MÉXICO
14/08/2018 2:32 PM CDT | Actualizado 14/08/2018 2:32 PM CDT

La lección de los niños triquis o el sencillo arte de jugar al basquet

Los niños triqui visitaron el Acuario Inbursa y el Museo Soumaya durante el primer Campamento Triqui de Basquetbol.

La segunda generación de los Campeones Descalzos de la Montaña de paseo en el Acuario Inbursa, el 13 de agosto de 2018.
JOSÉ BELTRÁN
La segunda generación de los Campeones Descalzos de la Montaña de paseo en el Acuario Inbursa, el 13 de agosto de 2018.

Quizá no sean conscientes por qué algunos los reconocen a donde quiera que vayan, por qué causan tanta admiración, por qué los fotografían mientras hacen lo que más le gusta y por qué los periodistas entrevistan a su entrenador. Casi todos han escuchado de ellos y para muchos son sinónimo de aplausos y sonrisas orgullosas. Para otros, son sinónimo de discriminación.

Es una mañana lluviosa y desde las ocho de la mañana se escuchan las pisadas, los balones pegando en la duela, los gritos. A esta hora casi no hay nadie en el Deportivo Guelatao de la delegación Cuauhtémoc, salvo niñas y niños de entre 10 y 15 años de edad jugando en la duela en el tercer piso de este edificio que parece urgido de renovación, pero que es la cancha soñada para esta familia que juega y vive en equipo y que será la antesala para uno de los mejores días de su vida.

No es un lunes cualquiera en el deportivo ubicado cerca de la zona de Garibaldi y el Mercado de La Lagunilla. Hoy es el penúltimo día del Primer Campamento Triqui de Basquetbol, que en esta ocasión permite que algunos niños indígenas y no indígenas de la capital del país practiquen nada más y nada menos que con la segunda generación de los Campeones Descalzos de la Montaña. Los protagonistas del lugar asombran por su velocidad, drible, precisión, por su baja estatura y su facilidad para anotar en canastas que triplican su tamaño, pero también porque entrenan descalzos, así acostumbran andar y jugar en Oaxaca, de donde son originarios.

JOSÉ BELTRÁN
Los niños triquis en el Deportivo Guelatao de la delegación Cuauhtémoc.

"En nuestra región se acostumbran a estar descalzos, no tienen ni tenis, a veces sus huarachitos, pero se acostumbran a estar descalzos para entrenar, ellos han nacido así y para ello es más comodidad", dice el entrenador Octavio Merino al inaugurar el campamento.

Este lunes, 13 de agosto, los más pequeños son quienes se resisten a usar esos incómodos calzados. De los trece del equipo mixto, los cinco niños delgados de 10 años de edad son quienes juegan a ras de duela. Las niñas de 13 años llevan puesto calzado, aunque eso sí, van uniformadas con sudaderas de Orgullo Triqui, como sus dos maestros.

Octavio cuenta que no solo se sienten más cómodos descalzos, sino que juegan mejor. Aunque han tenido permisos especiales en algunos torneos, en otros se han visto obligados a cumplir con la odiosa regla de usar tenis y "les cuesta trabajo", reconoce su entrenador en medio del entrenamiento.

Los chiquitos no pestañean mientras copian los ejercicios de Octavio. Meten el balón entre sus piernas, corren al siguiente cono, esconden el balón por detrás de ellos y continúan su camino para hacer un tiro de tres puntos. Lo consiguen fácilmente, como si midieran medio metro más. Después sacan fuerzas de quién sabe dónde y avientan el balón media cancha para que el siguiente jugador pueda hacer su rutina. Ellos corren de regreso, sin distracciones.

JOSÉ BELTRÁN
Los niños triquis juegan en el Deportivo Guelatao de la delegación Cuauhtémoc.

"Los había visto en la tele, pero los quería ver", dice una mujer de aproximadamente 40 años. Sentada sobre la duela, celebra cada anotación de los niños triquis. Ella cuenta que entrena dos veces por semana en el Deportivo Guelatao y que cuando su profesor le dijo que estarían ellos no dudó en venir a verlos. Además de sus porras en cada anotación, trae consigo una cubeta con dos bolsas de leche y bolillo, para sus pequeños héroes.

