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17/10/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 17/10/2018 6:00 AM CDT

Gracias por nada, Catherine Millet

JOEL SAGET via Getty Images
Catherine Millet. Foto: JOEL SAGET/AFP/Getty Images

Muchas veces me preguntan lo que pienso sobre el feminismo — cualquiera de sus olas — y siempre respondo: "Solo deseo trabajar".

Lo digo con absoluta sinceridad, con la firmeza un poco desconcertada de quien ha dedicado buena parte de su vida a un objetivo que, por momentos, desaparece en discusiones absurdas sin el menor sentido. Lo pienso de nuevo, mientras leo que la intelectual francesa Catherine Millet se pregunta en voz alta si "La mujer existe" durante el discurso inaugural de la séptima edición del Filba, el principal Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires.

La frase, claro está, es una directa referencia a Lacan y también a otros tantos pensadores que analizaron la "cuestión de la mujer" desde la comodidad de sus despachos... y la infinita arrogancia de reflexionar sobre la cualidad femenina desde pequeñas visiones sobre lo femenino. Además, Millet medita con fingida preocupación sobre la percepción de la mujer como idea genérica, que no engloba la particularidad del individuo y, a la vez, elabora una concepción sobre la idealización colectiva sobre lo femenino.

Millet se explaya en hablar sobre arte y literatura, apoyada en el género, sin importar "contradecirse" y además, sin hacer otra cosa que tocar puntos álgidos que no profundiza porque no siente la menor necesidad de hacerlo.

Hablar sobre un movimiento social estructurado de mujeres para mujeres, no siempre es sencillo, sobre todo para una cultura que todavía se pregunta por qué diablos las mujeres decidieron reclamar si todo estaba tan bien.

Supongo que es muy fácil resumir la idea del feminismo en un enfrentamiento directo con lo masculino, las convenciones o incluso algo más elaborado: la necesidad de comprender la individualidad como parte de la idea de género. No obstante, Millet no parece en realidad interesada en esos temas: su objetivo es desmontar la idea de la mujer que lucha — en general— por los derechos que le atañen, como si hacerlo fuera una muestra vergonzosa de una generalización forzosa.

Pero hablar sobre un movimiento social estructurado de mujeres para mujeres, no siempre es sencillo, sobre todo para una cultura que todavía se pregunta por qué diablos las mujeres decidieron reclamar si todo estaba tan bien.

Se trata de una idea costumbrista: si todo funciona, ¿para qué cambiarla? La mayoría de las veces, las feministas se tropiezan con esa percepción de "las cosas marchan como deben de marchar", que invalida de origen el reclamo. Es algo complicado de analizar, sobre todo cuando no estás en una posición de poder. Millet lo sabe y, aún así, continúa asumiendo el feminismo desde lo marginal, la poca profundización de la forma en que se comprende lo femenino como elemento de la identidad y mucho más aún, como expresión cultural por derecho propio.

En una ocasión, reclamé en el rectorado de la universidad donde estudiaba que un profesor me había quitado un par de puntos en un examen por analizar "desde la perspectiva de la mujer" algunas ideas "objetivas". Cuando le expliqué que el hecho que varios personajes de la literatura fueran simplemente esquemas repetitivos y sin mayor peso era un hecho verificable, el funcionario que me atendió puso ojos en blanco. Casi le escuché pensar: "Y tener que soportar a esta mujer".

— No se vaya a sentir ofendida por eso — me dijo casi con fastidio. Me encogí de hombros.

—No me molesta. Lo que sí me irrita es que mi análisis se considerara femenino porque lo hago notar.

No se me ponga feminazi — me reclamó, mitad en chiste, mitad en broma. No supe qué responder a eso, esencialmente porque no conocía el término.

Se trata de una idea costumbrista: si todo funciona, ¿para que cambiarla? La mayoría de las veces, las feministas se tropiezan con esa percepción de "las cosas marchan como deben de marchar", que invalida de origen el reclamo.

Bienvenida al mundo real: al mundo donde si reclamas mucho, bordeas el incómodo trecho entre ser un incordio y el tradicional dolor en el trasero. O lo que es lo mismo, en el ámbito de las ideas de género, una feminazi. ¿Y qué describe tan poco generoso término? A una mujer irritante, al parecer.

La palabra fue creada en 1990 por el locutor conservador Rush Limbaugh, quien mezcló los términos "feminismo" y "nazismo" para describir a las mujeres que por entonces exigían en Estados Unidos el derecho al aborto. Poco después se popularizó y, actualmente, se ha hecho especialmente conocida en los últimos años como término para ridiculizar el feminismo y sus reivindicaciones.

Supongo que para Gillet mi incomodidad por sus declaraciones — en las que menosprecia el concepto de sonoridad e insiste en "responsabilizar" a las víctimas de la violencia sexual por las agresiones que sufren—, serían propia de una "feminazi". Después de todo, para Gillet "ser mujer" es una connotación que contradice la suposición del individuo único. Y se basa en los postulados de Lacan para sostener semejante idea.

Claro que Lacan comenzó a analizar el tema de lo femenino en la década de 1950 y lo hizo con toda la libertad que le brindaba el hecho de las convenciones sociales de la época. Lacan analizó a la mujer en términos influidos por el antropólogo Claude Lévi-Strauss, quien reflexiona sobre las mujeres "como objetos de intercambio que circulan — a la manera de signos — que unen e hilvanan las "estructuras elementales del parentesco". Nada más que eso.

De modo que para Lacan la existencia misma de la mujer está en debate. Se reformula desde la concepción de yo escindido, pero sobre todo, la concepción del género como metáfora del súper yo que a todos nos vincula de un lugar a otro de la percepción colectiva. Pero hablemos de lo que ocurre más allá de la disertación de Millet, la vacuidad de un debate sin forma.

Bienvenida al mundo real: al mundo donde si reclamas mucho, bordeas el incómodo trecho entre ser un incordio y el tradicional dolor en el trasero.

Mientras la intelectual se regodea en su polémica, mientras cita y reestructura ideas para problematizar la idea femenina y crear una polémica vacía, unas cien mil mujeres alrededor del mundo (aproximadamente) serán violadas, un promedio de 25% alrededor del mundo sufrirán violencia de género en los próximos cuarenta y cinco minutos, que fue el tiempo que Millet utilizó para "escandalizar a su audiencia". Pero profundicemos en el real problema: a diario mueren alrededor de diez mil mujeres por violencia ginecológica. A diario, más de veinticinco millones de mujeres deben enfrentar situaciones de violencia de género, maltrato que ninguna estadística califica dentro de un rango de valor. Todos los años, más de diez millones de niñas dejan la educación básica. Cada año, más de un millón de mujeres será asesinada por ritos de honor relacionada con su género.

Pero eso no es tan llamativo como el discurso de una intelectual en un lujoso foro, cuyo mayor logro es despertar las iras de la prensa. Nada es tan doloroso como la realidad detrás del escenario y las candilejas. Supongo que no, pero en medio del debate mediático, tiene su importancia.

El feminismo unifica una serie de ideas muy específicas sobre lo femenino que merecen no solo ser llamadas de alguna forma, sino aglutinarse bajo un pensamiento político y cultural específico. ¿Por qué un movimiento de mujeres para mujeres no puede prosperar sin necesidad de justificarse? Para Gillet lo necesita y esa justificación pasa por el escándalo y la polémica absurda. Pero para la mayoría de las feministas, solo queremos trabajar.

Y lo hacemos, cada día, lo mejor que podemos, de todas las maneras a nuestro alcance. Quizás el sentido más profundo de un movimiento político semejante.

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