UN MUNDO MEJOR
27/06/2018 4:00 AM CDT | Actualizado 27/06/2018 4:00 AM CDT

A un buen portero le puede faltar una mano

Este es nuestro "otro" arquero nacional: guardameta de la Selección Nacional de Amputados

Cuando Víctor Olalde vio volar el balón por el aire, su primer pensamiento fue que, inevitablemente, sería gol. No una anotación cualquiera, sino un golazo. El delantero de Tigres había desbordado por la banda izquierda, gambeteado por todo el carril dejando atrás a los defensas y tiró un pelotazo en parábola que iba directo a la esquina de la portería. Era la cuarta vez que su adversario intentaba meter por ahí el esférico y Víctor, un guardameta veterano, tuvo una primera sensación de que, por fin, lograría anotarle.

Aún no sabe cómo lo hizo. A veces, Víctor defiende su portería en automático. Fija la mirada en el balón y nada más existe. Sólo recuerda que su cuerpo se despegó del césped artificial, sintió que volaba y extendió su brazo. Sorpresivamente, sintió un golpe en los dedos de su mano izquierda y luego cayó estrepitosamente. Cuando abrió los ojos para buscar el balón en la red, no estaba. Había parado, de nuevo, un gol que parecía destinado a hundir a su equipo, El León, en la derrota.

A veces, hay atajadas que se festejan como un gol. Ésta fue una de esas por partida doble: a un portero novato le hubieran anotado ese tanto y un veterano hubiera intentado pararlo con la mano derecha, una atajada "a mano cambiada". Así lo hacen Guillermo Ochoa, Gianluigui Buffon, Keylor Navas, los mejores del mundo. Pero él no y, aún así, desvió el balón.

Porque a Víctor Olalde le falta la mano derecha.

La otra razón por la que su atajada fue festejada como un gol es porque luego de ese partido, Víctor Olalde fue llamado a la Selección Mexicana. La Selección Nacional de Amputados.

Victor Olalde/Album familiar
Víctor Olalde vuela y desvía el balón de su portería. Su defensa de la portería lo hizo seleccionado nacional.

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En un mundo lleno de niños delanteros, el que nació para ser portero es una rareza. Mientras todos quieren gritar "¡goooool!" y ser abrazados por sus compañeros, un guardameta le gusta festejar en solitario y elige casi nunca conocer la felicidad de estrellar el balón en la red. Se necesita una personalidad muy específica para cargar en solitario la victoria o derrota de un equipo, en lugar de diluirla en diez pares de piernas. Pero esa fue la elección de Víctor Olalde desde que tenía 7 años.

Antes de dominar las tablas de multiplicar, ya sabía que su lugar era debajo del travesaño. Jugó con varios equipos en su natal Querétaro y en todos brilló como un arquero atrevido. Un niño resorte convertido en un adolescente con reflejos felinos. Así lo hizo por los siguientes 12 años, confiado en que el futuro le aguardaba un lugar en el futbol profesional. La acumulación de trofeos y medallas en su recámara se lo pronosticaba.

Victor Olalde/Album familiar
Víctor Olalde, de joven, cuando soñaba con convertirse en guardameta en ligas profesionales.

Pero el futbol no le daría triunfos sencillos. Para ganarse la titularidad, el deporte más popular del mundo le exigiría a Víctor Olalde una de esas proezas que hacen la diferencia entre jugador y leyenda: venir de atrás y conquistar una victoria. Atrás, en este caso, era perder su mano dos días antes de estrenar su primer uniforme como arquero profesional.

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Víctor Olalde pasó 16 años sin jugar futbol. El accidente en la planta de aluminio donde trabajaba a los 19 años lo sumió en una depresión tan profunda que, de no haber sido por su esposa Karina embarazada tres meses atrás, probablemente terminado en un suicidio. En lugar de eso, pasaba largas horas a solas, encerrado en su cuarto bajo llave, llorándole a su muñón.

En la tarde del accidente, una fuga de aceite provocó que la máquina que Víctor operaba tuviera un funcionamiento errático. Paraba cuando debía arrancar y se prendía cuando debía estar apagada. Tratando de arreglarla, la máquina fundidora de aluminio le prensó la mano y se encendió . Por largos 20 segundos, Víctor permaneció consciente, gritando, mientras sus dedos eran aplastados y cosidos a 380 grados centígrados. Cuando por fin liberó su mano, lo que vio fueron huesos rotos y un amasijo de sangre y piel hervida.

El traslado al Instituto Mexicano del Seguro Social también lo hizo despierto. En la ambulancia, recuerda, sus compañeros de la fábrica le gritaban para que no se desmayara. Pero el dolor y la imagen de su mano lo vencían. "Yo les decía ¡pasado mañana iba a debutar de portero profesional! ¡me van a quitar la mano derecha y yo soy derecho!", recuerda. "Pero ellos me decían que no, que me calmara, que los doctores iban a salvar mi mano".

