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02/08/2018 8:00 AM CDT | Actualizado 02/08/2018 9:11 AM CDT

'Nanette', Hannah Gadsby y el valor del enojo creativo

Hannah Gadsby en el escenario de los Premios LILLY, en el Teatro Minetta Lane de Nueva York, el 21 de mayo de 2018.
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Hannah Gadsby en el escenario de los Premios LILLY, en el Teatro Minetta Lane de Nueva York, el 21 de mayo de 2018.

Durante las últimas semanas he pensado que Hannah Gadsby y yo seríamos grandes amigas. La humorista, quien saltó a la fama viral gracias a su maravilloso monólogo Nanette, es el tipo de persona con la que desearía conversar, reír, tomar una taza de café, debatir ideas.

Por supuesto, no conozco a Hannah desde otro ángulo que su personaje sobre el escenario o sus agudas interpretaciones sobre el arte, la vida y la feminidad. Pero quizás eso es suficiente —más que suficiente, sin duda— como para creer que Hannah es el símbolo de muchas de las ideas en las que creo, por las que escribo y lucho cada día.

Hannah, esa gran desconocida quien solo me ha hecho reír, es quizás la metáfora que concluye y sintetiza varias de las reflexiones más complejas que se debaten en la actualidad. Con su risa nerviosa, su rostro un poco tenso, su ternura apenas sugerida, Hannah Gadsby le brindó voz a un nuevo tipo de rebeldía que poca gente se atreve a llevar.

Pensé que Hannah tenía la capacidad de representarnos a todas. Incluso a las que les incomoda su aspecto neutro, su cuerpo regordete, su cabello corto, su rostro sin maquillaje.

Por supuesto Hannah lleva una historia compleja a cuestas: durante buena parte de su vida no existió. O mejor dicho, lo hizo a la periferia de lo legal y lo aceptable. En su natal Tasmania (Australia), la homosexualidad fue considerada un delito hasta 1997, lo que convirtió a la Hannah adolescente y lesbiana en una criminal anónima.

Esa marginalidad atípica y obligatoria convirtió a la comediante en una especie de paria involuntaria: "El 70% de la gente con la que crecí pensaba que lo que yo era era un delito y pecado capital. Cuando yo me identifiqué como lesbiana, ya era homófoba. Lo internalizas y te odias".

Resulta sorprendente la naturalidad como Hannah acepta el planteamiento, cómo lo transforma en tensión y después en una gran carcajada entre triste y cruel que resume con ternura algo más poderoso. Porque Hannah no solo comprendió que la discriminación y el prejuicio son una forma de dolor cultural que se lleva a cuestas, sino que además crea sus propios monstruos.

No soy lesbiana ni tampoco crecí en la remota Tasmania, pero comprendo a Hannah. Provengo de un país en donde la mujer debe soportar el menosprecio desde muy pequeña; de un continente donde el solo hecho de tu género te hace inferior y motivo de sospecha. Provengo de una cultura que señala a la mujer por el mero hecho de serlo, de tener pechos y útero, por ser una especie de tentación inequívoca para el hombre.

Provengo de un país en donde la mujer debe soportar el menosprecio desde muy pequeña; de un continente donde el solo hecho de tu género te hace inferior y motivo de sospecha.

Crecí con voces que señalaban el largo de mi falda, que me exigían cubrir mis pechos, que intentaban ordenar mi vida sexual incluso antes que pensara en ella. Crecí con el peso de la mujer histórica sobre mis hombros, afligida y angustiada por su envergadura, por todas las reglas que debía cumplir —y no quería—, por todos los elementos que debían encajar en mi vida... y no lo hacían. De modo que Hannah, ilegal desde la niñez, libre por derecho propio, no solo habla sobre su vida —su durísima vida— sino sobre la de todas las mujeres, las heterosexuales, las lesbianas, las tímidas, las vírgenes, las putas, las sencillas, las de del pueblo y la ciudad. Hannah habla por ella y por todas.

Por eso creo que Hannah y yo seríamos buenas amigas. Ambas tendríamos mucho que hablar. Mientras escuchaba su monólogo Nanette y notaba la forma en la que se hacía importante en cada palabra, en cada forma de crear y construir algo por completo nuevo, sobre el humor hecho por mujeres —pero no esencialmente femenino, no al menos como nuestra cultura lo analiza— pensé que Hannah tenía la capacidad de representarnos a todas. Incluso a las que les incomoda su aspecto neutro, su cuerpo regordete, su cabello corto, su rostro sin maquillaje.

(Video: El trailer de Nanette)

Porque Hannah, que ríe nerviosamente entre chistes, quien de pronto se torna seria y después se enoja hasta que la piel se le enrojece, está contando una historia que cada mujer de este mundo conoce. De todas las veces que alguien te ha menospreciado, restringido o limitado por ser mujer. De todas las ocasiones en que has sido víctima —lo sepas o no, lo admitas o no— de una cultura que quiere imponer sobre tu imagen la de una mujer que no existe, que no es real. Hannah, tensa, furiosa, con los ojos llenos de lágrimas, describe un paisaje que toda mujer conoce bien.

Hannah hace reír y también molesta. El humor siempre ha provocado reacciones inusitadas y el de Hannah —inteligente y prolífico— creó un tipo de revolución silenciosa que sorprende por su contundencia.

No es la primera vez que ocurre un fenómeno semejante: desde Zarganar, el caricaturista birmano que fue sometido a reiterados y severos castigos durante la dictadura militar que gobernó su país de 1962 a 2010, pero que logró llevar un mensaje a la población sometida, hasta la osadía de Bassem Youssef, quien parodió al régimen militar de Hosni Mubarak en un show que fue difundido en YouTube y que le acarreó multas y una condena de prisión en suspenso, el humor parece ser el enemigo predilecto del poder establecido, del prejuicio y el miedo.

Hay mucho que decir aún, muchas grietas que apuntar, un mundo que reelaborar a través del humor inteligente.

Por ese motivo, el gran atrevimiento de Hannah, esa gran carcajada triste sobre su historia, sobre la reivindicación de cierta forma de belleza inesperada y poderosa, tiene un valor especial y una importancia considerable en medio de un debate histórico sobre la identidad, el valor de la individualidad y el rostro de nuestra época.

El humor es el espejo donde puede mirarse la cultura. Lo que nos hace reír o, en todo caso, lo que no lo hace, es la medida simple de nuestra tolerancia a todo un cúmulo de nociones sobre lo que la sociedad reconoce como viable. Hannah Gadsby dice que se retira, que Nanette será su adiós de los escenarios, pero no lo creo.

Hay mucho que decir aún, muchas grietas que apuntar, un mundo que reelaborar a través del humor inteligente, del enojo, la tensión —esa gran palabra que Hannah utiliza como piedra angular de su reflexión— y Hannah lo sabe. Y continuará, claro está, en esa labor de mirar el mundo y asumirlo desde el punto de vista de lo que molesta, de lo que realmente no calza en lo políticamente correcto. Esto es lo que sin duda permite analizar nuestra sociedad como un todo y no solo desde lo que deseamos pueda ser.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la del HuffPost México.