Los niños no se distraen del entrenamiento, pese a las cámaras que estorban sus dos intensas horas de ejercicio matutitno. Un camarógrafo se para enfrente de un niño de playera azul, short gris, que dejó sus sandalias en otro lado. Lo que importa para él es que el camarógrafo le impide ver el tesoro que pronto vendrá directamente a sus manos. Tras esquivarlo con la vista el camarógrafo se quita y el balón llega finalmente a sus manos y comienza el ejercicio.

En pleno entrenamiento, se hace el silencio. Todos los niños, tanto del equipo triqui como quienes entrenaron con ellos se detienen y acerca al entrenador. Es tiempo de abdominales. Hacen más de veinte a una velocidad que sorprende. Los niños triquis están acostumbrados, pues al día llegan a hacer 200, según cuenta Samantha Leyva, una de las niñas más grandes del equipo que junto con otras quinceañeras cuidan a los más pequeños, como si fueran sus hermanos.

Una señora observa desde las gradas el entrenamiento y corrige a su hijo Ale cuando no hace bien uno de los ejercicios, aunque no puede dejar de sentir admiración por las estrellas del lugar. Como si se tratara de LeBron James, pide a Ale que pose para la cámara con uno de los niños triqui. Él accede sin problema. Otra señora que está sentada en las gradas junto a la mamá de Ale recibe una llamada y sin quitar la vista de la cancha de basquetbol dice al teléfono: "Son increíbles".

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Los niños triqui son motivo de orgullo para un país que no es considerado una potencia en este deporte. Con pocos recursos, pero con con mucho entrenamiento, coraje y determinación, estos niños han conseguido campeonatos internacionales en Argentina y en España. En 2013, tras ganar el Festival Mundial de Mini Baloncesto de Argentina fueron recibidos por el presidente Enrique Peña Nieto en Los Pinos. Estos niños no se conformaron y tres años después ganaron la Copa Mundial de Barcelona, con todo y tenis puestos.

No es fácil entrar a la academia de basquetbol en Oaxaca. Hay tres principios que son básicos para formar parte de este selecto equipo: tener buenas calificaciones (promedio arriba de 8.5), obedecer a sus papás y hablar su lengua originaria (triqui, mixteco).

En la academia juegan basquetbol, asisten a clases y viven ahí. Ocho entrenadores cuidan a decenas de niños y se encargan también de enseñarles lo que saben e incluso de ser sus psicólogos. "Somos como una familia", dice al HuffPost el entrenador Octavio Merino.

Cumpliendo estos requisitos, pueden ingresar a la casa club cerca de la ciudad de Oaxaca. Aunque muchos están alejados de sus padres —quienes los visitan cuando pueden— ellos no extrañan a sus familiares, admite Octavio. La gran ausencia es cuando termina su ciclo, ahí es cuando es difícil despedirse tanto para los entrenadores como para los niños. Pero el tiempo acaba y ellos deben seguir con su vida. Lo que sí espera Octavio es que después regresen para ayudar en algo a las nuevas generaciones.

Los niños que han llegado hasta la residencia oficial de Los Pinos y que generan reconocimiento a donde quiera que van, carecen de apoyos oficiales que les permitan solventar sus necesidades, ya no hablemos de certidumbre para seguirse probando en torneos internacionales.

"Con Gabino Cué (exgobernador de Oaxaca) sí tuvimos apoyos, como transporte y despensas, muchas despensas", dice Octavio Merino. Del gobierno del priista Alejandro Murat Hinojosa no han recibido nada. De quienes sí reciben apoyos —dos mil pesos al mes— es de su misma comunidad, tres municipios indígenas triqui: San Juan Copala, Santiago Juxtlahuaca y Constancia del Rosario. A falta de apoyos, algunos de los maestros y sus familias tienen otros trabajos para poder mantener el sueño de decenas de niños triqui.

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Termina el intenso entrenamiento y lo mejor está por venir. Con apoyo del Consejo Ciudadano de la Ciudad de México, de la delegación Cuauhtémoc y de la Secretaría de Turismo de la capital, los niños se suben a un camión turístico que los llevará desde el antiguo barrio de La Lagunilla rumbo a una de las zonas más exclusivas del país, Polanco. Gritan con la animadora, juegan a la papa caliente y hasta uno cuenta un chiste. Eso sí, le cohíben las cámaras y pide que no los graben.

