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27/07/2018 9:00 AM CDT | Actualizado 27/07/2018 10:36 AM CDT

Ni se te ocurra tener un Airbnb dentro de tu propia casa

Getty Images/EyeEm
Tener un Airbnb es una experiencia bilateral, es casi como estar en un programa de intercambio cultural.

La casa siempre nos ha quedado grande. Ni porque ahora somos cuatro en lugar de los tres que llegamos, hemos logrado abarcarla. Durante casi ocho años el tercer piso estuvo desocupado. Es el mismo caso de varias de las casas de la cuadra: construcciones de otras épocas, para familias más numerosas y con conceptos distintos de habitabilidad.

Los vecinos con el nido vacío hace tiempo que rentaban sus habitaciones a estudiantes de las universidades cercanas. Un cuarto con baño, o un cuarto con derecho a usar el baño del pasillo y así las viudas o las parejas jubiladas han podido seguir viviendo en la casa que vio crecer a sus hijos. Nuestro caso era muy distinto. Llegamos con un niño de dos años y después tuvimos otro. Fantaseábamos con aprovechar todo el espacio algún día.

Pero pasaron los años y seguíamos con ese espacio muerto. Pensamos en hacer del tercer piso un departamento, pero para que fuera absolutamente independiente se necesitaba una obra mayor que además de costosa, sería invasiva. Implicaba convertir la casa en un miniedificio. Entonces supimos de Airbnb.

Un "no tienes de qué preocuparte" de la hermana de una amiga, que lleva tiempo recibiendo huéspedes dentro de su casa, me dio mucha seguridad para iniciar.

Vaya, ya lo conocíamos pero el caso siempre era una propiedad independiente. Un departamento, casita o cabañita a la que uno llega a vivir por un periodo de tiempo limitado, generalmente de vacaciones. La modalidad de rentar un cuarto dentro de una casa sonaba "poco elegante". Los comentarios siempre eran: "¿Pero vas a meter un extraño a tu casa?", "Ay no, qué poca privacidad" ,"¿Y no te da cosa con los niños?", "¿Qué tal que te roban?"

Todas esas inquietudes pasaban por mi mente y aunque los miedos hicieron que me la pensara muy bien antes de darle "publicar" a la propiedad en la página de Airbnb, el estudio ya estaba arreglado y muy listo para recibir huéspedes. Un "no tienes de qué preocuparte" de la hermana de una amiga, que lleva tiempo recibiendo huéspedes dentro de su casa, me dio mucha seguridad para iniciar.

Pasó solo una semana para que Prudence –una chica francesa de 24 años que estaba terminando un semestre de intercambio en la facultad de arquitectura en la UNAM– reservara una semana que terminaron siendo tres. Prudence llegó con el estrés propio de haber estado atorada en el tráfico de viernes por la tarde, pero con un enorme ramo de flores para su anfitriona, el cual incluía varios girasoles preciosos.

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Pru llegó a ser tan cercana a nosotros que cuando se asuentaba un par de días, los niños preguntaban por ella. Como buena parisina fumaba mucho y mientras lo hacía en el patio de la casa platicábamos de todo un poco y un sábado me enseñó a cocinar ratatouille.

Después llegó Sarah. Ella era una norteamericana que estaba en México estudiando español y a la que le gustaba cambiar de barrio cada mes para así conocer mejor la Ciudad de México. A diferencia de Pru, Sarah era muy discreta y reservada, pero me contó que tenía una empresa y que estaba viajando alrededor del mundo buscando experiencias. También que le avergonzaba mucho el gobierno de su país.

Ellas dos y Jackie, una chica mexicana que estaba remodelando su departamento, han sido las huéspedes de más larga estancia que hemos tenido. Además han estado por cortas temporadas Byungju (un chico coreano que estudiaba español aquí y con el que apenas y pudimos intercambiar unas cuantas palabras), Silvio y Rita (una pareja de investigadores brasileños que me enseñaron que si queremos que alguien regrese su casa, uno mismo debe abrirles la puerta cuando se van), Tracy (una señora que estaba visitando a su hija que estudia aquí y que elogió el feng shui del estudio) y Kaitlin y Dylan, (una pareja de jóvenes canadienses que estaban celebrando su segundo aniversario de novios en la CDMX y con los que hasta nos tomamos un par de mezcales).

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Para mí y para mi familia, tener un Airbnb dentro de la casa no solo no ha sido incómodo, sino que conocer a cada uno de nuestros huéspedes ha resultado interesante y divertido. No hemos sentido nuestra intimidad comprometida y sobra decir que no se nos ha "perdido" nada. Además, se ha tratado de huéspedes que ven su estancia en una casa como una manera de acercarse más a la cultura mexicana y de sentirse protegidos en una ciudad que puede resultar bastante intimidante para un extranjero.

Por eso este tipo de práctica resulta disfrutable. Es algo más allá de respetar reglas de convivencia. Es una experiencia bilateral que es casi como estar en un programa de intercambio cultural. La sensación que me queda después de nueve meses de hacerlo es que este modelo de negocio está basado en recobrar la confianza en la gente. Y eso es maravilloso.

Como ganancia adicional, en lugar de estar lleno de triques, el espacio ahora está siempre listo para ser utilizado (ya sea por huéspedes, por nosotros o por amigos nuestros). Y yo he descubierto a la Monica Geller que todo Virgo tiene dentro. Tener un cuarto de huéspedes es la manera más fácil de practicar la hospitalidad que siempre me ha gustado tanto prodigar. Tanto, ¡que todas las reseñas que tenemos son de cinco estrellas! FTW. Lo único malo es que este tipo de visitante pertenece a un target más reducido. Por eso, ni se te ocurra tener un Airbnb dentro de tu casa. Yo quiero a todos los turistas de ese tipo quedándose en mi casa. Si quieren ver nuestro estudio, pueden hacerlo dando click aquí.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la del HuffPost México.

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