POLÍTICA
13/06/2018 4:32 AM CDT | Actualizado 13/06/2018 4:57 AM CDT

¿Y para qué el debate presidencial?

Llegó el último #DebateINE, tal vez el más desabrido, y en el que muchos mexicanos esperaban ganar alguna certeza, aunque fuera mínima, de por quien votar el 1 de julio.

Cuartoscuro.

Los candidatos –si así lo desean– pueden ir a ensayar un día antes del debate oficial. Para esto, se organizan, con al menos una hora de diferencia, para acudir a las instalaciones donde se llevará a cabo el encuentro. El tercer y último debate entre quienes aspiran gobernar el país se llevó a cabo en el Gran Museo del Mundo Maya –icónica APP del estado de Yucatán– y el 11 de junio acudieron algunos candidatos. Sí, algunos.

El primero en llegar fue José Antonio Meade Kuribreña. Acudió a las 14 horas, saludó a medios, acusó a Anaya de corrupto y entró a preparar su debate. El segundo fue Ricardo Anaya, a las 18 horas. Al saludar a los medios fue cuestionado por la denuncia hecha por el senador panista Ernesto Cordero y también por las acusaciones realizadas por Meade, descalificó todas. El tercero, y último, Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, llegó a las 19:30 horas a «ver el lugar», pues dijo él no necesita ensayar. Andrés Manuel López Obrador no acudió, «él no ensaya», se ha dicho.

Entonces surgen las preguntas sobre quienes no se pusieron a prueba previamente: ¿en verdad es necesario ensayar o preparar el debate? ¿para qué ir a ensayar cuando puedes estar haciendo campaña en alguna ciudad del país?

La noche del 11 de junio cae y la espera del debate incrementa. Al día siguiente, el primero en llegar es El Bronco junto con su familia. Da un mensaje breve a los medios: «el debate es como la lucha libre» y «a ver cuánto se dan entre estos (los demás candidatos)» –totalmente improvisado­–. El segundo es Meade con su esposa Juana Cuevas, rápidamente suben las escaleras, él toma el micrófono y da un discurso completamente preparado y ensayado –o al menos así parece–. En tercer lugar, llega Ricardo Anaya, también con su esposa, Carolina Martínez, y su mensaje es: «después del debate nos vemos». El último es López Obrador con Beatriz Gutiérrez y da un discurso un tanto más improvisado donde menciona: «solo yo traigo una guayabera yucateca, los demás no quisieron» y «nosotros somos la cuarta transformación de México».

La respuesta a la pregunta anterior casi llega, ¿vale la pena tomarse en serio el debate?

Inicia el ejercicio con el tema del desarrollo económico y aquí empieza a vislumbrarse, a través de una oportunidad única, el contraste de opiniones y participaciones de los candidatos, así como la confrontación técnica sobre sus propuestas. Tendremos dos candidatos que ensayaron el debate y dos que no.

A Anaya le preguntan si es que sus propuestas requieren de un incremento en los impuestos. Su respuesta es que no, que hará una revisión al gasto para generar ahorros. El periodista Carlos Puig insiste en saber de dónde vendrán los ahorros. Hasta ahí llega el tan ensayado argumento del candidato.

Andrés Manuel López Obrador responde que acabando con la corrupción, se resuelve el tema de inversión pública y con ello se generarán ahorros de 500 mil millones de pesos. Lo mismo ha dicho en debates anteriores, también a lo largo de su campaña.

Meade inicia deseándole suerte a la selección mexicana en el Mundial de Rusia –cómo no creer que dicha felicitación estaba planeada dentro de su participación–. Después procede a contestar de manera elaborada, elocuente y técnicamente, tal y como fue su saludo de inicio y el resto de todo su debate.

El Bronco fue cuestionado por la eliminación de su salario mínimo –segunda propuesta en su página de internet– y de cómo le harán cuando le quieran pagar 40 pesos a un trabajador por día. Él responde que no lo quiere eliminar, que lo quiere incrementar.

Lo que se puede notar en el debate son dos tipos de candidatos:

Quienes acudieron a ensayar son que tienen un discurso y una respuesta planeada para cada pregunta.

Quienes no son los que tienen un discurso un tanto repetitivo, como de spots, y buscan atender las preguntas de los moderadores de manera general para no entrar en detalles.

Muchas veces hemos visto a cada candidato enunciar propuestas de manera clara y concisa sobre distintos temas. Por ejemplo, López Obrador en su plan de gobierno destaca 20 medidas de austeridad en el gasto público por lo cual se espera un ahorro significativo en su administración en caso de ganar; dichas estrategias se han puesto en duda sobre si realmente se traducirían en un ahorro.

Otro ejemplo es el Salario Básico Universal, de Ricardo Anaya. En algunos debates de sus asesores o entrevistas, ha habido críticas directas a su propuesta como: En Finlandia, botón de muestra de la propuesta de Anaya, se dejó de invertir tanto en el experimento –sí es un experimento– del Salario Básico Universal, pues no han visto resultados significativos –aunque sigue en prueba y hay otros interesados en él como Elon Musk–.

Los candidatos también han respondido en entrevistas a los mismos cuestionamientos y se les ha visto con gran elocuencia y conocimiento de los temas. La pregunta es ¿por qué en el debate no?

La respuesta se acerca cada vez más y podemos observar perfiles de candidatos técnicos, acartonados y precisos; por otro lado, están los candidatos más «audaces» o «improvisados» – adjetivos usados en las declaraciones de Meade a su salida–.

Llega un momento de luz cuando el morenista responde: «no hay forma que me saquen los 30 puntos que les llevo de ventaja». En esta oración radica una parte de la respuesta.

Primero, López Obrador va arriba en las encuestas, indiscutiblemente. Nadie puede ponerlo en duda. Sin embargo, ¿será que peca de soberbio y por eso no se prepara para el debate? A pesar de que la respuesta es incierta, puede estar confiado y tiene argumentos para estarlo, aunque el cuestionamiento sobre por qué no prepararse debería de venir de la sociedad.

Este es el componente que nos faltaba: los debates no cambian preferencias. Es decir, no hay un castigo o cambio de tendencia de voto después de un debate significativamente alto. Mucho menos cuando un candidato supera los 25 puntos de ventaja sobre otro. Con ello, surgen muchas más dudas: ¿Meade y Anaya son los que más se preparan para el debate porque esperan ganar electores? ¿El Bronco dice propuestas irreales porque sabe que va a perder –al menos eso reflejan las encuestas–?, ¿López Obrador no se prepara porque sabe que va a ganar?

Podemos especular en torno a eso, aunque ellos deberían explicarlo. Queda la gran pregunta sin responder, ¿entonces, para qué el debate?

Si lo que vimos fueron spots, en vivo y a todo color, desde una monumental, pero cuestionada sede; una serie de propuestas que difícilmente alguien desacreditó; ataques típicos; algunas propuestas aterrizadas; incluso algunos momentos de comedia, pero no un debate.

Otra vez, nos quedamos con la manos vacías y tal vez solo con una respuesta como un eco nacional: el 1 de julio votaremos por quien nos parezca menos malo.