Los niños triqui no se salvan del proselitismo y antes de bajarse del camión ya tienen gorras y bolsas rosas del programa "Sonrisas" del gobierno de Ciudad de México, aunque ellos los reciben felices, junto con un termo.

JOSÉ BELTRÁN
Los niños triquis visitan el Acuario Inbursa de Ciudad de México, el 13 de agosto de 2018.

A estos visitantes de unas de las zonas más olvidadas del país les ilusiona llegar al acuario del magnate Carlos Slim, el Acuario Inbursa. Frente a la mirada fija de una familia que los mira extrañados porque ingresaron rápido, ellos entran al lugar ordenadamente. Recorren el lugar y escuchan atentos las explicaciones de los guías acerca de los mitos de las especies ahí. Los niños están felices frente a los enormes estanques en la que habitan los tiburones, las mantarayas, centenares de peces distintos, corales y aguamalas.

Tocan los vidrios en donde están los ajolotes, esa especie endémica de la cuenca del Valle de México, como queriendo alcanzarlos. Se impresionan con las medusas y ven atentos al cocodrilo que finalmente apareció después de esconderse. Dos niños juegan con sus manos, pero interrumpen para ver el celular de una de sus compañeras que fungen como sus hermanas. Ella los deja ver su pantalla.

JOSÉ BELTRÁN
Niños triquis de visita en el Museo Soumaya de Ciudad de México.

A la salida del acuario ven esos objetos de deseo que no podrán comprar: los animales hechos peluches. Una de las niñas triqui le dice a su entrenador que si le compra uno, él solo ríe.

El paseo continúa y se dirigen al Museo Soumaya. A la entrada, un policía está incrédulo cuando su compañera le dice quiénes son. "¿Son ellos?", pregunta sorprendido. Los niños triqui suben las largas escaleras, mientras uno de ellos se quita por unos segundos las sandalias. Le cansa usarlas. Ingresan a una sala, ven algunas piezas antiguas y uno de ellos se dirige al libro de visitas. Ordenadamente, escribe la fecha y plasma su orgullo: "Triqui 1".

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Los niños triquis en el Museo Soumaya de Ciudad de México.

A la salida, una mujer joven, blanca de cabello castaño, los mira de arriba a abajo, sin creer que ellos pudieran entrar al lujoso museo de Slim. Ellos sin darse cuenta, salen del lugar y se dirigen a la parte más aburrida del recorrido, cuando entran al centro comercial de Plaza Carso. Les interesa poco las tiendas lujosas, pero es el camino que hay que recorrer para ir al acuario interactivo, al que decidieron ir sin titubear. Mientras se sientan en una de las bancas en espera de ingresar, una señora mayor, blanca y de cabello rubio, los mira extrañada, como si representaran una amenaza. Ellos están tan agotados que no lo notan, o al menos no dicen nada.

En el acuario interactivo les permiten tocar cangrejos e insectos. Siguen atentos las indicaciones sobre cómo tocarlos, mientras hacen caras que reflejan extrañas sensaciones. A la salida, Samantha Leyva, de 15 años, dice que le gustó mucho, sobre todo el pingüino, su animal favorito. Valió la pena el paseo, Octavio también está feliz por él y por los niños, sobre todo porque "allá no tenemos".

Samantha cuenta que lleva un año ahí, que entrenan duro y que son como una familia. "Me encanta", dice con una sonrisa tímida. Habla de los cuatro paseos que tiene al año (Aguascalientes, Monterrey, Celaya y Río Bravo) y de paso aprovecha que está su entrenador para expresar que quiere ir al torneo de Barcelona el próximo año, ese que ya ganó la primera generación.

JOSÉ BELTRÁN
Niñas triquis en el Acuario Inbursa de Ciudad de México, el 13 de agosto de 2018.

"Veremos", responde Octavio, aunque admite que tendrán que ver si tienen los recursos para ir, esos que siempre les faltan pese a ser la admiración de muchos. Les queda un día más y regresarán a la academia de Oaxaca, allá donde también son felices, donde no les falta nada pese a las carencias.