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11/07/2018 11:26 AM CDT | Actualizado 11/07/2018 12:50 PM CDT

Lo atractivo y lo nocivo en una época vanidosa

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Escena de la telenovela 'Betty la fea'.

En su libro La historia de la fealdad, Umberto Eco pondera sobre lo feo como parte de una idea originaria sobre lo que consideramos diferente o cuando menos inexplicable, lo que vendría a significar que lo bello tiene una directa relación con la simetría y lo familiar. Un concepto intrigante que parece relacionado de forma muy directa con la pretensión de nuestra cultura de crear ideas colectivas sobre la identidad, la mayoría de las veces tan cercanas al prejuicio que resultan peligrosas.

Recuerdo todo lo anterior mientras veo una escena de una película en la que un hombre calvo, de anteojos enormes y con un feo traje color ceniza, entra en bonito restaurante muy concurrido. Lleva una rosa en la mano. Mira a su alrededor y de inmediato distingue a la mujer sentada sola en una mesa. El cabello largo y castaño le cae sobre los hombros y lleva un vestido color lila. La contempla embobado, mientras ella mira a su alrededor con gesto coqueto. Resulta evidente que se trata de una cita a ciegas, largamente esperada. De pronto, ella repara en él. Parpadea. Se le sube el rubor a las mejillas. El hombre se pasa la mano por la calva brillante, se ajusta los anteojos. Se toca la llamativa corbata color rojo que lleva, que supongo es la señal acordada para que la mujer le reconozca entre la multitud.

Entonces ocurre algo muy raro: la mujer hace un movimiento brusco y arroja al suelo la rosa que estaba sobre la mesa. El hombre se detiene un momento, desconcertado y se acerca a la mesa. La mujer inclina la cabeza y finge leer el menú que tiene entre las manos.

La belleza parece mezclarse con ese secreto deseo de lo que aspiramos ser.

—¿Eres Sofía? — pregunta el hombre.

—No, no me llamo Sofía.

Inclina la cabeza de nuevo, incómoda. El hombre continúa de pie. Le echa una mirada a la flor que continúa en el suelo muy cerca de la mesa de la mujer.

—Pero tenías esa rosa en la mesa. Habíamos quedado en eso para reconocernos — insiste.

—Esa rosa estaba allí cuando llegué —responde ella con los dientes apretados — no soy Sofía.

—Pero llevas el vestido Lila que dijiste — insiste el hombre. Pero ella se niega a mirarle.

Él se queda plantado allí, mirando a la mujer desconocida. Una voz en voz off reproduce lo que asumo son los atribulados pensamientos del hombre: habían acordado no intercambiar fotografías para esperar conocerse a la antigua. O esa había sido la excusa del hombre para no mostrarle la calvicie, el rostro regordete, los anteojos enormes, la panza visible que le deforma, que lo convierte, a secas y sin disimulo en un hombre "feo". Y ahora lo lamenta. Podría haberse ahorrado el mal trago.

—Creo que voy tarde — dice ella entonces. Se levanta, nerviosa — lamento que no haya encontrado a su Sofía.

Sin mirarlo de nuevo, con el bolso apretado en el pecho, le pasa por el lado al hombre y se aleja. El hombre sigue de pie, mirando la rosa en el suelo. Alguien suelta una risita maliciosa.

La anterior, es una escena de la comedia española Que se mueran los feos, del director Nacho G. Velilla. A pesar que la trama tiene un tono de comedia de folletín, me pareció una crítica muy dura hacia esa sociedad de consumo que insiste en la necesidad de lo hermoso, que lo tiene como estándar de valor. Hablamos de la fealdad, de esa visión tan poco caritativa y restrictiva sobre el otro, esa visión tan distorsionada de la identidad ajena. Porque aunque todos estamos bastante de acuerdo en qué puede ser bello (o de hecho, qué es la belleza como concepto) la definición de fealdad no está tan clara. O sí, como diría mi amiga P., socióloga, gran observadora y bajo su propio criterio "fea".

De la "fealdad" — lo que sea que signifique para cada uno — no se habla mucho. Después de todo, nadie quiere ser feo o al menos, no ser considerado atractivo. Hay una desesperada búsqueda de la belleza y lo deseable. Todos queremos pertenecer, aunque pocas veces lo admitamos en voz alta.

—La fealdad es exactamente lo contrario a la idea de belleza culturalmente aceptada. Suena simple pero no lo es tanto — me explica mi amiga — quiere decir que puedes ser excluido.

Lo bello está profundamente vinculado a lo que consideramos admisible.

Y sonríe cuando lo dice. Con su rostro pálido y pecoso, cuerpo delgado sin curvas y cabello corto es la antítesis de la beldad venezolana de escote opulento y llamativo atractivo físico. Esa filosa opinión sobre la estética ajena tiene una precisión desconcertante, pienso. ¿Tiene que ver con nuestra cultura o esa extraña idea de selección biológica que se insiste te hace escoger a los más fuertes, los más fértiles, los más bellos quizás?

— No necesariamente — dice P. cuando le comento lo anterior — puede existir ese instinto de búsqueda de cierta predilección biológica. Pero necesariamente, hay una idea coherente sobre el hecho que lo que consideras bello coincide con lo que tu cultura te enseñó puede ser atractivo.

Tiene razón, por supuesto. Sobre todo el que se refiere a que hace que en nuestro tiempo la belleza parezca tener un estandar tan alto, irreal. Una pensamiento que sobrevivía incluso a los inevitables cambios generacionales, las diversas interpretaciones de los conceptos relativos a lo que es hermoso o lo que no e incluso, la simple visión personal. Porque lo bello — o al menos nuestra percepción sobre lo que puede serlo — está profundamente vinculado a lo que consideramos admisible, que enaltece o idealiza nuestras interpretaciones de la realidad. Para sintetizar: lo bello siempre será lo popular, lo aceptado, lo evidente.

Y es que la belleza parece mezclarse con ese secreto deseo de lo que aspiramos ser, lo que quisiéramos mostrar e incluso, lo que enaltecemos de nosotros mismos.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.