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06/06/2018 7:00 AM CDT | Actualizado 06/06/2018 8:14 AM CDT

El derecho a decidir y la mujer

Marcos Brindicci / Reuters
Irlanda y Argentina sostuvieron debates sobre el aborto.

Hace unos días vi una fotografía en la que casi un centenar de mujeres hacían fila en un aeropuerto para regresar a Irlanda y votar en el referéndum que decidiría la despenalización del aborto en el país. Mujeres muy jóvenes, que llegaban de todas partes de Europa e incluso América, con expresión resuelta y preocupada.

Las miré y pensé que, de alguna forma, ese gesto — esa noción sobre la importancia de lo que estaba a punto de suceder en su país — era quizás la metáfora más contundente sobre el poder de esa nueva consciencia de la mujer sobre su cuerpo, su historia y, sobre todo, su identidad.

Tuve la sensación de que la imagen era una alegoría a siglos de luchas, de silencio, anonimato, dolor, sumisión. Una forma de vencer algo más grande y doloroso que parece carecer de nombre pero con el que todas las mujeres debemos lidiar.

Ese prejuicio que parece sin duda insistir en que toda mujer carece de voz y voto sobre su intimidad, como si la individualidad fuera parte de una tradición que la sujeta y la transforma en otra cosa. Un rol colectivo del que difícilmente puede escapar.

El aborto es una palabra que remite de inmediato a una antigua y compleja discusión sobre el rol de la mujer, su capacidad para concebir y cuánto puede el Estado — o el poder establecido — ejercer presión para imponer un estereotipo que pesa sobre su individualidad. Hay un juicio moral inmediato, una interpretación sobre lo que sugiere que involucra y de manera directa, una serie de pareceres éticos y morales que, aparentemente, no admiten ningún tipo de excepción o justificación.

Para buena parte de la sociedad occidental, la palabra "aborto" remite a un crimen inquietante, a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social. Para una mujer, el aborto no debería ser una opción y su mera discusión se plantea como una situación ética confusa, turbia y la mayoría de las veces inadmisible.

Con frecuencia el aborto debe atravesar un tortuoso camino moral, ético y legal para ser comprendido como un derecho.

Para la gran mayoría de las personas, el aborto no implica una visión sobre la sexualidad y los derechos reproductivos femeninos, sino un concepto moral sin réplica alguna, mucho menos un matiz que permita una visión menos absoluta del término.

Con frecuencia el aborto debe atravesar un tortuoso camino moral, ético y legal para ser comprendido como un derecho. La discusión sobre la protección de la vida y la reflexión sobre las implicaciones de la decisión legal sobre la reproducción femenina pocas veces incluyen el bienestar de la madre, su estabilidad mental e incluso, su salud física.

Hace pocos días el congreso argentino discutió una ley que buscaba despenalizar el aborto, en medio de protestas y a una larga discusión moral sobre el tema. Al mismo tiempo, una niña de diez años violada y embarazada por su padrastro, parecía brindar rostro al debate y, además, hacerlo imprescindible, en medio de la concepción de los derechos de las mujeres sobre su capacidad para concebir y en última instancia, sobre su cuerpo.

¿Cómo puede debatirse e incluso tomarse decisiones que involucren la vida del feto sin tomar en consideración que pueda ocurrir con la madre que lo lleva en el vientre? ¿Hasta que punto la sociedad debate una decisión personal anteponiendo análisis morales antes de proponer una visión sensible sobre la condición de la mujer? La respuesta a ambas preguntas desconcierta pero sobre todo, preocupa. ¿Quién tiene el derecho a decidir sobre la capacidad de reproducción femenina?

A pesar que el aborto es un hecho traumático que deja secuelas psíquicas y físicas perdurables en la mujer, son pocos los gobiernos del mundo que deciden legislar no sobre la base moral, sino asegurándose de la protección de la mujer. Una buena parte de las sociedad considera al aborto como un crimen inexcusable.

Irlanda dio un paso adelante que sacudió las bases de un debate incómodo que pocos países desean sostener.

Tampoco es menos preocupante la perspectiva sobre las cifras que muestran un panorama para la mujer poco menos que agresivo: en el 56% de los países del mundo las violaciones tienen penas inferiores a 15 años, y los reos disfrutan de beneficios de libertad incondicional al quinto año. En el 67% de los países occidentales no existe un órgano de protección que asegure la salud mental y física de las víctimas de violación. No obstante, el 68% de los países del mundo tienen castigos punitivos a cualquier mujer que se practique el aborto, incluso en situaciones que pongan en riesgo su salud física y mental.

Irlanda dio un paso adelante que sacudió las bases de un debate incómodo que pocos países desean sostener. No sólo rompió con su pasado — y la mezcla de religión y Estado que imponía una única versión sobre el aborto — sino que envió al mundo un mensaje directo sobre el hecho que el cuerpo de la mujer merece ser asumido desde una percepción amplia sobre su identidad.

El "sí" en Irlanda triunfó en el campo y la ciudad, entre mujeres y hombres. De pronto, el país dejó muy claro que hay nueva corriente de pensamiento que sostiene a lo femenino como una mirada hacia el futuro y, sobre todo, una ruptura con viejos y dolorosos tabúes. Una forma nueva de comprender lo legal sobre lo moral, pero sobre todo una renovada consideración al hecho de la mujer como un individuo. Un nuevo avance para el feminismo global y para la mujer que lucha por su rostro frente a la historia y a la sociedad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.