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07/03/2018 6:00 AM CST | Actualizado 07/03/2018 6:00 AM CST

El rostro hipócrita del Oscar

Lucas Jackson / Reuters

El cine nos convierte en una gran aldea. La idea se me ocurre casi al filo de la medianoche, cuando todo mi TimeLine de Twitter debate a coro sobre las incidencias de la entrega de premios Oscar, que este año alcanzó su edición número noventa y que para la ocasión, parece hacer especial énfasis en la inclusión. Para bien o para mal, el cine es una gran caja de resonancia sobre lo que somos y deseamos ser, sobre lo que esperamos crear pero sobre todo, lo que aspiramos en ideal esperanza ingenua.

Por ese motivo, me ha preocupado durante años que el cine comercial y mayoritario parezca solo reflejar un trozo de la realidad: una mirada sobre hombres heterosexuales blancos anglosajones (y en mucho menor escala, su contraparte femenina) que convierten la propuesta cinematográfica en un pequeño fragmento de un todo más completo. O al menos, así parecía serlo hasta el año pasado, cuando la polémica inundó los Oscar (con todas las implicaciones que eso conlleva) y sacudió esa noción firme sobre lo que el cine podía o debía ser.

De pronto, la necesidad de la inclusión y sobre todo la diversidad, estaba en todas partes, luego de la protesta por una selección de nominados tan blancos como para remover el inevitable resquemor del racismo, siempre a medio camino entre el prejuicio y el miedo en una sociedad como la estadounidense. O esa notoria ausencia de mujeres, en todos los rubros y apartados, que comenzó a presionar como un magma silencioso y muy cerca del punto de ebullición, hasta que movimientos como #MeToo y #TimesUp tomaron la palestra para visibilizar el rostro monstruoso de un Hollywood de pesadilla. Entre ambas cosas, la ceremonia número noventa de los premios más notorios de la industria del cine se convirtió en una ocasión señalada para medir la influencia de las nuevas vertientes y visiones sobre la identidad de lo cinematográfico. Y el resultado es el inmediato cuestionamiento sobre la trascendencia de las iniciativas. ¿Es suficiente que el Oscar  — la industria del cine —  levante el banderín de la inclusión solo por una noche?

Por supuesto, la ceremonia del Oscar es solo entretenimiento. Lo sé como fanática del cine y como crítica especializada en el tema. Pero también es un reflejo de lo que internamente ocurre detrás de bambalinas. La ceremonia muestra los avances, evoluciones y dolores de una industria que sobrevive gracias a su capacidad de reinvención y lo hace además, muy consciente del público que es su principal sostén y motivo de existencia. Pero el Oscar, es además, una vitrina para la especulación. Como Chris Rock burlándose del racismo de puertas adentro sobre el escenario hace dos años atrás o Patricia Arquette, exigiendo presencia femenina estatuilla dorada en mano, la percepción sobre lo que el premio simboliza se hace más notoria esa única noche del año en que es un podio visible para la denuncia. Un fotograma congelado de lo que ocurre durante un año en el cine como lenguaje, como espejo, ventana y puerta hacia lo que somos y como nos comprendemos en realidad.

Es obvio que ese sobresalto y esa sensación de bienvenida reivindicación, habla que no está ocurriendo con frecuencia y que cuando lo hace, es poco menos que artificial.

El Oscar 2018 será recordado por decir muy poco a pesar de parecer que intentaba hacer algo más que mostrar un anuncio de cierta consciencia social. Desde las nominaciones llenas de diversidad y sobre todo, un percepción muy clara de la diversidad, hasta esa nota curiosa de obtener una percepción de lo que vivimos a través de medidos golpes de efecto. Como esa magnífica Frances McDormand, sin maquillaje y el cabello el desorden, pidiendo al resto de las nominadas ponerse en pie  — "¡Meryl, si lo haces tú, lo harán todas!" —  para dejar claro que el tiempo en que las mujeres acudían a citas confusas de hoteles con productores depravados había acabado. Un mensaje claro, duro y espontáneo que convirtió a la ceremonia en esa vocería inmediata a lo que está ocurriendo detrás de cámara. Al mundo real detrás del escenario.

Pero ¿fue suficiente? Seguro que no. Aún continuamos asombrados porque un hombre afroamericano haya obtenido el Oscar al mejor guión original o que una mujer esté nominada en el rubro de mejor fotografía. Como si fueran excepciones, concesiones y temores no demasiado claros. De pronto, es obvio que ese sobresalto y esa sensación de bienvenida reivindicación, habla que no está ocurriendo con frecuencia y que cuando lo hace, es poco menos que artificial.

Lupita Nyong'o, mexicana con raíces kenianas, y Kumail Nanjiani, pakistaní criado en Iowa, hablaron en favor de los "soñadores", esa porción de más de 800 mil inmigrantes indocumentados que llegaron a EU siendo menores de edad, y a los que Donald Trump quiso deportar del país por todo medio legal posible. Pero lo hicieron en una brevísima intervención, confusa y un tanto fragmentada en medio de canciones, espectáculos y chistes. "Se va abriendo un nuevo camino, los cambios están impulsados por nuevas voces, un coro que recita Time's Up" insistieron Ashley Judd, Salma Hayek y Annabella Sciorra, sobrevivientes a los abusos de Harvey Weinstein y convertidas en rostros visibles de la lucha.

¿Pero habrá cambios reales? La pregunta es incómoda sobre todo cuando analizas las cifras que solo 11% de la producción del cine está dirigida por mujeres, que la brecha salarial sigue siendo descomunal y que la mujer objeto sigue siendo el pan de cada día en la pantalla grande. Lo mismo con la representatividad racial y étnica.

Así que cuando el telón cae, es imposible no recordar que desde la década de los cincuenta, los Premios Oscar han tenido galas reivindicativas que han atacado la discriminación, el racismo y en menor medida el racismo. Todas llenas de buenas intenciones, todas llenas de grandes proclamas para el futuro. Pero que nunca fueron otra cosa que espejismos. Un escándalo apropiado que terminó convirtiéndose en una mera anécdota. ¿Ocurrirá lo mismo este año? Apago el televisor, con una rara sensación de urgencia y decepción. ¿Habremos aprendido la lección?

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.