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28/03/2018 5:00 AM CST | Actualizado 28/03/2018 5:00 AM CST

Ser fea en un país de reinas de belleza

Marco Bello / Reuters
Miss Venezuela 2017 Sthefany Gutierrez (C) attends a news conference next to (L-R) first runner-up Biliannis Alvarez, Miss Venezuela World 2017 Veruska Ljubisavljevic, Miss Venezuela International 2017 Mariem Velazco, and second runner-up Megan Beci, in Caracas, Venezuela November 10, 2017. REUTERS/Marco Bello

Este será el primer año en casi siete décadas que el tradicional concurso Miss Venezuela no se llevará a cabo.

Un turbio escándalo de corrupción envuelve lo que hasta hace muy poco fue la vitrina y el reflejo de lo que Venezuela podía ser y, de hecho, ansiaba ser. Una especie de reflejo deforme sobre una sociedad obsesionada con un símbolo de triunfo extrañamente fútil. Todo un símbolo de lo que está ocurriendo a nivel social y cultural en mi país. Pero también, se trata de algo más: una percepción sobre ese símbolo superficial, en ocasiones barroco y sin duda kitsch sobre la belleza, la identidad y lo colectivo en una cultura tan vanidosa como en la que nací. Venezuela es "el país de las más bellas".

O al menos en eso insiste una cultura obsesionada con el aspecto físico y la manera como se supone deben lucir las mujeres del país. Por décadas, se ha insistido un deber ser estético que intenta definir a lo femenino no solo como un objeto hermoso y decorativo, sino además, una idea confusa sobre lo que la venezolana puede concebirse. Después de todo, somos un país que se toma muy en serio los concursos de belleza. Tan en serio como para crear y apoyar prejuicios sobre la imagen de la mujer, quiénes somos y quiénes aspiramos a ser.

Es complicado explicar a alguien que no creció siendo estigmatizado y menospreciado por su aspecto físico cómo es vivir en un país donde la belleza se exige.

Dicho así, suena exagerado. Estoy consciente de eso. Nadie que no sea venezolano comprende muy bien esa presión invisible que llevamos a todas partes como un peso real. Es complicado explicar a alguien que no creció siendo estigmatizado y menospreciado por su aspecto físico cómo es vivir en un país donde la belleza se exige, en donde ser "bello"  — lo que sea que eso pueda significar —  es un elemento necesario e incluso imprescindible para el triunfo social.

Y no se trata solo de la cultura de la apariencia, conocida y bien difundida alrededor del mundo gracias a los medios de una época egocéntrica e infantil, sino de algo más complejo, turbio y doloroso. Porque en Venezuela la belleza es un síntoma de algo más duro de sobrellevar. De una percepción sobre la identidad que aniquila la individualidad. Como si lo estético fuera una meta, un proceso y un triunfo que pocos pueden alcanzar y que define en todo extremo posible, la forma como Venezuela se entiende a sí misma. O mejor dicho, la forma como menosprecia la diferencia.

Pero claro está, nadie está muy consciente sobre eso. O no lo estás lo suficiente, al menos. A pesar que desde niña te insisten en que debes "verte bonita". Así, como una imposición que obedeces para encajar, para ocupar un lugar en el entramado social. En que debes verte "como una Miss". En esa cultura de la belleza que te enseña a caminar en tacones antes de tener autoestima.

Una de mis amigas suele decir que el Miss Venezuela la acechó como un monstruo invisible la mayor parte de su infancia.Tiene razones para creerlo: durante casi una década batalló con un gravísimo trastorno de alimentación que la llevó a la cama de una clínica privada en más de una ocasión y que de adulta, se convirtió en su mayor temor.

—Tenía ocho años cuando alguien me llamó la gorda por primera vez  la gorda pendeja—  me dice e intenta sonreír. Se esfuerza de verdad, mostrando todos los dientes, con el rostro relajado. Pero sigue asustada, furiosa, herida, a pesar de las tres décadas que han transcurrido desde entonces .

—La que no sabe controlar y come como un cochino. Así me gritaban en la escuela. Me lo decían a toda hora. Como si ser "fea" en un país de "bellas" fuera algo que nadie pudiera perdonar. ¿Te imaginas eso?— agrega.

Me enfurece la evidencia que con toda seguridad seguiremos siendo víctimas de esa visión limitada, del prejuicio que aplasta.

Me lo imagino, claro. Yo también lo viví. También era fea en un país de reinas de belleza. Tenía el cabello rizado e incontrolable, piel pálida y pecosa, rodillas huesudas, el cuerpo sin curvas. Lo fui la mayor parte de mi vida y me tuve que enfrentar a un tipo de prejuicio difícil de explicar y sobrellevar. De un estigma que te acompaña a todas partes, que te deja una huella indeleble, que se convierte en cicatriz.

En Venezuela  — e imagino que en la mayor parte del mundo —  te enseñan que tu valor depende de cómo te veas, de cómo luzca tu cabello, de lo delgada que puedas ser. Del tamaño de tus pechos, del largo de tu falda, de lo deseable que eres. En un país donde las peluquerías son veinte veces más numerosas que las librerías y bibliotecas, la belleza es una tragedia. Una condena. Un rasante de cuánto vales, de lo que puedes hacer. En un país donde un concurso de belleza te abre las puertas que no puede la universidad, verte impecable, perfecta, es un requisito. Una imposición. Un ritual que te marca la piel con cicatrices invisibles. En un país donde la mujer es un accesorio, un objeto comercial, un par de nalgas en la portada de una revista, ser imperfecta es una afrenta.

Este será un año de Miss Venezuela y no es que crea que la obsesión por la belleza desaparecerá solo porque un programa televisivo no se transmita. Pero tiene su significado. Lo analizo mientras pienso sobre las mujeres de mi país, a las que les sobran kilos, pero pocas veces las fuerzas. Las venezolanas que persisten e insisten, a pesar de todo. Y lamento la forma en cómo se nos simplifica. La manera en que se banaliza esta feminidad creada a partir de un tipo de dolor difícil de explicar. Y me enfurece la evidencia que con toda seguridad seguiremos siendo víctimas de esa visión limitada, del prejuicio que aplasta. De la mirada simple que destroza. De esa insistencia en aplastar a la mujer venezolana bajo una idealización burda y violenta.

Una máscara falsa y barata que nadie quiere llevar.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.