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14/11/2018 8:47 AM CST | Actualizado 14/11/2018 8:47 AM CST

La incapacidad para admitir que somos algo más que genitales

¿Por qué el logro de Ángela Ponce, Miss España, genera semejante desconfianza?

ngela Ponce/Instagram
Miss España, Ángela Ponce. Foto: Ángela Ponce/Instagram

Hará unas semanas hubo una larga discusión en mi frontpage de Facebook sobre Ángela Ponce, la mujer transgénero que representará a España en el venidero concurso de Miss Universo. En mi país — obsesionado con los concursos y sobre todo, con la figura de la Miss— el tema ha levantado todo tipo de comentarios, señalamientos y, cómo no, burlas. Además, ha hecho que el tema de la identidad y la orientación sexual se debata en voz alta, cosa que muy pocas veces ocurre y que cuando pasa, deja muy claro el peso del prejuicio y el durísimo machismo de nuestra cultura.

En el debate que menciono, la idea en las que más se insistió es que un "hombre" no tenía derecho a participar en un espacio "exclusivamente femenino". Alguien esgrimió el particular argumento de "respetar la Ley de Dios" —aunque no es una persona especialmente religiosa— y al final, hubo una discusión visceral y malsonante, sobre la transfobia. "No se trata de fobia a nadie, es un hombre porque así nació y la naturaleza es perfecta" zanjó la cuestión uno de los comentaristas.

"No les falta razón", comentó mi madre cuando le hablé de todo lo anterior, "es un hombre, diga lo que diga. Haga lo que sea que haya hecho para verse como una mujer".

Por supuesto, Latinoamérica está obsesionada con el comportamiento y la identidad de la mujer. Y Venezuela en particular, con la vanidad y la belleza como una forma de triunfo.

No respondo, incómoda. Por mi labor como activista feminista, ese tipo de sentencias me suelen irritar más de lo que admito. Pero en este caso, se trata de algo previsible. Mi madre pertenece a una generación que asume la sexualidad de una manera muy tradicional —y no podría ser de otra forma, supongo— pero también es una mujer inteligente con un criterio un poco más abierto que la mayoría de sus contemporáneos. Me dedica una mirada un tanto dura, supongo que interpretando correctamente mi silencio.

—Es un hombre.

—Su identidad de género es la de una mujer.

—En otras palabras ¿se cree una mujer?

Suspiro con cierto cansancio. Durante las últimas semanas he tenido que explicar el tema en tantas ocasiones que, ahora mismo, tengo la alarmante sensación que nuestra cultura simplifica al individuo — tanto al hombre como a la mujer— en términos lamentablemente primitivos.

Una idea durísima pero que engloba esa incapacidad para admitir que somos algo más genitales o las implicaciones de nuestro deseo sexual. Pero se trata también de la persistente lucha por asumir el canon binario que hace el mundo mucho más comprensible y ordenado: el sexo biológico es una buena forma de analizar lo que somos desde la periferia, sin mayor complejidad. Pero el ser humano —en toda su extraordinaria sofisticación— es un organismo que merece mucha más respuestas que las que puede brindar un mero hecho biológico.

Que de hecho demanda una mirada más profunda a los simples accidentes antropomórficos que nos definen con dificultad.

—Es una mujer. Su mente es la de una mujer— respondo al final —no todo se define por lo que tienes entre las piernas.

—Así nos hizo la naturaleza.

—La naturaleza se equivoca en ocasiones— insisto.

Mi madre enarca la ceja y esta vez es ella la que no responde. Es el mismo silencio de mucha gente que mira la fotografía de Ángela Ponce con una sonrisa ladeada, que se burla de su rostro o de su cuerpo. Durante las últimas semanas, chistes y memes de dudoso gusto llenaron las redes sociales de mi país y buena parte de Latinoamérica, mofándose del hecho que un "un buen par de pelotas" sea la mujer más bella de España. Lo más curioso es que en su país de origen, el escoger a Ángela Ponce no levantó mayores polémicas.

Por supuesto, Latinoamérica está obsesionada con el comportamiento y la identidad de la mujer. Y Venezuela en particular, con la vanidad y la belleza como una forma de triunfo. De manera que Ángela Ponce, sonriente y plácida frente a las cámaras, no solo es un insulto, sino una negación directa a lo que se comprende en nuestra cultura machista como lo femenino. No solo transgrede la norma sino que además, se atreve a tocar el efímero terreno de la ambición transmutada en canon estético.

¿Por qué el logro de Ángela Ponce genera semejante desconfianza?

Por supuesto, también resulta duro de entender por qué una mujer transgénero desea participar en un concurso de belleza —esa palestra fugaz y artificial repleta de estereotipos— pero al margen de la discusión, hay un terreno más complejo: ¿Por qué inquieta tanto el hecho que Ángela Ponce represente un tipo de debate sobre la identidad colectiva para el que nadie parece estar preparado?

—La naturaleza no se equivoca o acierta, simplemente te brinda lo que necesitas para sobrevivir— insiste mi madre —¿por qué es tan difícil para tu generación aceptar que las cosas deben ser de una manera?

Hace unos días leía en un artículo del periódico español El País, las declaraciones de Ángela Ponce apenas obtuvo la corona: "Aún queda muchísimo por hacer para que una mujer transexual pueda vivir su vida libremente y no se tenga que ver cuestionada por mentes arcaicas que desconocen que estamos en el siglo XXI". Las palabras de Ponce resumen no solo la lucha de la comunidad LGTB+ por el reconocimiento, sino la de todas las mujeres que alguna vez hemos intentado visibilizar nuestras capacidades, fortalezas e incluso, la mera existencia.

¿Por qué el logro de Ángela Ponce genera semejante desconfianza? ¿Se trata de la habitual resistencia al cambio de cualquier cultura y época? ¿O el hecho que el terreno de lo sexual siempre pone en entredicho lo esencial de la naturaleza humana? No lo sé y supongo que la respuesta a eso no es sencilla ni lo será después.

También resulta duro de entender por qué una mujer transgénero desea participar en un concurso de belleza, esa palestra fugaz y artificial repleta de estereotipos.

Además, la noción sobre la mujer y sus luchas —cualquier mujer— parece ser más valiosa ahora mismo que nunca antes. Desde la generación que reclamaba decidir sobre su capacidad para concebir y que dio paso a todo un movimiento de liberación de cualquier atadura tradicional, hasta la actual que exige el derecho total sobre su cuerpo, lo femenino ha moldeado su significado y su peso a través de la transgresión a la norma, de la ruptura de las normas establecidas y la búsqueda de la individualidad en medio del conservadurismo.

¿No es eso lo que hace Ángela Ponce? ¿No es eso el triunfo —parcial y cuestionable, sin duda, viniendo de una plataforma como un concurso de belleza— que intenta brindar significado esa batalla silenciosa por la identidad que cada mujer lleva a cabo de una manera u otra?

—No es lo mismo— sentencia mi madre.

—Claro que lo es— respondo.

La conversación no continúa y dudo que podamos retomarla después. Pero las preguntas —los infinitos cuestionamientos— me siguen obsesionando. Y lo hacen porque no dejo de preguntarme hasta qué punto el hecho de las diversas batallas por la identidad siguen siendo fundamentales en nuestra vida y cultura. Una evolución necesaria que tarde o temprano resulta imprescindible de comprender.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.