EL BLOG
14/03/2018 5:00 AM CST | Actualizado 14/03/2018 8:23 AM CST

Mi primera reacción al machismo paterno

Rebecca Nelson via Getty Images

Nací en Venezuela. un país machista, y crecí en una cultura que menosprecia en cada oportunidad a las mujeres. Mucho más a las que como yo no les interesa calzar en la imagen tradicional e ideal de lo femenino.

Suena como un pensamiento dramático, aunque en realidad es bastante pragmático: cuando creces en Latinoamérica pasas la mayor parte del tiempo batallando contra el machismo como parte de tu vida cotidiana. No es sencillo, pero te deja algunas lecciones que aprendes y sostienes de por vida. Me ocurrió siendo muy pequeña: cuando tenía ocho años mi padre me dijo que las mujeres eran muy poco hábiles para los deportes y que no debía seguir insistiendo en participar en los improvisados juegos de béisbol que organizaban mis primos.

Me lo dijo con la mejor intención del mundo  — o eso insistió —  y me recomendó "volver con mis muñecas". Ni siquiera me gustaban las muñecas. Las pocas que tenían estaban olvidadas en un rincón de mi habitación.

—Pero siempre atajo las pelotas cuando las arrojan —le expliqué impaciente —  y corro muy rápido también. Puedo jugar.

 — No, no puedes. Te vas a caer, lastimar las rodillas y después te pondrás a llorar  — me aseguró—  no quiero que después estés por allí toda dolorida.

— ¡Voy a jugar!  — le reclamé a los gritos —  ¡Yo quiero jugar!

Terminé castigada en un rincón de la enorme casa de una de mis tías, mirando por la ventana como mis primos se divertían corriendo de un lado a otro y arrojándose la pelota entre ellos. Después, pasé semanas colérica y entristecida, obsesionada con la idea que había algo realmente mal en mí que hacía que no me comportara de la manera como según mi padre, debía hacerlo. Era un pensamiento triste y angustioso que me llevó esfuerzos sobrellevar, sobre todo porque venía a significar que era un bicho raro o peor aún, que no encajaba en ningún lugar.

Finalmente me armé de valor y le conté a mi abuela lo que me estaba preocupando: la inquieta posibilidad que hubiera cosas  — como jugar béisbol, por ejemplo —  que una niña de mi edad no podía hacer. Ella me dedicó una mirada desconcertada y luego se echó a reír.

—Por supuesto que puedes jugar béisboly cualquier otra cosa que quieras y puedas  — me respondió — eres una niña sana y muy despierta. ¿Por qué no podrías hacerlo?

 — Mi papá dice que no es cosa de niñas normales.

 — Las niñas normales están llena de curiosidad y quieren hacer muchas cosas. Y no hay nada que impida lo hagan, como no sea el prejuicio de alguien más  — me explicó. No entendí mucho que quería decir, pero sí tuve claro lo principal: no estaba mal que quisiera jugar con mis primos. Me entusiasmé.

 — ¿O sea puedo jugar pelota y fútbol y esas cosas?

 — Por supuesto que puedes. Pero solo si quieres.

Sí quería, por supuesto. Al día siguiente, mi abuela invitó a mi pandilla de primos y les ofreció el amplio jardín de su vieja casona para jugar. Y ninguno de ellos pareció muy sorprendido  — aunque sí un par, me dedicaron miradas burlonas —  cuando les pedí jugar pelota con el grupo. Mi primo mayor soltó una risita mal intencionada.

 — Tienes que ser muy rápida para atajar y lanzar la pelota.

 — Soy rapidísima  — le aseguré. Me hizo un guiño malicioso.

 — Vamos a ver.

Resultó que no era tan rápida como yo creía, pero si tenía un brazo fuerte y un talento natural para arrojar la pelota en línea recta a donde me indicarán. Confusa, un poco avergonzada por no conocer las mayoría de las reglas del juego, me las arreglé para no dejar caer ninguna de las pelotas y asegurarme que siempre la atajara quien tuviera que hacerlo.

Sigo jugando béisbol con mi pandilla de primos, a pesar que la mayoría somos adultos sedentarios que terminamos riendo sin aliento al lanzarnos la pelota de un lado a otro.

Mis primos se tomaron mi entusiasmo como un buen síntoma y aunque siguieron burlándose de mis piernas flacas y mi cabello en punta, comenzaron a considerarme un miembro más de los desordenados equipos del juego. Para el final de la tarde, nadie parecía recordar que era la prima más pequeña y todos me habían aceptado como uno "más de la pandilla". Bueno, más o menos.

—Eres una niñita loca ¿cómo es que te gustan estas cosas? —  preguntó uno de mis primos mientras bebíamos el jugo de naranja que mi abuela había preparado para nosotros. Me encogí de hombros.

 — Porque me gusta  — respondí. Porque realmente no tenía ninguna otra explicación. Mi primo me dedicó una mirada sorprendida.

Muchos años después recordaría esa tarde como la ocasión en que había comprendido  — aunque no lo supiera por entonces —  que el mundo está lleno de restricciones, ideas limitantes y sobre todo, roles artificiales que limitan el comportamiento de la mujer. En un país de mujeres y hombres conservadores, como el mío, es difícil enfrentarse a esas pequeñas pero dolorosas percepciones sobre la identidad y el género.

Por ese motivo, como la hija de un hombre machista que jamás lo aceptó, decidí luchar por las cosas que no le dije a mi padre en esa oportunidad, pero que habría deseado decirle. Como que todas las mujeres y niñas del mundo, deseamos tener las mismas oportunidades que cualquiera, que merecemos respeto, admiración, amor y apoyo. Que todas lo femenino es algo más que un estereotipo.

Sigo jugando béisbol con mi pandilla de primos, a pesar que la mayoría somos adultos sedentarios que terminamos riendo sin aliento al lanzarnos la pelota de un lado a otro. Y lo hago para recordarme siempre que puedo, que no hay prejuicio ni límite que pueda evitar haga lo que deseo, lo que amo, lo que me gusta. Algo que espero toda la generación de mujeres que está creciendo ahora mismo sepa muy bien y que jamás olvide al crecer, gracias a los padres que las educaran como soñar y crear.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.