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08/06/2018 11:00 PM CDT | Actualizado 09/06/2018 12:18 PM CDT

¿Suicida, yo?

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En medio de la oscuridad de la noche y de la mente, la ecuación de lo que tienes en la vida versus lo que perderías si te suicidas pierde la lógica

Yo jamás lo haría. Ni pensarlo. Quién sabe qué piensa la gente que lo hace. Están enfermos. ¿Yo? Ni que estuviera loca.

El lunes 7 de octubre del 2013 a las 6 am sonó el teléfono en mi casa. Era mi mamá. Alan, mi primo adorado de 22 años, se había suicidado.

Aún hoy, casi 5 años después, el simple hecho de escribir la palabra me genera un vacío en el alma. En ese momento el dolor fue insoportable. Sigue siendo. Oír de alguien que se suicida, por más ajeno que sea, me provoca un dolor físico.

Toda muerte es triste. Toda muerte de una persona joven es devastadora. Un suicidio, tiene, además, la acidez de la incomprensión, de la impotencia. Del tabú.

Hasta ese día —y tenía yo más de 40 años— no había conocido a ninguna persona común que se suicidara. Eso era algo para los trágicamente famosos, Kurt Cobain, Alfonsina Storni, Hemingway, no para la gente que comía los domingos en casa de mi abuelita.

Claro, había oído innumerables casos de personas que se tropezaron por accidente y cayeron de un balcón, o que sin querer se tomaron una dosis excesiva de un medicamento que había caducado, o que nadie sabía bien cómo habían muerto. Y nadie preguntaba. Tabú. Al parecer hasta al morir se tienen que mantener las buenas apariencias sociales.

Mi miedo más grande, después de la muerte de Alan, fue el cómo evitar que esto volviera a suceder en mi familia.

Cuando murió Alan una gran cantidad de gente se me acercó a preguntar si no era que estábamos mintiendo al decir que se suicidó y, en realidad, lo habían secuestrado y matado. Más fácil pensar que vivimos en un país de asesinos a aceptar que la mente humana es tristemente compleja.

Mi miedo más grande, después de la muerte de Alan, fue el cómo evitar que esto volviera a suceder en mi familia. Con mis hijos. Cómo inocularnos ante la posibilidad de que alguien se quitara la vida, de volver a vivir una tragedia así. "No hay garantías, nunca —me dijo la psicóloga con la que llevamos a mis hijos—, la única manera de reducir la posibilidad es hablar abiertamente del tema. Informarse. Quitar el miedo a decir las cosas directamente. Investigar. Leer. Que los niños lean y hablen. Que los adultos lean y hablen". Eso hicimos.

Un año después caí yo en una enorme depresión. Quizá el suicidio fue el detonador de una condición mental, probablemente genética, con la que siempre había vivido y que se hizo evidente. La idea del suicidio empezó a parecerme posible.

Nunca hubo un plan. Creo que nunca hay un plan. Creo que son simplemente situaciones que van llevando una a la otra a la otra hasta volverse irreversibles.

En la angustia del insomnio, en los episodios de infinita incomprensión de lo que estaba pasando en mi mente del "yo jamás lo haría" empecé a pensar en "y si..."

Sí yo. La chica súper poderosa, súper exitosa, súper cabrona. La que no le tiene miedo a nada.

¿Y si doy un volantazo en el segundo piso del Periférico? ¿Qué tan alto está el barandal de la terraza y si me asomo? ¿Cuánto Rivotril se necesitará? ¿Qué se sentirá? ¿En qué momento dejas de sentir? El escalofrío en la espina dorsal cuando te das cuenta en lo que estás pensando. Pero lo vuelves a pensar... y lo vuelves a pensar.

En medio de la oscuridad de la noche y la oscuridad de la mente, la ecuación de lo que tienes en la vida versus lo que perderías si te suicidas pierde la lógica. No existen listas de pros y contras. No existen las fotos en la mente de la familia feliz. Solo existe el ronroneo en la cabeza.

La chica súper asustada.

No sé qué es estar poseído por el diablo. Pero sí sé qué es estar poseída por los demonios. Incoherentes. Incomprensibles. Son los pensamientos más solitarios. Uno contra su espejo, un espejo de parque de divisiones en el que todo está distorsionado.

Nunca hubo un plan. Creo que nunca hay un plan. Creo que son simplemente situaciones que van llevando una a la otra a la otra hasta volverse irreversibles.

En mi mente en algún momento el espiral de descenso se detuvo. No sé por qué. Por estar bien medicada. Por tener un equipo profesional de apoyo increíble. Por tener una familia espectacular. Y por suerte. Por la enorme suerte (tristemente) de haber vivido tan cerca el suicidio de una persona tan cercana. Por haber leído del tema sin rodeos. Por saber que es una realidad. Por entender que no son solo los "locos" los que se suicidan, somos todos. Tú. Yo. Anthony Bourdain. Mis hijos. Tus hijos. Todos nos podemos suicidar.

Quizá el haber vivido de tan cerca un suicidio salvó mi vida.

(En los últimos 15 años la tasa de suicidios en México se ha duplicado, incluso sin tomar en cuenta todos aquellos suicidios que no son reportados como tal. Hablemos del tema).

Si crees que tienes algún padecimiento mental y necesitas ayuda, es completamente válido y necesario consultar a un especialista. Estas son algunas sugerencias:

- La Facultad de Psicología de la UNAM ofrece ayuda telefónica, pero también tiene un programa de terapias presenciales. Consulta más información aquí.

- El Hospital de las Emociones, del gobierno de Ciudad de México, tiene cinco sedes.

- El Instituto de las Mujeres del gobierno de Ciudad de México ofrece apoyo psicológico y jurídico a las mujeres.

- El Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino ofrece atención de urgencias, las 24 horas.

- Al teléfono 56 22 22 88.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.