EL BLOG
10/04/2018 11:00 PM CDT | Actualizado 11/04/2018 12:42 PM CDT

Los puños invisibles entre mujeres

Wavebreakmedia via Getty Images
Two female friends sitting on sofa and arguing with each other

¿La rivalidad femenina existe? Bueno, eso es una pregunta que me hago con frecuencia, sobre todo en un continente en el que a las mujeres se nos educa por atención masculina y también para enfrentarnos una a las otras por aceptación y reivindicación. Eso suena dramático ¿verdad? De hecho, me hace reír al escribirlo, hasta que recuerdo todas las veces que mujeres  — desconocidas, en su mayoría — me han insultado en redes sociales por motivos poco claros. Por "escribir mucho", por "la vanidad de mis fotografías" (autorretratos, ni más ni menos). Entonces, la idea deja de ser tan melodramática y toma tintes siniestros. Dolorosos. Preocupantes.

Por cada mujer que todos los días debe lidiar con una situación semejante, encuentra que hay un sufrimiento insistente y persistente en la forma en que las mujeres nos percibimos unas a otras. Nos comprendemos como parte de una idea mucho más amplia que ese prejuicio insistente que nadie sabe muy bien cómo llamar, pero que alguna vez ha sufrido. Un idea angustiosa sobre lo femenino.

Lo sé desde muy joven: a la mujer se le define como si se tratara de piezas en un raro y duro tablero de juego. Y esa definición cultural es lo que provoca esa insistente batalla silenciosa que nadie entiende demasiado pero toda mujer ha librado alguna vez. Durante mi adolescencia estudié en un colegio de monjas francesas al que solo acudían niñas. Era un ambiente complicado, extraño y variopinto donde aprendí que la mujer en Venezuela se define así misma desde muy pequeña.

¿Las mujeres compiten desde el dolor?

Ya por entonces, era "seriecita" (rara, más bien) con mi afición por la lectura y los museos, mi timidez y mi gusto por el estudio. Estaba también "la puta", esas muchachas que ya apenas despuntando la adolescencia se vanagloriaban de una experiencia que podía desconcertar a cualquiera. También había infinidad de otros matices: la "fiestera", que no era tan puta, pero quería serlo, y la callada, que no era tan "rara" pero tampoco podría llamarse popular.

Y es que en ese pequeño universo de niñas carentes de identidad, confusas y la mayoría de las veces en competencia directa entre sí, los estereotipos eran tan frecuentes como sin sentido. Una lucha silenciosa por ser reconocida, aceptada, amada, comprendida. Crecí teniendo muy claro que la feminidad en Venezuela se comprende a través del rol biológico y lo que es más aún irritante, en una especie de confusa mezcla de valores e ideas que la mujer pocas veces comprende de donde provienen y que aún así acepta por las buenas. No le queda más remedio quizás.

Toda mujer lo ha pensado alguna vez, con incomodidad, con miedo, debe ser "alguien" consumible, desempeñar lo que se espera de esa normalidad que se construye a partir de los más variados estereotipos. Somos un país tropical, con clara herencia machista: la cultura se asume a sí misma a través de roles. E incluso cuando no es así, hay una visión social bastante definida de lo que se espera de quien nace en esta Tierra de Gracia.

Recuerdo haberlo pensado en esos exactos términos cuando asistí por primera vez a la boda de una de mis amigas del colegio. Ella tenía unos diecinueve años y se veía dolorosamente joven en su vestido blanco. El novio, un muchacho como ella, parecía incómodo y desconcertado. Sabía que ella estaba embarazada de dos meses y que toda la ceremonia había sido preparada a la carrera. Pero aún así, sonrieron para la fotografía obligatoria. Entre el público, vi llorar a la madre y el padre felicitarse en voz alta por "llevar a su hija con bien a la vida de casada". Y recuerdo que ella se acercó a la mesa en la que me encontraba sentada a solas (yo, la que desde niña insistía que jamás contraería matrimonio) para recordarme que "ya llegaría mi día", que "no tendría que estar triste por no casarme". Recuerdo que la miré sin saber que responder, mientras se alejaba con su primoroso vestido blanco brillando bajo el sol.

Dos años después la pareja se divorció.

Me tropecé con mi amiga en un centro comercial cualquiera poco después. Ella no me reconoció cuando la saludé. Había aumentado de peso y se veía un poco agobiada por el bebé que lloraba en el cochecito y el mayor que reía en voz alta. Cuando le dije mi nombre, sonrió con cansancio.

—No funcionó — me explicó. Entre ambas subimos el cochecito al automóvil. Me dedicó una mirada huidiza  — cuando tuvimos al segundo bebé, fue obvio que...

Se interrumpió, no insistí. Me miró. Me dedicó una sonrisa. Los ojos cansados, duros.

 — Ya te tocará — me dice entonces. Un tono agrio, lento. Pero sigue sonriendo  — te enamorarás... al menos puedo decir que me casé.

No respondo. Nos despedimos rápidamente y me quedé pensando en la soledad joven de mi amiga, en su evidente agobio hacia la idea de una maternidad que no comprendía muy bien. Pero también en su sonrisa. En esa batalla a ciegas En el estereotipo constante. Esa visión de la mujer cuarteada por lo tradicional. ¿Las mujeres compiten desde el dolor? Me digo con cierto sobresalto. La verdad, no lo sé.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.