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17/07/2018 5:44 AM CDT | Actualizado 17/07/2018 11:47 AM CDT

Cuando una explosión mata a dos bomberos, los voluntarios brotan en Tultepec

La tragedia del 5 de julio en Tultepec enluteció a la comunidad, pero también abrió paso a una luz de solidaridad

"¡Bomberos caídos! ¡Bomberos caídos!"

El grito se coló por el radio de Enrique Villalobos, jefe del primer turno del Departamento de Bomberos en Tultepec. Era una voz trémula, afectada por un miedo que reptaba desde el fondo del estómago del bombero José Luis Juárez. "¡Manden ambulancias! ¡Hay bomberos caídos!", repetía a gritos, mientras el jefe Enrique, que apenas había colgado su uniforme para ir a casa, corría despavorido de vuelta hacia la estación de bomberos con una duda que le quemaba la cabeza: ¿alguno de sus amigos estaría muerto?

Minutos antes, a las 9:41 de la mañana del 5 de julio, una fábrica de pólvora había explotado en La Saucera, una zona alejada de la ciudad, donde se ubican los talleres de pirotecnia. Ese fue el primer estallido que atrajo a bomberos, policías, personal de Protección Civil y paramédicos que buscaban sobrevivientes entre los escombros. Ellos aplicaban un protocolo que suele implementarse cada vez que algo revienta en este pueblo de 30 mil personas que viven de hacer y vender explosivos para fiestas. Minutos después, se registró una segunda explosión, pequeña, que no pareció importante a los rescatistas. Les pareció normal. Y no lo era.

Enseguida, una tercera explosión cimbró a Tultepec, justo cuando los bomberos ayudaban a los heridos. Fue la más poderosa. El doble de potente que la primera, tres veces más destructora que la segunda. El calor de los dos estallidos anteriores prendieron un montículo de pólvora que voló con la fuerza de minas personales bajo los pies de los bomberos. Un vecino grabó el momento exacto de la explosión: un estruendo y una columna de humo que se elevó 20 metros hacia el cielo y envolvió a La Saucera en una nube de pólvora y tierra. Cuando se asentó, la tragedia se dejó ver con claridad.

Roberto Ortega
Enrique Villalobos, jefe del primer turno en el Departamento de Bomberos de Tultepec.

Los bomberos Agustín Soto y Marco Antonio González murieron al instante, junto al rescatista Héctor Marín y otros más. Agustín era un bombero verificador con 15 años de experiencia y Marco, de 28 años, tenía año y medio trabajando como bombero operador con un suelo que rondaba los 2 mil 800 pesos quincenales. "¡Una ambulancia! ¡Repito: bomberos caídos!", gritó el bombero José Luis Juárez, creyendo en vano que sus amigos aún podrían sobrevivir. Pero cuando el jefe Enrique Villalobos llegó a la zona de desastre a bordo de una ambulancia, y vio la destrucción que causó la explosión, la pregunta que quemaba su cabeza encontró respuesta: sí, dos amigos.

"Sus cuerpos quedaron destrozados", recuerda el jefe Enrique, a una semana de la tragedia. "Es algo que nos tiene algo tranquilos. Los compañeros no sufrieron. Fue una muerte en cuestión de segundos".

Esa mañana, el gobierno del Estado de México informó que 17 personas habían fallecido, contando a los dos bomberos. Más tarde, la cifra creció a cuatro explosiones y 24 muertos, un niño incluido. El dolor era tan profundo que nadie hablaba de las víctimas desmembradas. La gente de Tultepec le lloró a sus muertos en privado.

Roberto Ortega
Fachada de una de las fábricas de pólvora ubicadas en La Saucera.

El 5 de julio se alargó en una noche triste que abrazó a Tultepec, el pueblo cohetero por excelencia en México. Pero en medio de la tragedia, una luz se abrió paso: cuando dos bomberos vuelven a la tierra, los voluntarios brotan como flores.

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Tultepec, al norte del Valle de México, es un pueblo que para escapar de la pobreza eligió el riesgo de inmolarse de vez en cuando. Una quinta parte de sus pobladores viven de la pirotecnia. Se acuestan oliendo a pólvora y, a veces, los despierta un olor a quemado. Eso pasó cuatro días antes de la Navidad de 2016, cuando el Mercado de San Pablito, donde se venden cohetes para los festejos decembrinos, ardió con decenas de personas en sus pasillos. El saldo fue de 42 muertos, entre ellos dos niños. Seis meses antes de eso, en junio de aquel año, siete personas murieron por la explosión de un taller de pirotecnia. Y tres meses antes, en marzo, dos murieron por el bombazo de otro taller. Incluso, el pueblo tiene tragedias históricas que son parte de su historia, como la del 13 de octubre de 1998, cuando un estallido mató a 10 personas, las primeras víctimas de "La Capital de la Pirotecnia".

Este 2018, Tultepec lleva 17 explosiones, contando las cuatro del 5 de julio, y 37 muertos, incluyendo a los bomberos Agustín y Marco Antonio. Diez días antes, el 25 de junio, La Saucera había reventado otra vez. Y como sucede siempre, se barrió el hollín y la vida siguió su curso, porque en Tultepec fallecer en una explosión es casi como una muerte natural.

