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20/12/2017 5:00 AM CST | Actualizado 20/12/2017 8:10 AM CST

El espejo deforme en el que todas nos miramos

domoyega via Getty Images

Durante los últimos meses se ha cuestionado, con lamentable frecuencia, la credibilidad de las mujeres que denuncian abusos sexuales. Desde el cuestionamiento a lo que se insiste es un "inexplicable periodo de tiempo" para la denuncia hasta lo que se asume como "una evidente necesidad de reconocimiento", la forma en la que se analizan las acusaciones de abuso y acoso tiene mucho de estigma moral contra la mujer.

Incluso se ha llegado a sugerir, que la mayoría de las acusaciones tienen una directa relación con "la hipersensibilidad femenina" y la posibilidad que a juzgar por la "histeria colectiva acerca del abuso", cualquiera podría ser acusado de "acosador" sólo por besar y tocar de manera "cariñosa". Que muchas veces, la mujer quizás no puede "hacer grandes diferencias" entre lo romántico y lo sexual.

Como es natural, tales afirmaciones me han producido una profunda sensación de angustia por las docenas de tópicos y también de estereotipos que parece resumir. La mujer histérica, aplastada por la "debilidad" de su capacidad emocional. Continúa asombrándome que aún en la segunda década del siglo XXI la percepción sobre la supuesta debilidad, fragilidad y vulnerabilidad de lo femenino siga siendo moneda común. Una especie de percepción distorsionada e irreal sobre lo que la mujer puede ser.

¿Cómo comprende lo femenino nuestro siglo? La idea me obsesiona, de manera que me dedico a analizar la forma en que la cultura estructura y sostiene la visión sobre la mujer. Investigo, leyendo artículos, textos, opiniones de personalidades públicas. Todo tipo de noticias de actualidad. Incluso voy más allá: desmenuzo lo que se comenta en mis redes sociales, la manera como se percibe el mundo femenino en esa gran conversación universal.

Soy feminista por el simple hecho que considero que la identidad femenina necesita un replanteamiento dentro de lo social.

Y me sobresaltan los innumerables mensajes que le recuerdan a la mujer su minusvalía, o lo que se asume como rol tradicional. Mujeres que llaman a otras putas, que critican su aspecto físico. Artículos que te enseñan o te recuerdan cómo complacer un hombre. Cursilísimos textos sobre la lactancia y la maternidad, que insisten en que la mujer debe asumir su rol biológico se sienta preparada o no. Mujeres que señalan, estigmatizan, golpean, disminuyen su identidad sexual en beneficio del estereotipo. Aún peor: la agresión estética parece insinuarse incluso en esa imagen idílica de la mujer "fuerte". Ella posee "todo", desde trabajo hasta una familia feliz, y se esfuerza por demostrar que puede sostenerlo.

Y me surge la pregunta, la de antes, la de siempre. ¿Qué ocurre si no quiero hacerlo? ¿Qué pasa si no DESEO ser parte de la estadística, el esquema, el estereotipo? ¿Qué pasa con la mujer que no es abnegada, sufrida, maternal, ni sexualmente tímida? ¿Que ocurre con la mujer que no tiene deseos ni intenciones de complacer? ¿Dónde encaja esa mujer real dentro de toda esta visión de lo femenino? ¿Por qué se señala y se estigmatiza a la inconforme? ¿A la que desea luchar por sus derechos? ¿A la que insiste sostener una visión mucho más amplia y compleja de la mujer?

Se trata de una reflexión dolorosa que muchas veces, se lleva a cabo con torpeza. Es algo más o menos como esto: Imagine usted que vive en un mundo donde históricamente se le considera inferior. No sólo a nivel social, sino a nivel cultural e incluso biológico. Una cultura que analiza su credibilidad, su opinión, su trasfondo intelectual a través de un rol social que usted no pidió tener y que mucho menos acepto, pero en el cual debe calzar.

¿Por qué se señala y se estigmatiza a la inconforme? ¿A la que desea luchar por sus derechos? ¿A la que insiste sostener una visión mucho más amplia y compleja de la mujer?

Ahora añada al hecho, que ese rol social la supone incapaz  — moral e intelectualmente —  de asumir sus responsabilidades éticas. Que insiste en considerarla una especie de elemento secundario. A esa mezcla peligrosa, añada un poco de una educación paternalista, que intenta protegerla de la "rudeza" del mundo exterior. Todo eso combínelo con un entramado legal que asume sus "fallas" y se elabora en consecuencia para "protegerla de ellas". Como si eso no fuera suficiente, imagine además que la religión que profesa, insiste también en menospreciarla. Incluso la figura divina de turno, le juzga a usted maliciosa y esencialmente "maligna".

A este panorama inquietante, ahora siga con el ejercicio de imaginación: como parte de ese mundo, usted decide que no desea ser menospreciado, ni mucho menos invisibilizado. Un día, tal vez presionado por las circunstancias o solamente porque analizó las ideas de manera suficiente, decide que usted merece tanto respeto y reconocimiento como el resto de quienes comparten con usted cultura y sociedad. Y comienza a defenderse.

Se rebela contra esa presunción que insiste usted debe considerarse en una condición secundaria. Imagine que la lucha incluye no solo su rol social, sino su educación, su familia y cualquier otro elemento que sea parte importante de su visión sobre el mundo. Y que toda esa idea, se menosprecie por considerarla "poco importante". Entonces, en medio de este debate, de esta lucha incesante, de esta necesidad de reivindicación, a usted se le adjudica un nombre. Un titulo, que muy pronto se convierte en anatema, en una especie de insulto solapado.

La mayoría de las veces que me reflexiono de esa manera en voz alta alguien me llama feminista. Y lo hace con un tono crítico que deja entrever, muy claro, que se trata de poco menos de un insulto. ¿Soy feminista? Sin duda, y lo soy por el simple hecho que considero que la identidad femenina necesita un replanteamiento dentro de lo social: la aceptación de la diferencia como parte de la inclusión intelectual. ¿Suena complejo? Lo es, claro. Pero aún más, es necesario. Y por ese motivo supongo, continuaré exigiendo que la mujer sea comprendida en su complejidad, su poder, su fuerza. La comprensión de la mujer más allá del estereotipo que la cultura construyó sobre ella.

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*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.