de explicar pero que todos comprendemos. Ser hermoso —deseable— es quizás la aspiración más inmediata de toda una generación mediatizada y golpeada por la vanidad global.

Durante toda mi vida me he enfrentado a esa disyuntiva. Fui una adolescente muy delgada, de rodillas nudosas, aspecto huesudo y sin ninguna curva apreciable. Luego, al llegar a los dieciséis, comencé a aumentar de peso aceleradamente: el ritmo de la Universidad afectó mis hábitos alimenticios y en menos de catorce meses aumenté alrededor de una docena de kilos.

Una vez que me gradué, subí y bajé de peso con frecuencia: padecí de un severo trastorno alimenticio que me llevó a unos famélicos cuarenta kilos — lo cual, con mi estatura promedio de 1.63 cm me hacía ver enfermiza y exhausta — y finalmente, luego de años de terapia y de un largo proceso de reconciliarme con mi cuerpo, me estabilicé en unos discretos sesenta kilos.

De vez en cuando, tengo varios kilos de más —nunca de menos— pero, de alguna forma, alcancé cierta satisfacción al mirar mi cuerpo y comprender mi imagen con cierta amabilidad. Con la tranquilidad, quizás, de aceptar mi imperfección como un elemento muy concreto de mi personalidad. Algo que hace diez o quince años, no creía posible. Después de todo, en nuestra cultura, el aspecto físico no se celebra desde la óptica de lo saludable sino de algo más elemental, duro y preocupante que no siempre es comprensible al primer análisis.

Me perdí en una batalla a ciegas contra mi forma de entender mi propia individualidad más allá de la forma de mi cuerpo.

—Ser delgada o ser gorda son percepciones sobre el cuerpo que pocas veces tienen relación real con la salud como factor preponderante —me explica S., mi nutricionista—. Para la cultura en que nacimos, la manera como luces es un indicativo de triunfo social y de éxito personal, sin que importe el número que aparece en la báscula.

Si lo sabré yo, pienso con cierta tristeza. Durante casi dos años luché contra la obesidad en un país vanidoso, cruel y convencido de un tipo irrealizable de belleza que se impone por todos los medios posibles. De poco valía explicar que mi problema era físico, que no se trataba de descuido.

Mi obesidad parecía definir mi identidad de una manera tan directa, que llegué a convencerme — en esos largos, dolorosos años en los que no podía hacer otra cosa que asistir a los cambios de mi cuerpo como un espectador desconcertado — que mi cuerpo era un enemigo a vencer.

Se trató de un proceso abrumador e inquietante que superé gracias a un sólido tratamiento médico, y con la convicción de que necesitaba construir mi identidad con algo más elaborado que mi apariencia estética. Todo un logro en un país como Venezuela, obsesionado como tu aspecto físico y a que la vez atraviesa la peor crisis económica de su historia.

Entre una cosa y otra, analizar mi cuerpo desde lo saludable —a través de dietas, rutinas de ejercicios, cuidado específico, medicinas— me perdí en una batalla a ciegas contra mi forma de entender mi propia individualidad más allá de la forma de mi cuerpo.

—No es sencillo asumir que tu cuerpo no te define cuando todo insiste exactamente en lo contrario —me dice S. cuando le digo lo anterior—. Para buena parte de nuestra cultura el ideal estético lo es todo. Eres hermosa para alcanzar el éxito, para tener un tipo de relevancia social y cultural muy específica, para ser reconocida, convalidada y, además, celebrada. De forma que la "gordura" no se considera un problema de salud, sino una forma de estigma. Y ese es el gran problema.

Me llevó casi veinte años hacer las paces con mi cuerpo.

Según estadísticas recientes de la Organización Mundial de la Salud, 3 de cada cien mil habitantes en el mundo sufre de un gravísimo cuadro de anorexia nerviosa como el que sufrí durante mi primera juventud. Por supuesto, a decir de muchos médicos y especialistas en el tema, la cifra es muchísimo más abultada, pero como en mi caso, pocas veces quien lo padece lo admite, lo que hace más complicado un calculo real sobre su incidencia. Y es que la anorexia es un padecimiento silencioso, abrasivo y destructor.

Me llevó casi veinte años hacer las paces con mi cuerpo. Aprendí que el problema no es la gordofobia (que existe y la sufrí) ni la exaltación de la delgadez, sino que no hay información detrás de las imágenes que se traducen en estereotipos. Un pensamiento que quizás resulta inquietante para mucha gente pero que sigue siendo, parte de esa batalla diaria por la identidad y la salud que buena parte de nuestra generación sigue librando sin muchas posibilidades de triunfo. Una forma de temor.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.