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17/04/2018 11:00 PM CDT | Actualizado 18/04/2018 12:29 PM CDT

La presión estética y las consecuencias en la autoestima

Getty Images/Blend Images
La presión estética a la que se enfrentan las mujeres llega a tener efectos severos sobre su autoestima.

Un conocido me dijo hace poco que las mujeres exageramos con eso de "la presión estética". Que nadie espera que "una mujer parezca una modelo portada de revista" y mucho menos "una actriz de Hollywood". Lo único que se insiste en que la mujer "sea deseable"  — y me lo dijo con total desparpajo — y que además, "respete su feminidad". Cuando le pregunté si había un equivalente de tales ideas en el mundo masculino, se apresuró a sonreír.

 — Claro que sí. Ninguna mujer quiere dedicarle ni una mirada a un hombre mal vestido o maloliente.

 — Hablas sobre hábitos de higiene.

 — ¿No es lo mismo?

Suspiro, sin saber qué responder a eso. La conversación me hace recordar otra que sostuve meses atrás con una de mis amigas, a quien le suelen llamar "mami", "riquísima" y otros tantos epítetos más o menos incómodos, inevitables en este país donde el halago se confunde con mucha frecuencia con la grosería. Con su 1,80 de estatura, cuerpo escupido gracias al constante ejercicio y melena abundante es el prototipo de ese ideal de belleza venezolano que tanto se insiste. Ella es la primera en admitirlo: creció obsesionada con la idea de ser una "Miss" y cuando no lo logró se obsesionó con su aspecto físico a niveles casi peligrosos.

 — Cuando tenía dieciséis, estaba convencida que era una necesidad lucir bien en minifalda y camiseta con escote — me explica. En su bonita oficina del Este de la ciudad tiene algunas fotografías de la niña que fue, que siempre sonríe a la cámara, muy maquillada y bien peinada. Ella toma una de las imágenes enmarcadas y me la pone entre las manos — mírame aquí: parecía una mujer adulta. Estaba impaciente por serlo. No quería ser niña. Quería ser una tipa "rica". Quería estar "buena".

La niña de la imagen realmente parece mucho mayor a lo que realmente es, con los ojos muy maquillados, la boca roja y el cabello peinado de manera muy elaborada.

La niña de la imagen realmente parece mucho mayor a lo que realmente es, con los ojos muy maquillados, la boca roja y el cabello peinado de manera muy elaborada. Lleva un generoso escote que muestra su pecho delgado. La minifalda apenas le cubre las rodillas. Pero ella no parece incómoda. Con una mueca provocativa, hace pucheros a la cámara.

—Comencé mi vida sexual muy temprano — me explica con cierto cansancio — pensé que si no me acostaba con ese noviecito insistente me dejaría. Y de hecho, me dejó luego. La típica historia adolescente. Pero yo pensé que el asunto era conmigo. Que yo había hecho algo más. Así que con el siguiente novio fui más rápido. Y la cosa "funcionó" o como lo interpretas a esa edad: el muchacho se volvió loco conmigo... hasta que encontró a otra que le resultó más novedosa. No entendí nada.

Me lo cuenta con tristeza. Me describe la manera como su sexualidad se convirtió en un arma, en una manera de insistir en ciertas ideas que creía ciertas, pero que realmente nunca comprendió muy bien de donde venían. Quería ser la "bella", la "popular", la "mami" que todos deseaban. Y lo fue, durante esa época adolescente donde todo parece sencillo y un poco sin sentido. Pero también se convirtió en esa figura tan temida de la sutil tradición machista venezolana como es la "fácil".

Ella es la primera en admitirlo: creció obsesionada con la idea de ser una "Miss" y cuando no lo logró se obsesionó con su aspecto físico a niveles casi peligrosos.

—¿Quién es "fácil"? — le pregunto. Frunce la boca y me pregunto si a la exitosa mujer de cuarenta años con quien converso todavía le duele ese insulto juvenil, que tuvo que soportar tantas veces.

—"Fácil" es la muchacha insegura que se acuesta con el novio para que no busque en otra lo que ella le puede dar— responde — ese es el concepto que se repite con tanta frecuencia que se toma por cierto. "Fácil" es la que disfruta su sexualidad, la que no cree que deba contenerse por el tabú social. Pero esas son una minoría en comparación de las que usan el sexo como un arma para obtener reconocimiento social. Y eso se extrapola a toda una serie de ideas que destruyen esa visión de la mujer sexual y la transforman en otra cosa. La mujer sexualizada a la fuerza, la que se concibe así misma solo a través de la gratificación física.

Ayer vs hoy

Para mi amiga el camino fue largo y tortuoso. Después de sufrir una paliza de una de sus parejas, se cuestionó por completo lo que hasta entonces habían sido sus costumbres y su manera de ver el mundo. Y no solo con respecto a quien era  — como mujer —  sino que se esperaba de ella. Me explica que vivió por tanto tiempo según el estereotipo de la mujer "deseable" que cuando retrocedió un poco para comprenderse, le provocó dolor asumir hasta que punto se había lastimado por obedecer ciertos patrones de comportamiento heredados de manera invisible por una cultura que insiste en roles femeninos. Exhausta, me cuenta que recuperarse de las heridas físicas de la agresión que sufrió le permitió admitir las profundas heridas emocionales que por años padecería. Recuperarse, aún es un proceso diario.

—¿Cómo te ves ahora mismo? — le pregunto. Me mira con una expresión tensa. Hay heridas que nunca cicatrizan del todo, pienso.

—Me veo como una mujer que huye de esa presión insoportable—dice por último — eso es un poder, si lo piensas. Pero asumir ese poder lleva tiempo, esfuerzo y no siempre se logra.

Un pensamiento duro, angustioso, abrumador. Uno que tengo a diario. Y supongo también la mayoría de las mujeres del mundo. ¿Quienes somos más allá de la presión estética que soportamos a diario? Supongo que como a mi amiga, nos lleva esfuerzo y sobre todo, un inevitable sufrimiento saberlo. Pero más allá de eso, me digo mirándome al espejo  — a la niña que fui, a la mujer en que me convertí —  el esfuerzo valga la pena. Una forma de crear.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.