No pudieron.

El aplastamiento había sido tan severo que desató una veloz gangrena. Para evitar que se convirtiera en sepsis, los doctores acordaron que no podían esperar a que llegara su familia para tomar una decisión médica. Era urgente amputar. En soledad, el joven de 19 años dio su consentimiento y seis horas después perdió por completo la mano derecha. Pero no paró ahí. Semanas después la gangrena reapareció y a los 20 días de la primera operación, a Víctor lo metieron de nuevo al quirófano. Esa vez el corte se extendió 10 centímetros arriba de la muñeca. Para asegurar que no se infartara mientras estaba anestesiado, el joven portero fue operado con un sedante de mediana potencia que lo mantenía despierto. Aún ahora, cuando Víctor va al mercado y escucha el rebanador que usan los carniceros, se acuerda del sonido de la sierra quirúrgica cortándole huesos y músculos.

A partir de ahí, la vida de Víctor empezó a sumar pérdidas: la mano, la autoestima, el trabajo. Y una muy dolorosa: el futbol. Para consolarse, el queretano confiaba en que después del duelo y las terapias físicas, un día su vida volvería a ser la misma. Excepto porque nunca más volvería a pisar una cancha. Para él, el árbitro había pitado el final del juego hace muchos años.

Pero durante sus ocasionales terapias de rehabilitación, supo que la vida sí da tiempos extra. Conoció a Miguel, un delantero sin una pierna, que jugaba en un torneo extraño donde jugaban otros hombres que habían perdido partes de su cuerpo. Esa maraña de partidos entre defensas sin pies y porteros sin codos se llamaría, años después, la Liga Mexicana de Futbol de Amputados.

Victor Olalde/Álbum familiar
Delanteros sin pies, defensas sin rodillas. Así se compone la Liga Mexicana de Futbol de Amputados.

Víctor se acercó con recelo. Las primeras veces sólo observó desde las gradas, porque una regla de la liga es que los porteros deben despojarse de sus prótesis y no se sentía listo. Le avergonzaba su muñón. Ni siquiera sus hijos lo veían sin su mano de plástico. Pero el futbol a veces provoca cosas extraordinarias en hombres aparentemente ordinarios y en un arranque de euforia, el portero aventó su prótesis y entró, en 2014, al campo del Estadio Municipal de San Miguel de Allende a defender su meta.

Aquella tarde, Víctor Olalde jugó con miedo. No se tenía confianza sin su mano artificial. Pero al quinto partido se consagró como un grande: sin mano derecha, reaprendió a volar y a usar su muñón como un resorte que despejaba balones. Cuando el partido acabó sin goles en su portería, se sintió mejor que si hubiera anotado un gol.

Se volvió adicto, otra vez, al balón.

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Víctor Olalde hoy es un jugador temible. Un Iker Casillas de su liga. Saca balones de las esquinas, vuela de un poste a otro, ataja penales como si tuviera imanes y el balón fuera de metal. Los delanteros que avanzan sobre sus muletas, a falta de piernas, saben que anotarle un gol es digno de presumirse en la comida de la tarde.

En 2015, esas cualidades lo hicieron el portero titular de la Selección Nacional de Amputados. Como representante de México en la Copa América de esa división, alcanzó el cuarto lugar a nivel región. Su equipo está liderado por un director técnico cuya mano débil apenas se sostiene, pero que tiene pasión de acero.

Victor Olalde/Álbum familiar

Sus actuales 41 años son muestra de que el joven asustado y avergonzado por su muñón se quedó en el pasado. Ahora, cada fin de semana entrena para volver a ser llamado a la titularidad de la Selección Nacional. No es una tarea fácil: otros cinco porteros están en el equipo preseleccionado y el más joven tiene 17 años. La apuesta de Víctor es ganar el puesto por veterano, tal y como lo hace Óscar 'El Conejo' Pérez, el arquero mexicano de 45 años que aún juega en el Club Pachuca.

Mientras llega ese llamado, a Víctor le gusta repasar en su mente esa frase que inmortalizó Javier 'El Chicharito' Hernández antes del triunfo del Tricolor sobre Alemania: "Imaginemos cosas chingonas". Le enchina la piel, le hace eco en algún lugar profundo del alma.

"Para mi, en mi condición, esa frase significa mucho. Cuando la escucho, me siento un hombre completo. Nada me falta", dice, emocionado, el "otro" guardameta nacional, que sueña con representar a México en octubre de este año, cuando se jugará la Copa del Mundo de Futbol de Amputados.

Ahí, demostrará que a un buen portero le puede faltar una mano. Pero nunca mucho corazón.

Victor Oldalde/Álbum familiar