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07/09/2018 12:17 PM CDT | Actualizado 07/09/2018 1:17 PM CDT

Los Guerreros de la Mexicocina: Roberta Felipe, la cocinera que sí atendería a Trump

Oaxaqueña de origen, californiana por adopción. Esta cocinera tradicional en EU resiste gracias al cacao y el maíz

Óscar Balderas

Esta es la segunda entrega de cuatro de la serie Los Guerreros de la Mexicocina, que perfila a cocineras, chefs y empresarios mexicanos cuyo trabajo con la comida mexicana en Estados Unidos se planta con orgullo frente al discurso racista en la era de Donald Trump.

Primera entrega: Katsuji Tanabe, el chef que reta a Donald Trump

Cada madrugada en Los Ángeles, California, le recuerdan a Roberta Felipe lo lejos que está de Oaxaca. En donde vive no hay gallos que rompen el silencio de la noche, sino un ronrroneo suave de los coches y sus faros que iluminan letreros en inglés. Todos los días se levanta a las 3 de la mañana para hacer tejate, una bebida tradicional de su pueblo, Tlacolula de Matamoros, que le permite sobrevivir en Estados Unidos, a más de 3 mil 500 kilómetros de distancia de la casa donde nació.

Antes de que el sol se ponga, esta indígena zapoteca de 47 años se hinca en la sala como le enseñó su madre y durante cuatro horas no despega las rodillas de piso para moler cacao y maíz. Cuando el amasijo está listo, Roberta vierte agua fría y hielos en un recipiente para obtener unas 70 libras (30 kilos) de bebida, que vende en la calle a 5 dólares por vaso. En México puede parecer mucho dinero, pero debe vender 18 vasos al día apenas para igualar el salario mínimo de 8 horas al día de California. De la sed ajena, depende que ella y sus dos hijos coman y vistan.

Roberta enviudó hace dos meses. Cada mes paga una renta de mil 400 dólares por un departamento diminuto y, aún así, pudo enviar 3 mil dólares a Oaxaca para el funeral de su esposo. Cinco meses antes de eso, envió 2 mil dólares para el entierro de su suegro. Además, paga comida, ropa, escuela, internet, teléfono y todo lo que dos hijos adolescentes piden y quieren en una ciudad como Los Ángeles.

"¿Cuál es la receta para vivir y sobrevivir en la era Trump de Estados Unidos, siendo cocinera tradicional mexicana?", le preguntó y ella, vestida con un traje típico zapoteca bajo el sol abrasante de Long Beach, sonríe. "Trabajar duro, día y noche. Hoy me levanté a las 3 de la mañana. Y hasta las 12 me duermo. Tengo que hacer mi tajeate porque me gusta venderlo fresco".

Cuando se planta en la calle --una ubicación que no se debe revelar porque no tiene documentos migratorios--, Roberta no solo vende a mexicanos. Atiende afroamericanos, blancos, asiáticos. Frente a la iglesia donde instala su puesto ambulante es común ver largas filas de "gringos" que esperan esa bebida que pronuncia "tijaaaaateu".

"Cuando me compran y me dicen '¡qué rico tu tejate!', siento que dejo a México en alto", dice, orgullosa. "Se van con buena impresión de mi país. Siento que nos aprecian".

"¿Y si viniera Donald Trump, Roberta, y le pidiera un vaso de tejate? ¿Se lo vendería?".

Entonces, Roberta pone cara seria. Clava la mirada en el piso y piensa, piensa, piensa...

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Una semana antes de conocer a Roberta, durante el VI Foro Mundial Gastronómico del Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana, el procurador general de Estados Unidos, Jeff Sessions, cenó en un restaurante de comida mexicana y causó una gran polémica.

Sessions es uno de los grandes operadores de la política de separar familias hispanas para deportarlas por separado, como un castigo extremo por entrar a Estados Unidos sin papeles migratorios. Luego de cenar, el procurador pasó a la cocina del restaurante Cantina El Tiempo y se fotografió con el staff, mayoritamente latino. El establecimiento publicó la fotografía en redes sociales y la acompañó con un mensaje que presumía el "honor" de atender a un brazo derecho de Donald Trump. "Gracias por permitirnos servirle", remataba la publicación en Facebook.