Roberto Ortega
En Tultepec, las tragedias son tan usuales que hasta tienen un santo para rezar por la vida de los pirotécnicos.

Lo sabe bien Berenice Sánchez, una joven abuela de 38 años, y vecina de Tultepec. Hace unos meses, sus tíos enterraron a un hijo a causa de una explosión en el taller familiar de pirotecnia. Por eso, cuando supo del estallido en La Saucera, su dolor se conectó al de sus vecinos y dejó a sus hijos con su mamá para correr al Departamento de Bomberos y preguntar en qué podía ayudar. Desde ese día, Berenice se hizo bombera voluntaria, trabajando turnos de hasta 12 horas seguidas y sin recibir paga. Las últimas tardes apenas ha visto a su nieta.

"Antes de ser bombera, somos madres y padres de familia. Pero no la pensamos. Lo que nos interesa es apoyar a la gente y a los compañeros bomberos", asegura Berenice, descendiente de una familia de coheteros.

Junto a ella, ocho personas se presentaron a la estación de bomberos en las horas siguientes a la explosión más poderosa. Para este pueblo pequeño, fue el peregrinaje amoroso de un puñado de hombres y mujeres, jóvenes y adultos, que se solidarizaron con su pueblo. Todos estaban dispuestos a ir a La Saucera a arriesgar la vida en otra posible explosión, si eso significaba salvar a algún vecino. Llegaron a la estación de bomberos en silencio, lejos de las cámaras de televisión.

Su presencia fue un alivio para los bomberos profesionales, que luchaban por reponerse de los golpes físicos, emocionales y materiales. No sólo habían perdido a dos queridos amigos, sino que casi la mitad de sus compañeros estaban hospitalizados y su equipo, camionetas y camión de bomberos, resultaron con daños graves. Si otra explosión los sorprendía, no podrían atender a la comunidad por sí solos. Pero la presencia de los voluntarios les hizo creer que estaban listos para lo que viniera.

"Los bomberos voluntarios que se activaron en ese momento nos echaron mucho la mano. También compañeros que trabajaban aquí antes y bomberos de otros municipios también se vinieron aquí a sacar el trabajo", recuerda, emocionado, el jefe Enrique.

Roberto Ortega
Berenice Sánchez, una abuela joven de Tultepec, trabaja turnos de 12 horas y sin paga.

"Es algo que agradeces porque se ve el cariño que hay entre nosotros. No estuvimos solos".

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Antes de ser bombero voluntario en Tultepec, José Eduardo Jiménez, "Canito", vendía frutas al mayoreo y al menudeo. Y antes de eso, se dedicó a varios oficios. A sus 36 años no tiene teléfono celular y sus ahorros apenas le dan para cubrir sus necesidades. Pero eso no le impidió que menos de 24 horas después de la explosión de La Saucera, se presentara con el jefe Enrique para ofrecerle gratis sus servicios.

"Le dije: 'vengo a apoyar a mis compañeros, no le hace que no me paguen nada'", cuenta. "Yo ya había sido bombero hace un tiempo y por eso vine, porque me necesitaban. Dejé el trabajo de vendedor de frutas y ahora estoy aquí. Yo me hago cargo de mis gastos".

Roberto Ortega
"Canito", como le dicen sus amigos, renunció a su trabajo como vendedor de frutas para apoyar a su comunidad.

Cuando responde por qué ha elegido ser voluntario en un pueblo como Tultepec, acaso uno de los más peligrosos para su oficio, "Canito" deja de ser ese tipo duro con aspecto de policía y muestra un lado suave, que se repite en cada bombero voluntario de Tultepec. "Cuando pasa un accidente y lo ves en la televisión se te enchina la piel, te dan ganas de llorar. A uno mismo le pasan esas emociones: servir a la gente y decir 'si yo sé esto, yo podría estar ayudando a la gente'".

Han pasado ya doce días de la explosión y las heridas aún no cierran en el pueblo. El lugar del estallido sigue encintado. La ropa de las víctimas aún está desperdigada por el campo. Un moño negro todavía está colgado en la entrada de la estación de bomberos. La pólvora sigue corriendo. Y el alcalde de Tultepec, Armando Portuguez, ha llamado a defender la actividad pirotécnica como parte de la cultura de México y a "reactivarla".

Roberto Ortega
Los moños negros siguen en la estación de bomberos de Tultepec en honor a los dos compañeros que fallecieron.

Sólo el tiempo sabrá cuándo y cómo el Departamento de Bomberos en Tultepec atenderá la próxima emergencia. Mientras tanto, asegura el jefe Enrique, de la tragedia del 5 de julio ha salido una luz: su equipo ya está armado con los mejores bomberos que podría pedir, hombres y mujeres que dan y darán la vida por su pueblo. Profesionales y voluntarios listos para que cuando el infierno reviente, ellos salgan a su encuentro, dispuestos a honrar la memoria de los dos compañeros que murieron cumpliendo con su deber. Y lo harán con un mismo un grito solidario.

"¡Bomberos presentes! ¡Bomberos presentes!"