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07/06/2018 9:00 AM CDT | Actualizado 07/06/2018 1:21 PM CDT

Por qué 'Sex and the City' sigue teniendo un lugar en nuestro corazón 20 años después

Si algo tienen en común las cuatro es que son unas románticas de la amistad.
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Si algo tienen en común las cuatro es que son unas románticas de la amistad.

Fue un sábado por la noche de inicios de 2001 la primera vez que me topé con Sex and the City. Hacía zapping en la televisión cuando un diálogo de Cynthia Nixon atrapó mi atención. La actriz, activista y ahora también contendiente por la gubernatura de Nueva York interpretaba a una de cuatro amigas en la búsqueda del amor, el éxito profesional y la felicidad en Nueva York. Durante la escena en la que me topé con el programa, su personaje explicaba lo que era un Toxic Bachelor (soltero tóxico). Me divirtió tanto ese término que detuve mi exploración por la programación nocturna para ver qué más pasaría en aquel capítulo de una serie que nunca había visto pero que (no lo podía saber en ese momento), se volvería un referente de mi generación.

Mi fascinación fue tal que el siguiente fin de semana me encerré a convalecer de la extracción de las cuatro muelas del juicio, mientras devoraba episodio tras episodio la primera y segunda temporada que había comprado en DVD. Y así fue como me convertí en la fanática más acérrima de Sex and the City. Y mi fanatismo ciego me ha llevado a ver incluso las dos terribles películas en las que evolucionó este culebrón emblemático de la millones de mujeres (y varios miles de hombres también) de la generación X.

Cuando hablo sobre Sex and the City con mujeres más jóvenes que yo, me da mucha tristeza que lo único que saben de la serie es por las películas, en donde solo quedaron las maquetas de lo que originalmente eran arquetipos complejos. Es muy lamentable que las heroínas nacidas de una colección de ensayos escritos por una mujer (Candace Bushnell) hayan terminado en aventuras exóticas que les inventan un grupo de guionistas (hombres) para resolver un par de historias de 120 minutos. Una boda que nunca debió suceder. Un inverosímil y decadente viaje a Dubai. Todo como pretexto a espectaculares producciones que una trama como la de Sex and the City indudablemente inspira, pero que dejan de lado la más importante de sus características: la de representar a mujeres que se cuestionaban todo e intentaban hacer las cosas de forma diferente.

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A mí 'Sex and the City' me ayudó a vivir mi soltería a los treintas sin la culpa de los prejuicios de la solterona. Valeria, 39 años.

Si bien Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) no era precisamente agraciada ni realmente simpática, tenía un gusto para vestir bastante cuestionable, era inmadura e irresponsable (tanto en lo personal como en lo laboral) y representaba la hembra-con-hambre-de-hombre-más-básica, tenía a su favor varias cosas. Por ejemplo, que era columnista de la vida sexual en Manhattan, que vivía de hacer lo que amaba y que era una mujer que, en general, se atrevía: a vestirse como le daba la gana, a salir con hombres de todo tipo, incluso más jóvenes que ella y también, a irse a vivir al otro lado del mundo por un hombre (hace falta valor), aunque terminara aceptando que había sido una terrible idea.

Samantha Jones, una mujer que (como la mismísima Kim Catrall declaró en esta entrevista) "no podría existir en la vida real", representaba la libertad sexual, la elección consciente de no enamorarse, de realizarse profesionalmente por sobre tener una pareja, de expresar abiertamente que no le interesaba tener hijos y que los de los demás le molestaban bastante.

¡La amoooo! Es una serie que me ayudó a abrir mi mente y quitarme muchos tapujos. Ana, 42 años.

Mi favorita personal era Miranda (Cynthia Nixon): muy poco interesada en lo típicamente femenino, cerebral, práctica y absolutamente escéptica del amor romántico. Abogada, especialista en dar órdenes y poseedora de un gran poder económico, una digna representante de a quienes yo llamo amazonas modernas: mujeres que lo pueden todo y que no se detienen ante nada. Y también fue la que contrajo matrimonio de manera más auténtica y menos cursi y la única que llega a tener un hijo (dentro de la serie).

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Por último, pero no por eso menos importante, Charlotte (Kristin Davis). Si bien ella representaba a la Susanita más mojigata que podría existir en Nueva York, víctima de la más pura idealización del amor romántico que sembraron las princesas clásicas de Disney, también era la personificación del equilibrio entre belleza e inteligencia. Además, una mujer cuyo amor por el arte se convierte en un negocio más que redituable en una exitosa galería. Y la gran lección que nos dejó Charlotte es que, si de buscar príncipes se trata, hay que coger con sapos.

Aunque las protagonistas vivían en Nueva York y rondaban los treinta años en la primera temporada de la serie, a mí, a mis veinticuatro en el otrora DF, me hablaba de una realidad muy cercana a la mía. Y lo mismo pasó con muchísimas mujeres alrededor del mundo.

Fueron los capítulos precisos que necesitábamos en esos momentos de nuestras vidas. Lo que podíamos estar viviendo desde distintas perspectivas.Rebeca

A pesar de lo que podamos opinar de los personajes con nuestra óptica ultrafeminista actual —en la que las podemos ver patéticas, superfluas y sumisas— la verdad es que las protagonistas de Sex and the City resultan entrañables porque a pesar de vivir en un medio hostil y crudo como lo es la ciudad de Nueva York en términos emocionales, si algo tienen en común las cuatro es que son unas románticas de la amistad. Y eso, aunado a sus atrevimientos individuales y colectivos, fue lo que les mereció un lugar permanente en nuestro corazón.

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