EL BLOG
13/02/2019 9:00 AM CST | Actualizado 13/02/2019 12:03 PM CST

El miedo que solo una mujer puede entender

Mixmike via Getty Images
Una mujer siempre tiene miedo.

Cuando tenía 16 años, un desconocido me siguió por casi tres calles. Cada vez que me detenía y miraba hacia atrás, el hombre estaba allí, con una sonrisa torcida y expresión tranquila. Me triplicaba la edad y se tocaba la entrepierna en cada ocasión en que me descubrió volviendo la cabeza para asegurarme en qué lugar se encontraba. Eran las nueve y un poco más de la noche, había la suficiente iluminación para distinguir su rostro y había un buen número de transeúntes que caminaban de un lado a otro, hasta la cercana esquina en la que se encontraba una parada de autobús especialmente concurrida.

Pero aún así, sentí un temor imposible de describir a cabalidad. Temor porque el hombre pudiera echarme encima de mí y golpearme, llevarme a cualquier lugar. Temor porque quizás gritaría y nadie me prestaría atención. Temor porque no sabía qué hacer o qué ayuda pedir. El miedo me hizo sentir vértigo, calambres estomacales y al final, llorar. Una mujer entre las filas que esperaban el transporte público me observó preocupada y se acercó a donde me encontraba.

—¿Qué pasa niña?

—Me están siguiendo.

La mujer miró sobre mi cabeza hacia la calle más allá. No sé que vio pero entendió sin necesidad de otras palabras qué me ocurría. El terror que me hacía temblar. El motivo por el que tenía las manos húmedas de sudor nervioso. Me tomó del brazo y me mantuvo a su lado, hasta que ambas subimos al autobús.

Durante esos interminables quince minutos de espera, no miré de nuevo hacía atrás, no me atreví a preguntarle si había visto algo. Finalmente, dentro del vehículo, me atreví a mirar por la ventana. El hombre había desaparecido o al menos, yo no podía verlo.

—¿Lo ves desde aquí? — me preguntó la mujer.

—No, ¿usted lo vio? ¿Vio como...? — no me atreví a decir "cómo se tocaba".

—No —dijo la mujer— pero me ha pasado más de una vez. A todas, creo.

"A todas, creo". Esa frase me acompañó por semanas. La pensaba en los momentos en que caminaba por la calle y echaba miradas nerviosas sobre el hombro, solo para comprobar el desconocido no había vuelto. La recordaba en el subterráneo de mi ciudad, incómoda y rígida en mitad de una apretada multitud, evitando que los hombres a mi alrededor pudieran rozarme o tocarme. Se hizo muy vívida y presente, cuando le conté a una de mis amigas lo que había sucedido con el desconocido semanas atrás y se echó a reír. Una carcajada amarga y sin humor. Tenía unos cuantos años más que yo y esa risa —esa amago de humor trágico— me hizo sentir muy niña y vulnerable.

—¿Es la primera vez que te pasa?

—¿Cómo que la primera?

—Te va a pasar cada rato —suspiró— ¿No te pasa ya? ¿No te dice tu mamá que no lleves faldas cortas? ¿Que avisas al llegar o al salir? ¿Que tengas cuidado con todo lo que pasa a tu alrededor? Que un tipo asqueroso te siguiera es una de las miles de cosas que te van a pasar. Te va a pasar siempre.

A la distancia, me provoca un escalofrío mi inocencia. O mejor dicho, la idea básica que hasta esa conversación, no caí en cuenta de algo muy sencillo: siempre había tenido miedo. Lo supiera o no, fuera obvio o no. Miedo siempre, a la calle semivacía con dos hombres conversando junto a una pared. Miedo al tipo de pie en el ascensor que me mira al subir con una carga de intencionada y desagradable atención que no he pedido. Miedo cuando escucho silbidos, insinuaciones, comentarios subidos de tono. Miedo, a toda hora. Miedo a cosas que ni sabía que existían. Miedo a hombres que pudiera seguirme por la calle mientras se tocaban los genitales, mientras el resto de la gente a su alrededor miraba a otra parte.