La respuesta de la comunidad latina fue inmediata. Cientos de comentarios negativos obligaron al restaurante a disculparse y borrar la fotografía. Y Sessions no se salvó de la controversia: ¿se puede celebrar la riqueza cultural y, al mismo tiempo, dedicar tu trabajo a expulsarla de tu país?

No sería la primera vez que un alto funcionario de la actual administración en la Casa Blanca sería cuestionado por el mismo acto: en junio de este año, Kirstjen Nielsen, secretaria de Seguridad Nacional en Estados Unidos y principal promotora de la política de separación de familias, fue vista en un restaurante mexicano en Washington D.C.

La noticia se esparció por los teléfonos de decenas activistas, quienes se citaron en el restaurante para arruinarle la cena a Nielsen. "¡Si las familias mexicanas no pueden dormir en paz, tu no puedes cenar comida mexicana en paz!", le gritaron y obligaron a que dejara su plato y huyera del restaurante.

Leonard Gómez, académico de la Universidad de California, admite que la relación de su país con la comida mexicana es agridulce: hay unos 36 millones de mexicanos en Estados Unidos. Y uno de cada cuatro, según el Departamento del Trabajo, está en la industria gastronómica, solo debajo de la construcción y agricultura.

"Para miles, la comida es su propia forma de resistencia. La gente los ve mal, por encima del hombro, los maltrata... pero cuando ellos muestran la riqueza de su cultura a través de la comida, todo cambia. Al 'americano' le gusta lo que 'el mexicano' hace y después le parece indispensable. Se interesan, luego conocen y, finalmente, se enamoran".

"Y ahí está la clave para entender por qué es tan importante hacer resistencia con la comida mexicana: nadie expulsa lo que ama".

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Roberta Felipe siempre vende tejate con su traje típico. Esta mañana usa un mandil bordado con rosas de un carmesí brillante, una blusa rosa mexicana, unos listones rojísimos y unas trenzas que, dependiendo de su ánimo, le coronan la cabeza o las deja sueltas y rebeldes hasta la espalda. Es imposible no notarla. Y le encanta eso, aunque a miles de latinos indocumentados prefieren pasar desapercibidos para evitar una deportación.

"¿Por qué te vistes así para vender tejate?", le cuestiono a esta mujer invitada por el Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana para vender tejate en el Museo de Arte Latinoamericano de Long Beach. "Porque cuando se llevan mi tejate, quiero que estén seguros que se los vende una mujer oaxaqueña".

Ella llegó a México en 2001, luego de tres años de mirar hacia el norte, esperando que su esposo regresara de Estados Unidos. Cuando finalmente su esposo volvió, le dijo que su estancia en México sería temporal. Y ella, harta de esperarlo, le puso un últimatum: o nos vamos todos o nos quedamos todos.

La familia Felipe cruzó el Río Bravo unos meses antes de los atentados terroristas del 11 de septiembre de aquel año, cuando emigrar no era tan peligroso ni costoso. Hoy, aunque extraña su pueblo, Roberta no piensa en volver. Demasiada violencia, pobreza y machismo en México la repele.

"Allá en mi pueblo las mujeres no tenemos derecho a soñar. Cuando falta el maestro, hasta los papás se ponen contentos, porque dicen que estudiar no sirve de nada. Mis hijos están mejor aquí que allá", dice, mientras "mixea" el tejate. "Aquí estudian y yo trabajo para que todos sepan que lo hecho por mexicanos está bien hecho".

"Yo estoy trabajando, no como dice ese señor Trump que venimos a robar. No es cierto. Venimos a dar y a gastar aquí los dólares que ganamos. Ese señor está en contra de nosotros, pero nosotros no estamos en contra de este país", dice Roberta, ahora trilingüe: habla español, inglés y zapoteco.

"Oiga, Roberta, pero no me ha contestado: si viniera Trump, ¿usted le serviría un tejate?", le insisto y, ahora, se echa a reír.

"Sí, sí lo atendería... para que sepa de lo que se pierde. Yo no le niego nada a nadie. Yo actuaría completamente distinto a él para darle una lección, ¡le daría el mejor tejate!", dice Roberta, con esa media sonrisa, medio tímida, medio pícara, con la que siempre contesta.

"Pero no se lo regalaría. Que me pague mis 5 dólares y se forme en la fila".