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16/11/2018 3:18 AM CST | Actualizado 16/11/2018 4:35 AM CST

El escape de las familias que huyeron de los cárteles amapoleros de Guerrero

Un enfrentamiento entre grupos del crimen organizado realizado a principios de esta semana ha dejado un largo secuestro que sigue hasta este viernes

Armas decomisadas en 2015 a un grupo armado de la sierra amapolera de Guerrero.
JOSE I. HERNANDEZ / CUARTOSCURO.COM
Armas decomisadas en 2015 a un grupo armado de la sierra amapolera de Guerrero.

Esta historia sobre un largo secuestro en el sur de México, y su angustioso escape, tiene como clímax un rasgo en común que tienen otras historias relacionadas con el crimen organizado en este pedazo del país: los más pobres resultaron los más afectados, incluso tratándose de habitantes de una zona ya empobrecida, como lo es la sierra amapolera de Guerrero.

El 11 de noviembre pasado, cerca de la 1 de la tarde, las zonas montañosas que rodean a los municipios de Chilpancingo y Leonardo Bravo vieron interrumpida la paz artificial que se sentía aquel domingo. Desde lejos, el ronrroneo de los motores anunciaba que algo inusual estaba por suceder.

Los habitantes de esa zona, históricamente una región donde se siembra amapola de alta calidad que luego se transforma en cocaína, heroína y recientemente en fentanilo, vieron en el horizonte un desfile de camionetas con unos 400 hombres armados. Era un comando armado hasta los dientes, blandiendo sus cuernos de chivo y enfilándose hasta una pequeña comunidad de sembradores de amapola conocida como Filo de Caballos.

Los hombres forman parte de una falsa policía comunitaria que desde hace años responde a las órdenes de Onésimo Marquina Chapa, el Necho, líder del autodenominado Cártel Sierra Unida.

El Necho había juntado la noche anterior a su ejército de heroinómanos violentos para expulsar de la sierra amapolera a los hombres de otro capo llamado Isaac Celis, el Señor de la I, jefe del Cártel del Sur. El pretexto que daría a las autoridades de Guerrero, para mantener al margen a la policía, es que limpiarían la zona de delincuentes comunes, como extorsionadores y ladrones.

En realidad, ambos grupos llevan años disputándose esa zona de la sierra, donde los que cosechan la amapola no se llaman a sí mismos narcotraficantes, sino campesinos. Si pudieran vivir de sembrar maíz y frijol, lo harían. Pero el kilo de maíz se les paga a 3 pesos y el de amapola, en tiempos recientes, a 9 pesos.

La irrupción del Cártel Sierra Unida a los territorios que domina el Cártel del Sur fue feroz. El comando de sicarios entró a la comunidad de Filo de Caballos disparando a lo que se moviera. También aventaron bombas molotov y hasta granadas. Prendieron las calles con gasolina. Al comisario de Filo de Caballos, Alfonso González, lo secuestraron y torturaron. Una familia entera fue acribillada. Y la cifra de muertos es de, al menos, siete personas, aunque podrían ser muchos más.

Unas 100 familias, las de mejor posición económica, lograron huir. Entre la confusión de la balacera, y aprovechando los enfrentamientos en las zonas más alejadas, usaron sus autos para escapar del pueblo en la madrugada del lunes. Para evitar ser interceptados por los caminos que domina el narco, muchos estacionaron sus coches hasta donde creyeron seguro y comenzaron a caminar hasta 10 kilómetros en la negrura de la sierra, cargando niños, adultos mayores y llevando en bolsas de plástico la poca ropa que tienen. Así, llegaron hasta la cabecera municipal de Chichihualco, donde ahora mismo necesitan de manera urgente asilo, comida, colchonetas, cobijas y atención médica.

Los relatos de su huida esta semana son de terror: niños llorando que se tapaban la boca para que los sicarios no escucharan su llanto y fueran por ellos; madres agotadas que cargaban a sus bebés mientras se balanceaban a ciegas por los despeñaderos de la sierra; hombres sudorosos de miedo ondenando machetes en la madrugada para tratar de defender a su familia de una bala perdida. Todo en una horripilante oscuridad y en un silencio que solo se rompía por ocasionales ráfagas de balas.

Esos fueron los afortunados. Los "ricos del pueblo" que tenían cómo salir rápido. Los desafortunados, los pobres sin coche, no pudieron huir.

Cresencio Pacheco, un sembrador de amapola de 35 años y que empezó a cultivar desde los 9, líder de la zona, asegura que en las comunidades de Filo de Caballos, y otras más como Ranchito y Puentecillas, ahora mismo hay 500 hombres, mujeres y niños a los que el grupo armado no les permite salir del pueblo.

"Es un secuestro, es un secuestro, señor", cuenta desde Chichihualco, Guerrero, mediante notas de voz. "Tenemos familiares, amigos, gente querida en comunidades de la sierra que sabemos que están allá, a los que los grupos del crimen no los dejan salir y no sabemos cómo están. Ni siquiera sabemos si están vivos".

Hasta este jueves a medianoche, hay comunidades y rancherías sin luz porque los sicarios cortaron el suministro eléctrico. Tampoco internet porque los pistoleros tiraron las antenas de telecomunicaciones. Solo en algunas zonas el Ejército ha logrado entrar a poner orden, pero en las más alejadas, donde siguen familias enteras, nadie sabe qué ha pasado.

A cuentagotas, algunas familias han logrado llegar desde las comunidades alejadas hasta Filo de Caballos y pedir auxilio al ejército para llegar hasta Chichihualco con los demás desplazados. Pero muchos siguen retenidos ilegalmente.

Los que lograron consumar el angustioso escape de la sierra de amapola están desesperados: tras su éxodo improvisado, dejaron en sus casas ropa, dinero, muebles, el patrimonio de toda su vida. Hasta sus animales, que podrían ya estar muertos de hambre y frío, porque nadie los atiende. Les urge volver a sus casas, pero el gobierno de Guerrero no les ha podido garantizar un retorno sin sangre.

Pero lo que más les angustia son sus vecinos, los que no pudieron escapar con ellos. Los sembradores de amapola que quedaron varados en la balacera porque el miedo y la pobreza les paralizó los pies.