EL BLOG
10/10/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 10/10/2018 8:35 AM CDT

La "sensatez" de la cultura de la violación

La cultura de la violación culpa a las víctimas y considera que hay agresiones "más aceptables".
Getty Images/iStockphoto
La cultura de la violación culpa a las víctimas y considera que hay agresiones "más aceptables".

Cuando leí la noticia de que el doctor Denis Mukwege había ganado el premio Nobel de la Paz sentí una rara sensación de alivio, como si el reconocimiento no solo representara la sostenida labor de Mukwege para proteger a las mujeres de su país, sino que, además, reflejara la lucha invisible de millones de activistas en el mundo contra el estigma de la violencia sexual contra la mujer. El sostenido esfuerzo de médicos, enfermeras, personal sanitario, psicólogos, por sostener una consistente resistencia contra la normalización de la violencia sexual.

Pensé en el doctor Mukwege cuando un conocido me insistió que una mujer violada "tiene algo de responsabilidad" en lo que ocurre. Me lo dijo con toda esa convicción singular y dura de quien asume la violencia como inevitable y la incorpora a su visión general sobre la sociedad en que nació y creció.

Lo escuché con las manos apretadas contra el vientre, como si sus palabras me recordaran la amenaza a la que todas las mujeres estamos sometidas en una cultura que asume la agresión sexual como parte de los "males" que puede padecer y sufrir por el mero hecho del género. Una persistente percepción sobre el sexo convertido en imposición, y un arma cultural de dolorosas y terribles implicaciones.

— ¿Qué tipo de "responsabilidad" tiene una mujer sobre la violencia que sufre? — le pregunté.

— Oye, no digo que tengan la culpa o algo así —respondió, sobresaltado— sino que ¿para qué sales a la calle con minifalda? ¿O vas por lugares oscuros? Puedes cuidar de ti misma. La violación es algo que puede evitarse si se actúa con sensatez.

Lo escuché con las manos apretadas contra el vientre, como si sus palabras me recordaran la amenaza a la que todas las mujeres estamos sometidas en una cultura que asume la agresión sexual como parte de los "males" que puede padecer y sufrir por el mero hecho del género.

"Sensatez". Qué extraña palabra en medio de una conversación sobre violencia y vulnerabilidad crítica. Una palabra que me produce escalofríos cuando se entrecruza con otros conceptos más violentos, duros y difíciles de digerir.

Hace poco, leía una entrevista al doctor Denis Mukwege en la que contaba que la primera paciente que atendió en su vida, había sido violada a solo 500 metros del hospital en el que trabajaba. Mukwege cuenta el episodio con palabras medidas, cuidadosas, pero tan certeras que describen un horror inimaginable: a esa primera paciente le habían violado pero, además, le dispararon en la vagina.

Él, por entonces un joven médico, pronto descubrió que el horror era incluso mucho peor que los gritos de miedo y dolor de la mujer que atendía. Un mes después cuarenta y cinco mujeres más llegaron en las mismas condiciones o peores. Destrozadas mental y físicamente, convertidas en carne de cañón. El cuerpo como campo de batalla.

"Esta es un arma de guerra aún peor que las convencionales. La mujer no solo es violada, sino que a menudo lo hacen varios hombres al mismo tiempo, delante de su comunidad y de su familia, de su marido y sus hijos. La deshumanizan. Y destruyen sus genitales. Disparándoles. Con productos químicos. Quemándolas. Usando plástico hirviendo", narró el ginecólogo en una de las numerosas entrevistas que se le realizaron en el año 2014, a propósito de obtener el premio Sájarov del parlamento Europeo por su labor en defensa de las mujeres.

El periódico El País, de España recogió sus palabras: "Al ser violadas en grupo pueden contraer SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual. Y contagian a sus hijos, que además nacen sin saber quién es su padre. Las consecuencias de la violación como arma de guerra son terribles. No solo las destroza a ellas físicamente, también lo hace psicológicamente, porque destruye su entorno".

—Sensatez— repito en tono neutro y mi amigo se encoge de hombros.

—No lo digo de manera irrespetuosa, pero si una mujer toma las debidas precauciones, es probable que jamás deba enfrentarse a la violación.

Sensatez, pienso de nuevo. Una palabra tramposa. Porque la violencia sexual tiene tantos rostros y tantas maneras de manifestarse que la mujer y su integridad física parece sometida a una vulnerabilidad que es un riesgo en sí mismo, una percepción sobre el miedo construido a la medida del género. No solo se trata de las víctimas como las que describe el doctor Mukwege, sino tantas otras, sometidas a la cultura que normaliza y silencia la agresión.

¿Qué ocurre si la violación es algo más que una paliza y sexo forzado? ¿Qué ocurre con las violaciones que no implican violencia física directa? ¿Qué pasa con las mujeres violadas que no gritan, que no pueden defenderse, sino que aceptan, aterrorizadas y sumisas, un hecho de violencia que las supera? ¿Existe un perfil que haga válida o creíble una violación? ¿Cuándo la violencia es menos o más directa? ¿Cuándo el miedo es más destructor? ¿Qué ocurre con la mujer abusada por el esposo? ¿Qué pasa con la mujer que bebió y llevaba una falda corta? ¿Es menos violento y devastador el abuso sexual porque la mujer no gritó ni golpeó a su agresor?

La mujer al margen de la sociedad, la mujer en medio de un debate intelectual que no termina de completarse jamás.

Es un pensamiento inquietante, porque asume la idea de que existe violaciones "reales" y las que no lo son tanto. ¿Una cita que salió mal, quizás? Las que la víctima soportó la violencia sexual por miedo, por angustia, por no tener otra posibilidad. La mujer que cree que es normal que el sexo sea violento, crudo. Las niñas que son obligadas a contraer matrimonio aún con muñecas en los brazos. ¿Dónde está la "sensatez" en todo eso?

Seguiré pensando en la palabra el día entero. Lo hago mientras escribo este artículo, las manos temblando de furia y de impotencia, de miedo. ¿Cómo se comprende la violencia sexual en nuestra época?

Tal vez se trate de esa idea de la mujer como víctima, o de la conciencia de la feminidad sumisa, resignada, pero el pensamiento de la agresión consensuada —si es que eso existe— parece formar parte de esa gran imaginaria del hombre que domina, de la sociedad hostil, que aún padecemos en Latinoamérica y, quizás, forma parte de la sociedad occidental.

Un pensamiento que me provoca —¿y cómo evitarlo?— un enorme temor. La mujer al margen de la sociedad, la mujer en medio de un debate intelectual que no termina de completarse jamás.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.