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09/05/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 09/05/2018 6:00 AM CDT

Cuando debes ser tu propio héroe

Puedes ser tu propio tu propio héroe en un mundo de palabras.
yulkapopkova
Puedes ser tu propio tu propio héroe en un mundo de palabras.

Cuando eres mujer y latinoamericana, no hay muchas heroínas en las que puedas creer y confiar. O, al menos, no la que desearías encontrar: casi todas las grandes mujeres de nuestro continente fueron amantes de grandes próceres, la mujeres que acompañaron a los hombres poderosos.

Quizás con la honrosa excepción de Sor Juana Inés de la Cruz —escritora extraordinaria, pero también mujer religiosa y, por tanto, un estrato un tanto aparte de las mujeres admirables— hay pocos ejemplos que una niña cualquiera pueda seguir, sin hacerse preguntas porque la mujer debe ser madre, esposa o hija de alguien para formar parte de la historia.

Se trataba de una idea descorazonadora, porque con diez o doce años, deseaba una heroína que se pareciera a mí, en la que pudiera verme reflejada, pero sobre todo, que pudiera inspirarme. Tal vez por ese motivo no recuerdo cuándo empecé a pensar en que no había heroínas literarias que se parecieran a mí.

Me pregunté dónde encajaban las chicas como yo, que querían enamorarse — ¿quién no? — pero también querían viajar, descubrir reinos y planetas.

La primera vez que esto me preocupó tenía doce o trece años, y comencé a buscar entre mis libros favoritos a alguna mujer que me pareciera lo suficientemente valiente como admirar. Pero no la encontré: a cambio me tropecé con un montón de heroínas sufridas, angustiadas, agobiabas que deambulaban de un lado a otro de las historias, intentando alcanzar el amor verdadero, preocupadas por no tenerlo, sufriendo por haberlo perdido y, cuando no, esperando experimentarlo.

Incluso Doña Bárbara, el maravilloso personaje de Rómulo Gallegos, debatía su mera existencia entre un acto de violencia que la marcó siendo una niña y su amor desventurado por Santos Luzardo. Ni qué decir tienen las mujeres Buendía, arrasadas por la maldición de su apellido y esa noción tan tropical del patriarcado —aunque yo no sabía que se llamaba así— que García Márquez elaboró casi con ternura, como una cárcel para cada una de ellas.

Shutterstock / Timofeyev Alexander
Comencé a buscar entre mis libros favoritos a alguna mujer que me pareciera lo suficientemente valiente como admirar.

Me pregunté dónde encajaban las chicas como yo, que querían enamorarse —¿quién no?— pero también querían viajar, descubrir reinos y planetas. La que querían leer, fotografiar, tener sexo —ay, por favor, ¿lo pueden negar— y toda esa serie de cosas que las muy modosas heroínas de Jane Austen parecían desear, pero yo no. Me pregunté dónde estaban las mujeres que escribían algo más complicado que el amor, las mujeres que temían, que se asustaban, que odiaban y se enfurecían.

¿Qué ocurría con las mujeres que no aspiraban a ese amor reverenciado, poderoso, pasional? O que sí, pero no a costa de un sacrificio inmenso, del dolor, de la donación del yo. Era una adolescente y no lo pensé en esos términos, pero sí me inquietó ese pensamiento que toda mujer aspira a un romance ideal... y allí acaba la historia. Punto y aparte, fueron felices y comieron perdices. Las aves cantan, las ardillas corren por el bosque... ¿y?

Los viejos arquetipos se transformaron en algo incluso más confuso: en una idea de la mujer irreal y sobre todo, borrosa.

Siempre me inquietaba ese "¿y después que pasó?" por el que nadie parecía preocuparse en realidad. Y es que la página siguiente a la historia de amor parecía impensable. Después de todo ya nuestra sufrida heroína había obtenido el premio que había buscado durante toda la novela, o peor aún, el castigo por desearlo. ¿Se hacían más fuertes? ¿Qué tipo de vida llevaban? ¿Por qué no había heroínas que vivieran más allá del beso frente al altar? ¿Las fuertes, las rebeldes? ¿Las que quizás se iban a caballo?

Pero no había libros para esas heroínas. O al menos, yo no los encontré de inmediato. Seguí leyendo sobre mujeres aterradas, impactadas, frágiles, sumisas, preocupadas, tristes. Las esposas, las hijas, las invisibles. Me atormentaba la idea que la mujer literaria era quizás un reflejo muy exacto de la real, o, quizás, era incluso algo más complejo: una había dado paso a la otra para crear un tópico que se repetía con tanta frecuencia que llegó a tomarse por único. La doncella, la puta, la santa, la anciana.

Los viejos arquetipos se transformaron en algo incluso más confuso: en una idea de la mujer irreal y sobre todo, borrosa. En un molde de palabras, hechos e historia en el que pocas mujeres calzaban.

Me atormentaba la idea que la mujer literaria era quizás un reflejo muy exacto de la real.

Hasta que me tropecé con mujeres que me educaron en palabras. Tantas, que temo olvidar alguna. Desde Simone de Beauvoir, que me detalló que ser mujer es una decisión, Iris Murdoch, que supo que escribir era un dolor que nunca sana, hasta Doris Lessing, que se atrevió a llamarse escritora en un mundo que insistía en llamarla solo mujer.

Como Ursula K. LeGuin, que me recordó que la imaginación es un palacio de interminables habitaciones, o Hannah Arendt, que recordó que todo lo aparente es frágil e inexacto. O mi amada Susan Sontag, fría, distante, absolutamente extraordinaria, que viajó del dolor a la belleza con un esfuerzo supremo de su espíritu creador.

Una tras otra, crecí no solo en convicción —quiero creer— sino en la necesidad de seguir esa visión de mí misma que había sido difícil de concebir y que ya comenzaba a ser tan clara. Encontré que los héroes y las heroínas están en todas partes, y que las páginas de un libro son el reino de esa heroicidad sin límites de una mente libre.

Una vez leí que escribir es un sueño del que no se despierta. Durante todo este tiempo de libros y palabras he llegado a creer que más que eso, es un sueño que construyes a tu medida. Después de todo, pienso con una sonrisa, llena de palabras, de párrafos a punto de escribir, que soñar es de intrépidos y creer, de quienes asumen el poder de ser algo más que sus temores. Y que sin duda, puedes ser tu propio tu propio héroe en un mundo de palabras.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.