"Te va a pasar siempre". ¿Qué cosa? ¿el miedo? Sí. Una mujer siempre tiene miedo. Lo pienso cuando leo la noticia que la Audiencia de Lleida (España) condenó a la pena mínima a un hombre que abusó de una mujer con discapacidad, porque a juicio del juez, la víctima "no se defendió lo suficiente".

¿Algún hombre debe temer ser violado por el mero hecho de serlo?

Cuánto miedo da eso. Uno oscuro, puro y que proviene de la conciencia cierta que una mujer siempre se encuentra bajo riesgo, a punto de convertirse en una estadística. ¿No se defendió lo suficiente? me digo petrificada de angustia. Leo la noticia una y otra vez. ¿Qué debió hacer una víctima violentada y golpeada? Según relata el artículo, el hombre la amedrentó, abofeteó y sujeto con tiras de tela. Ella gritó, luchó. Pero al parecer no con la suficiente firmeza. ¿Qué otra cosa pudo la víctima hacer para protegerse? ¿Quién analiza algo semejante? Miedo. El miedo de todo lo que acecha a una mujer. El miedo a todo lo que debe enfrentar por el solo hecho de la cultura que normaliza la agresión como algo de todos los días.

Hará unos meses, escribí un artículo sobre este tema. Y uno de los habituales comentaristas de internet comentó de inmediato "Cuando dejen de victimizarse, hablamos". Victimizarse, bien. ¿Victimizarse? lo pienso mientras camino con paso rápido y torpe por el enorme estacionamiento de un centro comercial de mi ciudad. Son las tres de la tarde y hace poco, una mujer fue agredida por un hombre que casi le asesina estrangulándola. Nadie la escuchó gritar. Pienso en todas las noticias sobre violaciones, asaltos, secuestros. "También lo sufren los hombres" diría el mismo interlocutor anónimo. Claro, nadie lo duda.

¿Pero debe un hombre temer que por su manera de vestir alguien le golpeará y le agredirá sexualmente? ¿Algún hombre ha sentido el pánico que provocan los silbidos en la calle, las frases sexualmente explícitas? Pero vamos más allá. ¿Algún hombre debe temer ser violado por el mero hecho de serlo? ¿Algún hombre debe temer alguna vez que será maltratado, herido, violentado y nadie pensará que debe hacerse justicia sólo por su género?

¿Qué podría haberme ocurrido? Esa es la pregunta que hace que los ojos se me llenen de lágrimas.

Durante el fin de semana anterior al cuatro de febrero, una joven de dieciocho años fue violada por seis hombres en nave industrial en Can Feu, Sabadell (España). La víctima se encontraba con un grupo de amigos, cuando decidió volver sola a casa. El grupo de desconocidos la interceptó la llevó al lugar, en donde tres de ellos le agredieron y otros tres "solo miraron". Al final, logró escapar y llegar a la policía en busca de resguardo.

La noticia está inundada de comentarios: ¿Qué hacía una mujer sola durante la noche? ¿Por qué ha salido a beber? ¡Quién sabe cómo está vestida! Los leo y los ojos se me llenan de lágrimas. El testimonio de la víctima se incluye en la noticia y hay un párrafo que leo una y otra vez "caminaba por una calle y un desconocido comenzó a seguirla". ¿Qué habría ocurrido conmigo hace tantos años de no haber...? ¿Qué cosa? Los comentarios saltan como insultos: "Si una mujer no quiere que la violen, pues que no salga de su casa" dice alguien.

Y de nuevo: "Qué manera de victimizarse", dice alguien. ¿Habrían dicho lo mismo sobre mí? ¿De la muchacha de jeans y camiseta que caminaba a casa cuando un hombre decidió que bien valía el intento de...? ¿Qué podría haberme ocurrido? Esa es la pregunta que hace que los ojos se me llenen de lágrimas. Que sienta el miedo, el miedo de siempre. El miedo de la muchacha que fui, de la mujer en que me convertí. El miedo de todos los días, el miedo que no tiene nombre. El miedo que solo una mujer puede entender a cabalidad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

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