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24/01/2018 7:00 AM CST | Actualizado 24/01/2018 7:00 AM CST

Ese viejo prejuicio que te persigue hasta la adultez

FatCamera via Getty Images
La identidad de la mujer se ve sometida a toda una serie de reconstrucciones y presiones que sin duda provienen de esa noción sobre el sexo "débil".

Cuando era niña, mi primo mayor solía burlarse de mí. Era un niño irritante, convencido que las niñas en general eran chillonas, malcriadas y fastidiosas. La idea de jugar como "una niña" le resultaba desagradable. No importa que mis juguetes  — piezas de legos, un laboratorio en miniatura y una vieja bicicleta — fueran tan parecidos a los suyos como para confundirse, que yo fuera más hábil que él en casi todos y que la mayoría de las veces, nos divirtiéramos. Para él, una niña era una criatura absurda e incomprensible, alguien a quien debía cuidar y la mayoría de las veces, tolerar. Y eso último, no lo hacía muy bien.

— ¡Es que para las niñas, todo debe ser bonito y limpio! ¿No se fastidian? — me gritó en una ocasión, impaciente por esperarme mientras me cambiaba las medias, húmedas y llenas de barro luego de correr descalza por el jardín de mi abuela. Lo miré, asombrada.

 — ¿A ti no te fastidian las medias sucias?

Sabía que sí. De hecho mi primo era un niño muy melindroso que le gustaba llevar los zapatos limpios y se cepillaba los dientes después de comer sin que nadie se lo ordenara.

— Es otra cosa  — me dijo chasqueando la lengua —  cuando uno hace las cosas como una niña, siempre tiene que estar bonito y bien arreglado.

— No es verdad.

— ¡Claro que sí! ¡Todas son así!

— Yo no lo soy — le respondí ofendida. Y es que seguía sin comprender verdaderamente por qué le molestaba tanto que yo hiciera las mismas cosas que él, solo que en mi caso, parecían fastidiarle únicamente porque yo era una niña. Era un prejuicio tan simple como primitivo y que sin embargo, no era la primera vez que escuchaba.

Porque a pesar de mis diez años inocentes, sabía muy bien que la mayoría de las niños pensaban de la misma forma, me miraban de la misma manera y de hecho, opinaban sobre mi cosas muy parecidas a la de mi primo. Porque ser "niña" es un estigma, al manos a cierta edad y uno muy definido, que duele lo suficiente como para recordarlo y además que demuestra que la cultura en la que nací y crecí, continúa considerando a la mujer débil, frágil, confusa y lo que es aún peor, inferior a su contraparte masculino.

Me encontré preguntándome si me habrían dado los mismos consejos de ser un hombre o habrían considerado podría necesitarlo.

Recordé esa escena mucho después siendo una mujer adulta. Cuando tenía veintitrés años, pensé por primera vez en comprar un automóvil. De inmediato, me tropecé con la incredulidad de varios de mis amigos y parientes.

 — No necesitas un automóvil, con el metro te debería bastar — me recriminó un amigo que por cierto, acababa de comprar uno hacia poco menos de un año — ¿Para qué quieres preocuparte por todo lo que implica? Tendrás que comenzar a pensar en talleres, repuestos.

— ¿Tú lo haces no? — pregunté. Me miró sorprendido.

— ¿Qué tiene que ver?

— Que no creo que debería de abandonar el proyecto solo porque me traerá una serie de preocupaciones nuevas, también me traerá toda una nueva serie de ventajas.

— Sí, pero no creo que lo necesites.

— ¿Tú si lo necesitas?

— Es distinto.

— ¿Por qué es distinto?

Nunca pudo explicármelo. Entre consejos brumosos y puntos de vistas más o menos técnicos, me dejó claro que tal vez, no estaba "preparada" para asumir lo que significaba la responsabilidad de tener un automóvil en un país como el mío. No parecía importar mucho que tuviera casi su misma edad, los mismos ingresos económicos y que de hecho, tuviera las mismas razones que él para haber hecho un considerable esfuerzo financiero en comprar un vehículo último modelo.

Alguien que conozco se apresuró a felicitarme por "haber tomado una decisión sentada" y agregó muy ufano: "Las mujeres no necesitan un automóvil si tienen un hombre que las lleve".

Para mi amigo, el tema parecía transcurrir por otros derroteros, mucho más brumosos y menos comprensibles. Y es que el hecho que una mujer necesitara un automóvil solo para facilitarse la vida en una ciudad complicada como la mía, no parecía ser muy comprensible. De hecho, recibí "consejos" semejantes con frecuencia, hasta que preocupada y desconcertada, decidí aplazar la decisión. Alguien que conozco se apresuró a felicitarme por "haber tomado una decisión sentada" y agregó muy ufano: "Las mujeres no necesitan un automóvil si tienen un hombre que las lleve".

La frase me inquietó por meses. Resumía toda esa opinión que sugiere que el criterio de la mujer no es especialmente acertado y que siempre puede someterse a discusiones. Más de una vez, me encontré preguntándome si me habrían dado los mismos consejos de ser un hombre o habrían considerado podría necesitarlo. Después de todo, en mi país, se considera necesario que un hombre aprenda a conducir durante los primeros años de la adolescencia. La mujer puede esperar y de hecho no se considera imprescindible. O como me dijo el padre de una buena amiga, muy ufano "un capricho malcriado".

Después de episodios semejantes, te preguntas con frecuencia qué ocurre con el concepto de la feminidad en un mundo que lo menosprecia de origen. En una cultura donde la mujer parece siempre se subestima en favor de una interpretación histórica que se conserva a pesar de la evidencia. Y el problema parece ser aún más grave: la identidad de la mujer se ve sometida a toda una serie de reconstrucciones y presiones que sin duda provienen de esa noción sobre el sexo "débil". La mujer que debe ser cuidada, protegida. La mujer frágil que debe ser aconsejada y cuya opinión debe interpretarse siempre a medias.

Aguardé. Sabía que diría a continuación, aunque no lo hizo. Y es que probablemente, él tampoco sabía con exactitud de donde provenía ese cuestionamiento acerca de mi habilidad  — o no —  para conducir o la insistente certeza que a mí me llevaría mucho más esfuerzo que al mismo hacerlo. Ese silencio, fue sumamente desconcertante y aún más, doloroso. Porque demostró que el prejuicio es mucho más viejo, sutil y complejo de lo que suponemos en primer lugar o más aún, de lo que asumimos pueda sustentarlo como idea concreta.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.