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08/08/2018 7:10 AM CDT | Actualizado 08/08/2018 8:13 AM CDT

Los malos tiempos para la defensa de los derechos de la mujer

El feminismo y las incomodidades que sigue provocando.
LuckyNastia
El feminismo y las incomodidades que sigue provocando.

Uno de mis amigos suele decir que, en la actualidad, el feminismo es un mito urbano. Y no lo dice por el hecho de que sea menos o más vigente, sino porque la mayoría de las cosas que se saben sobre él en la actualidad son medias verdades, medias mentiras o simplemente absurdos.

Lo más preocupante del caso es que tiene razón. En la medida en que el feminismo se ha convertido en una especie de chivo expiatorio para la gran conversación de las redes sociales. Desde el culpable de hechos extremos de naturaleza política —el "gran culpable" del "odio al hombre contemporáneo"— hasta una caricatura voraz de sus principios, el feminismo se ha convertido en el motivo y la causa de todo tipo de males inexplicables. Incluso por el mero hecho de existir.

—El feminismo es un pequeño cataclismo, una revolución que poca gente considera realmente necesaria —pondera mi amigo con un suspiro— y supongo que parte de eso implica la relación entre la mujer que es activista y el hecho de cómo vive a partir de eso. Ser feminista, ahora mismo, es una idea dura.

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"Ser feminista". Es una frase dura, pienso. Muy diferente a "militar en el feminismo", aunque parezca la misma cosa. En realidad integrar el feminismo a tu vida y hacerlo parte de tus decisiones y la forma como miras al mundo implica una serie de cosas que se relacionan con lo que crees y lo que haces. Pero, sobre todo, cómo te perciben quienes te rodean.

Hace unas cuentas semanas alguien hizo el siguiente comentario en mi TL de Twitter: "Las feministas tienen un reconcomio directo contra los hombres, que creo evidencia falta de alguna actividad sexual". Poco después, el mismo usuario insistía en que "estaba muy harto del complejo de inferioridad de las mujeres", con lo cual parecía resumir lo inútil que le parecía cualquier tipo de debate sobre la inclusión y la igualdad de género.

Como es de suponer, leí todo aquello con una sensación de asombro e irritación. Me pregunté dónde encajaba yo allí: para empezar, casi todos mis amigos son hombres y no creo que mi feminismo, o mi noción sobre él, tenga relación alguna con mis sentimientos —o mi deseo sexual— hacia el género masculino. Tampoco creo que el hecho que mis amigos sean hombres, sea indicativo de otra cosa que soy fotógrafa y se trata —al menos en mi país— de un ámbito plenamente masculino. Desde la infancia he tenido profundas amistades emocionales e intelectuales con hombres, y no solo con los que han sido mis parejas.

Durante buena parte de mi vida académica y profesional, me he enfrentado a miradas de reojo, risitas bajo cuerda y cejas levantadas cuando pronuncio en voz alta la temida palabra: 'feminista'.

Para empezar, la mayoría de las veces, es una visión simplista creer que la identidad masculina —y cómo se manifiesta— es el motivo por el cual el feminismo existe. Al menos, para buena parte de las mujeres que conozco, la idea es evidente y sobre todo coherente: el feminismo no es una guerra emocional e intelectual contra los hombres. Es una lucha por aspirar a la inclusión legal y cultural que merecemos como ciudadanas y no por el hecho específico de mi género. Aspiro a los mismo derechos que cualquiera porque los merezco.

Claro está: no me sorprende esa percepción, y es hasta cierto punto lógica. Conozco las campañas de 'odio hacia lo masculino' propugnada por varias ramas extremistas del movimiento, que acusan con el dedo extendido a todos los hombres por lo que llaman 'subyugación moral'. Pero esas posturas no representan a todo el feminismo, ni tampoco a una parte sustancial de lo que el feminismo puede ser como propuesta. No, al menos, como yo lo comprendo y debo decir que luego de casi dos décadas de convencido activismo, sé muy bien cuales son mis aspiraciones políticas e ideológicas. Lo he analizado con tanta profundidad como para que formen parte de mi vida, y también, como para sacar algunas conclusiones al respecto.

Durante buena parte de mi vida académica y profesional, me he enfrentado a miradas de reojo, risitas bajo cuerda y cejas levantadas cuando pronuncio en voz alta la temida palabra: 'feminista'. Algo como: "¿Eres feminista? Qué profunda tu causa con axilas velludas y senos feos al aire. ¿Por qué no hay feministas guapas? ¿Por qué todas son gordas? ¿Por qué no hay feministas que admitan que les gusta el sexo? ¡Vamos caramba, admítanlo!"

—Bueno, lo dices tú, no yo: pero es obvio que en lo que respecta al feminismo hay una ruptura base y elemental que resulta preocupante a la distancia —dice mi amigo—. Lo que ocurre es que ser feminista es enfrentarte al hecho no solo de la defensa de lo que crees son tus derechos, sino además de algo más intangible.

El mundo puede ser una esperanza y también una construcción de ideas. Pero sobre todo un proyecto a largo plazo en plena creación.

Una vez leí en una informe de la Comisión Europea sobre la mujer que aseguraba que el género lo componían "las diferencias sociales (por oposición a las biológicas) entre hombres y mujeres que han sido aprendidas, cambian con el tiempo y presentan grandes variaciones tanto entre diversas culturas como dentro de una misma cultura", lo cual equivale a decir que lo que somos —cómo nos concebimos— evoluciona con el tiempo. Lo cual también es válido, por supuesto, para lo que reclamamos como justo, y más allá: lo que aspiramos a obtener. Porque el mundo puede ser una esperanza y también una construcción de ideas. Pero sobre todo un proyecto a largo plazo en plena creación.

—¿Estás consciente que son tiempos temibles para el feminismo?— me dice Juan. Caminamos juntos por la calle y, de pronto, el mundo parece enorme y yo muy pequeña, con mis batallas e ideas. Pero posible de construir, una aspiración incompleta.— ¿Que no se trata solamente de la burla sino también de absoluto desprecio que despierta la idea?

Por supuesto que lo sé, me digo, a varios meses de distancia de esa conversación, mientras el interlocutor invisible en mi TL continúa despotricando contra el feminismo, y quizás contra la idea que representa. Pero después pienso que justo por ese desprecio, por esa furia, por esa noción de las cosas, es que vale la pena seguir luchando, insistiendo, enfrentándose. Al menos, yo sé que lo haré.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.