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02/05/2018 1:07 PM CDT | Actualizado 02/05/2018 3:01 PM CDT

'La manada': cuando los "buenos hijos" y "tipazos" protagonizan una historia de terror

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Cuando son acusados de violación, el grupo se sorprende. "¿Violada? ¡Pero si ella lo ha deseado!" insiste uno de los acusados.

Cuando eres mujer, las historias sobre la violencia están en todas partes. Te las tropiezas con tantas frecuencia que de vez en cuando, te pregunta si siempre estuvieron allí, si forman parte del tejido de la sociedad en que naciste, de lo que sostiene la cultura que te educó. Lo pienso, inquieta, abrumada de angustia, mientras me pregunto en voz alta si debo asumir que toda mujer mujer debe enfrentar un tipo de amenaza perenne, inevitable. Una espada de Damocles que pende sobre tu cabeza allí a dónde vas.

Lo pienso mientras leo los detalles del caso de "La manada", en Navarra (España), y su vergonzosa sentencia. Lo que implica, el mensaje que deja claro. La puerta que abre para convertir a la mujer en víctima perpetua. Una historia que deja claro que la cultura sigue normalizando la violencia, convirtiéndola en parte de la vida corriente. En una forma de comprender la identidad femenina. ¿Cómo dudarlo con una historia semejante a la de una mujer acusada de su propia violación?

Cuando deciden viajar a una fiesta pública, cinco hombres planean violar a una mujer. No lo hacen en privado: dejan constancia clara de sus intenciones en redes sociales y otros medios virtuales. Hablan de usar "burundanga" (Rohypnol en su nombre comercial) para perpetrar el hecho. Se llaman a sí mismos "La Manada" y recorren un evento pública con un propósito claro. Una noción del sexo como un derecho adquirido, no importa si en medio de la idea — el deseo — media la violencia.

"Follándonos a una entre los cinco" se jacta uno de los atacantes en el grupo de mensajería instantánea que comparten. "Hay video" aclara.

Cuando finalmente encuentran a la víctima que buscaban, se aseguran que esté ebria y además, sola. Perdida entre la multitud de una ciudad desconocida que visita por primera vez. Le llevan bajo engaño y manipulación a un lugar solitario y allí, la fuerzan a tener sexo con el grupo. La mujer se enfrenta a cinco desconocidos que le duplica en edad y en fuerza. Está aterrorizada, aturdida, desorientada. De manera que se somete, en silencio, sin atreverse a hacer nada o quizás, sin poder hacerlo. No grita, no se resiste. Quizás sabe que será peor si lo hace.

El grupo disfruta su miedo, la agresión se hace más violenta. Se asegura que no quede duda de lo que está sucediendo: graba un video explícito que luego envía al resto de sus cómplices. "Follándonos a una entre los cinco" se jacta uno de los atacantes en el grupo de mensajería instantánea que comparten. "Hay video" aclara. Siete pequeños fragmentos que muestran a una mujer acorralada, siendo violada y agredida en medio de la oscuridad. Al final, la mujer es arrojada a la calle desnuda y además se aseguran de evitar pueda comunicarse con nadie que pueda ayudarla. Uno de los hombres le roba el teléfono y otro le amenaza. El miedo, el miedo en todas partes. Una mujer sola, con la ropa rota, caminando aturdida, herida, rota.

Cuando se debate en juicio lo ocurrido, todas las miradas se vuelven a la víctima, no a los agresores. ¿Cómo iba vestida? ¿Por qué iba ebria? ¿Por qué acompañó al grupo al portal donde fue violada?

Cuando son acusados de violación, el grupo se sorprende. "¿Violada? ¡Pero si ella lo ha deseado!" insiste uno de los acusados. ¿Violadores? Por favor, son "hombres normales", insisten los amigos y vecinos. Surge una fotografía, se difunde por redes sociales. Jóvenes, el rostro quemado por el sol, que sonríen en una fotografía grupal. "¡Si hasta son guapos!" comenta una periodista con cierta sorna. Cinco hombres de los que no sospecharías. Tu amigo, tu hijo, tu vecino. La imagen se cuela en el inconsciente colectivo. ¿Violadores? La imagen tiene algo de inquietante en su normalidad.

Una imagen que por cierto, se tomó unas horas antes de desnudar a una mujer, obligarla a tener sexo violento, de tomar videos de su rostro tenso y aterrorizado. Unas horas antes, todos sonríen a la cámara. Todos parecen corrientes. Las madres lloran en pantallas de televisión. Los amigos les defienden "son idiotas, pero jamás violadores". Tipos cualquiera. Hombres que puedes encontrar en cualquier lugar. La justicia apunta hacia el lugar equivocado, escudriña en la credibilidad antes que la verdad.

Cuando se debate en juicio lo ocurrido, todas las miradas se vuelven a la víctima, no a los agresores. ¿Cómo iba vestida? ¿Por qué iba ebria? ¿Por qué acompañó al grupo al portal donde fue violada? ¿Por qué tiene una expresión pasiva en el rostro mientras la violan? ¿Por qué no grita? ¿Por qué no fue golpeada? ¿Por qué no se defendió? ¿Qué hacía allí en primer lugar? ¿Por qué después se atreve a rehacer su vida? No hay preguntas suficientes para culpar a una mujer por el atrevimiento de exigir justicia.

Cuando finalmente hay un veredicto, cinco hombres fueron acusados de "abusar" pero no violar a la mujer. La justicia decidió que hay grados en el consentimiento de una mujer, que a menos que seas golpeada hasta la muerte, que recibas un balazo, una puñada, que tu cuerpo sean aún más destrozado de lo que puede hacerlo una agresión semejante, no mereces justicia. Que lo importante es dejar claro que tanto se defendió, que tanto fue golpeada, si tenía expresión de gozo, si hizo algún ruido que la hiciera parecer excitada. Que no importa lo que cinco hombres hicieran, no importa la alevosía, la premeditación, la agresión, la violencia posterior, la enjuiciada será la mujer. A la que se le hará preguntas, será a la mujer. A la que se le señalará será la mujer. A la que se le preguntará cómo sobrevivió cuando no debía, será a la mujer.

Cuando todo acaba, se escribió otro capítulo temible en la historia de la violencia contra la mujer. Uno que deja claro que el terror se esconde en cualquier parte y que cuando acecha, puede tener el rostro de "un tipazo", de "un buen hijo". Pero eso ya lo sabíamos. Como también sabemos que una mujer deberá soportar una segunda violación sobre las heridas de la primera cuando se atreve a acusar al "tipazo", al "buen hijo", al "hombre corriente". Un monstruo con el rostro de tu vecino. El miedo en todas partes. La violencia como arma de una cultura que ataca con el arma de la incredulidad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.