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05/12/2018 9:45 AM CST | Actualizado 05/12/2018 9:45 AM CST

La mujer tradicional vs. la mujer contemporánea: el debate respecto a las bodas

Yuliia Balanenko / EyeEm via Getty Images
¿Qué ocurre con las mujeres independientes, fuertes y autónomas que desean celebrar el amor por su pareja al aceptar un anillo?

Una de mis amigas más queridas está a punto de contraer matrimonio. Sin embargo, su entusiasmo nupcial parece chocar de manera frontal con ciertas ideas sobre la mujer actual e independiente. Ha recibido críticas por escoger un vestido de novia de color blanco —símbolo patriarcal y violento contra la sexualidad de la mujer, según la mayoría de sus amigas—, anillo de boda —otro peso social innecesario, según su cuñada— e incluso, por el mero hecho de celebrar una pequeña reunión informal entre amigos. Alguien le insistió que chocar copas para desear prosperidad a los novios, era "cuando menos, aceptar los preceptos del patriarcado al pleno".

—Al final tengo la sensación que cualquier gesto que honre lo que creo sobre el amor, es un atentado contra lo femenino— me dice con tristeza.

No sé muy bien cómo consolar sus preocupaciones. Mi amiga siempre ha deseado contraer matrimonio: desde niña imaginó su vida junto al hombre de sus sueños, un par de niños y un tipo de felicidad doméstica que me parecía extravagante, pero que de alguna manera, profundamente dulce. Hay algo duro y casi perverso, en la forma como debe justificar sus creencias, forma de ver el mundo e incluso, la manera en que concibe la felicidad.

—A veces no entiendo al feminismo— me dice entonces.

—Eso no es feminismo— aclaro, con un sobresalto.

—Según todo el mundo, sí lo es.

—Escucha, el feminismo busca que nadie te juzgue por tus decisiones. No justamente provocar que te saquen conclusiones apresuradas por los que haces o no.

—No es tan sencillo— me dice.

— Lo sé.

La mujer que escoge los símbolos tradicionales para expresar su forma de comprender lo femenino, parece encontrarse en un lugar incómodo o al menos, expuesta al ataque y al señalamiento.

No se trata de un tema nuevo: desde la segunda ola del feminismo, la idea sobre la apariencia física de la mujer pero sobre todo, la aceptación —o no— de ciertos símbolos del rol social parecen encontrarse en constante debate.

Durante la década de los 60 y 70 del siglo pasado, la imagen de la mujer atravesó una transformación que pasó por rechazar lo que se consideraba no solo símbolos del sistema patriarcal sino también, del control del hombre sobre la mujer: los vestidos exquisitos y de corte elegante considerados formas perpetuas del imaginario femenino fueron desechados en favor de jeans y camisetas, los sostenes quemados en plazas públicas y la noción sobre la belleza se transformó en una idea contracultura que trató de luchar contra la percepción de la mujer objeto o comercial.

Por supuesto, se trató de una transformación necesaria e incluso inevitable. No obstante, el feminismo se vio en la obligación de meditar sobre el derecho a decidir —y sobre todo, la necesidad de la libre elección— al momento de expresar ideas sobre la apariencia o el comportamiento femenino. Un conjunto de ideas sobre las que aún se discute con frecuencia.

El feminismo no se trata sobre el comportamiento entre hombres y mujeres, sino de los derechos a los que pueden aspirar ambos.

De modo que, la mujer que escoge los símbolos tradicionales para expresar su forma de comprender lo femenino parece encontrarse en un lugar incómodo o al menos, expuesta al ataque y al señalamiento. Tal pareciera que la mera idea de tomar una decisión tan privada como la forma de celebrar un compromiso matrimonial o el amor, se encuentra de tela de juicio. ¿Por qué habría de estarlo? Me pregunto con frecuencia. ¿Qué provoca que una mujer deba justificar sus decisiones ante el movimiento que intenta, de hecho, brindarle la mayor autonomía sobre el viejo patrón de la obediencia?

La discusión parece estar en todas partes. La periodista colombiana Matilde Sascuín, reflexionó sobre el tema en su columna "Sin pelos en la lengua" en la que afirmó que los anillos de compromiso no solo son un símbolo patriarcal, sino que además son una forma de menosprecio hacia la mujer, al convertir a quien lo lleva en 'objetos de otra persona'.

Sascuín insistió en la idea que el anillo de compromiso es una contradicción al pensamiento progresista sobre la mujer y en el mejor de los casos, una reliquia histórica que lleva a cuestas una controvertida simbología "Llevar un anillo de compromiso va en contra del feminismo y en contra de ser mujer. El anillo es un símbolo de una cantidad de cosas que son completamente contrarias al ideal de la mujer independiente y autónoma capaz de resolver su propia vida. Es un símbolo de pertenencia a otra persona", escribió la periodista.

Leo el artículo con una sensación de alarma que tiene mucha relación con el hecho que decidí hacerme feminista en busca de la libertad. ¿Qué ocurre con las mujeres independientes, fuertes y autónomas que desean celebrar el amor por su pareja al aceptar un anillo? ¿Qué ocurre con la mujer que decide sin presión alguna que desea contraer matrimonio de la manera más tradicional posible? Pero vayamos más allá: ¿Qué pasa con la mujer para quien la vida doméstica es una opción? ¿La mujer que desea ser madre? ¿La mujer que disfruta de lo femenino de la manera que prefiere? ¿Por qué debe ser criticada solo por el hecho de construir una mirada personal sobre una idea mucho más general acerca de lo femenino?

Como conjunto de ideas, el feminismo intenta sustentar el valor del poder de la elección, la decisión y la autonomía

Por extraño que parezca, la presión de la imagen mujer contemporánea parece en ocasiones ser demasiado hostil e incluso agresiva para quienes debemos lidiar con ella. Convertirse, en lugar de una forma de liberación, en un cuestionamiento ingrato y duro sobre los actos y decisiones que tomamos a diario.

El feminismo no es un catequismo ni una forma de comportamiento. Tampoco un manual de modales o un señalamiento estético. Como conjunto de ideas, el feminismo intenta sustentar el valor del poder de la elección, la decisión y la autonomía. Y esa percepción, atraviesa la irremediable necesidad de respetar la postura y forma de vida de quienes nos rodean. Coincida con la nuestra o no. El feminismo realmente no se preocupa por los pactos y acuerdos a los que puedan llegar las parejas en sus relaciones. De hecho, el movimiento no se trata sobre el comportamiento entre hombres y mujeres, sino de los derechos a los que pueden aspirar ambos.

Mi amiga sonríe cuando me habla de los preparativos para su boda. Me dedica una mirada entre curiosa y socarrona.

—De entre todas las personas del mundo que creí pudieran apoyarme en esto, tú no eras una— dice y suelta una carcajada. Me río también.

—Somos como somos. Quizás el truco es recordarlo con más frecuencia.

En realidad, pienso más tarde, quizás esa idea abstracta sobre el feminismo solo necesita evolucionar, hacerse más concreto, construir una idea más consistente sobre lo que pueden ser las relaciones entre hombres y mujer. Una idea que pueda incluir todas las posturas y puntos de vista. Una forma de libertad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

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