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21/03/2018 9:00 AM CST | Actualizado 21/03/2018 10:59 AM CST

Los invisibles (y delicados) prejuicios que sostenemos a diario

Hugnoi via Getty Images

Hace unos meses, comentaba sobre micromachismo vía Twitter y para ilustrar el tono condescendiente y la mayoría de las veces irrespetuoso que algunos hombres suelen dedicar a las mujeres, usé el clásico ejemplo "una mujer jamás podrá conducir bien". Un prejuicio que se mantiene vigente a pesar que las cifras disponibles dejan muy claro que la idea carece de bases que puedan sustentar y que, de hecho, se puede desmentir con facilidad, comparando las cifras de accidentes e infracciones por género.

No obstante, no me sorprendió que de inmediato un usuario criticara mi comentario con un despectivo "una mujer al volante es un peligro sin control" acotando además que "Mentira no es: La naturaleza no es políticamente correcta". Lo preocupante no fue su opinión sino en el hecho que el interlocutor  — a cuya esposa conozco y frecuento en varias redes sociales —  es padre de una niña de apenas meses de edad.

No pude evitar preguntarme cómo será la infancia de una niña educada por un padre convencido que hay razones biológicas para el prejuicio contra el sexo femenino.

¿Latinoamérica llegará alguna vez a percibir a la mujer como independiente al hombre, intelectualmente apta para asumir su sexualidad y sobre todo, más allá del prejuicio?

Se trata de una idea para preocuparse, si tomamos en cuenta que en Latinoamérica, aún se insiste  — y en más de un sentido —  en la presión social de la mujer para encajar en cierto canon tradicional. Somos el continente en que el que se celebra a la madre  — y a la maternidad — de una manera idealizada y agobiante, en el que la salud sexual de la mujer depende del parecer moral y cultural del colectivo  — como si la mujer careciera de voluntad e identidad más allá de concebir —  y en el que aún se considera que la individualidad femenina se encuentra bajo debate.

De modo que la gran pregunta que es inevitable hacerse a la luz de ideas semejantes es una muy básica pero peligrosa: ¿Latinoamérica llegará alguna vez a percibir a la mujer como independiente al hombre, intelectualmente apta para asumir su sexualidad y sobre todo, más allá del prejuicio?

Me lo pregunto a diario. Vamos, soy latina y soltera en medio de la treintena. Casi a diario debo lidiar con docenas de prejuicio que parecen analizar mis decisiones personales como si se trataran de una especulación genérica. Debo soportar preguntas invasivas y la mayoría de las veces violenta sobre por qué decidí no contraer matrimonio, no ser madre o porque ambas ideas no me resultan atractivas de ningún modo. O especulaciones para restringir mis aspiraciones y punto de vista. Luego de la discusión, miré la fotografía de la bebé de mi interlocutor (que lleva con bastante orgullo como avatar) y me sobresaltó el pensamiento que la hermosa niña que duerme entre almohadas color blanco que aparece en la imagen deberá lidiar con una forma de discriminación que la considera inferior, más torpe e incluso débil, por el solo hecho de su sexo. Una que comienza en su propia casa.

Es una historia de nunca acabar, supongo. Voy en el metro de mi ciudad, leyendo un libro mientras el tren cruza lentamente estación tras estación. Una chica en minifalda espera también, de pie, sosteniéndose del tubo. Tendrá unos diecisiete años, el cabello largo y va muy maquillada. Una de las niñas mujeres tan comunes en mi país vanidoso, en la que la cultura de los concursos de belleza está en todas partes, consecuencia también de ese paternalismo doloroso y duro de soportar con el que debe lidiar toda mujer antes o después. Un sujeto a su lado la mira de arriba abajo, no disimula el gesto. Después sonríe, se inclina, la empuja un poco. La chica se aleja sobresaltada, los dedos apretados en el tubo de metal. El sujeto sigue mirándola, insistente. Se inclina, le dice algo. La chica aprieta los labios y luego, entre tropezones, se aleja hacia la multitud que se aprieta contra las puertas. El hombre sigue mirándola, con una sonrisa.

Para él no ha ocurrido gran cosa. Porque una mujer debe ser tratada de esa manera, porque en este país — cultura, sociedad —  una mujer debe asumir su fragilidad, su temor a lo que ocurra, la sempiterna presión del género. Me hace sentir un escalofrío la escena, por las muchas veces que la he visto, por las tantas veces que se repetirá después. Pero lo que más me preocupa y me duele es que a mucha gente le parecerá normal, que la chica "se lo buscó" por llevar una minifalda. De la misma forma que una mujer "conduce con imprudencia", o es "débil" o "debe ser amable". Prejuicios que parecen flotar de un lado a otro en medio de una percepción difícil y durísima sobre lo femenino. Cuando finalmente llego a mi estación, paso junto al sujeto: ahora mira a otra mujer. Sonríe. Se inclina, se aprieta contra ella. El ciclo comienza otra vez.

Más tarde, camino por la calle con una rara sensación de angustia. Miro a mi alrededor a la multitud de mujeres que me rodean ¿Quiénes somos? ¿Como encajamos ese sutil menosprecio que parece estar en todas partes? Me lo pregunto mirando con preocupación a las niñas de uniforme escolar, las mujeres de traje, las ancianas de caminar lento. ¿Cómo nos comprende la cultura? No tener la respuesta me desespera, me duele más que cualquier otra cosa.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.