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Lo que sé de empatía lo aprendí de los muertos

Cuando abro la bolsa de plástico puedo concentrarme en el dolor y la pérdida, o en el enorme corazón abierto (literal y figurativamente hablando) de un donante.

11/06/2017 5:00 AM CDT | Actualizado 11/06/2017 5:00 AM CDT

KatarzynaBialasiewicz

Normalmente mis compañeros del laboratorio de anatomía y yo somos una bola de escandalosos, pero ese día nos apiñamos en silencio en torno a la bolsa de plástico forense.

Percibimos cómo el hedor del formaldehído explotaba en nuestras fosas nasales. Mis manos se apretaban dentro de los guantes, con mis dedos entrelazados. Cuando levanté la vista vi los rostros inexpresivos en medio de un mar de bolsas forenses. Nunca había visto un cadáver hasta entonces, mi mente estaba a mil por hora. Luego, un intercambio de miradas dudosas con mis colegas, porque no sabíamos qué es lo que seguía hasta que un profesor nos interrumpió y nos dijo: "Anden, empiecen. ¿Qué están esperando?"

Interrumpí: "Supongo que tenemos que abrir la bolsa", como borrego al matadero. Lentamente, corrí el cierre y descubrimos a una mujer tiesa y arrugada, con su cuerpo rígido sobre la plancha de acero. Su piel era lechosa, salpicada aquí y allá por algunas manchas de vejez. Sus manos las tenía entrecruzadas, amarradas con una cuerda y su cara la cubría una bolsa de plástico negra.

Es extraño, pero parecía que la habían secuestrado. Y ahí estaba yo, su captor, mirándola desde arriba. En ese momento intenté hacerme a la idea de que se trataba de una persona real, que alguna vez había estado viva, tan vibrante como nosotros en ese momento, o quizás más.

Los humanos estamos configurados para la empatía.

Hoy nos tocó abrir el pecho. "Vamos, hagan la primera incisión", nos dijo el profesor. Mi mano temblaba cuando hundí el bisturí en su piel tensa, la cual se retorció como una cáscara de naranja. Al principio, hice algunos cortes rojizos. Por un momento casi creí que la estaba lastimando. Hice una mueca ligera y seguí cortando mientras me preguntaba: "¿De verdad que no le duele?"

A regañadientes tomamos turnos para aserrar la pared torácica, para al final levantar la tapa como si se tratara del cofre de un Mustang. Pero luego de un rato, nos entusiasmó este ejercicio. Pedíamos "manos" para la sierra y "ser primeras" para el bisturí. Nuestras manos se amontonaron dentro de la cavidad torácica para buscar los preciados órganos. Lentamente dejamos de ser sensibles al crujir de las costillas, a la descamación de la pleura y hasta al olor de los jugos corporales (bueno, en realidad a la fecha este me sigue molestando).

Lentamente, corrí el cierre y descubrimos a una mujer tiesa y arrugada, con su cuerpo rígido sobre la plancha de acero.

Nos volvimos indiferentes. La medicina nos dio una lente para mirar a nuestro cadáver, para lidiar con nuestra propia mortalidad. Nos perdimos en los delicados músculos papilares del corazón, las capas de grasa y fascia perfectamente dispuestas, las espirales de los intestinos... y toda esa muerte ante nosotros. Claro, nos volvimos indiferentes, justo lo opuesto a lo que nos enseñan a los estudiantes de medicina. Nos enseñan a mostrar empatía, a comprender el dolor y el sufrimiento, y hasta llorar con nuestros pacientes.

Por ello, me llegué a preguntar, si acaso me enfermara de gravedad, ¿querría que mi doctor llorase conmigo? ¿Querría que mi cirujano me operara haciendo muecas en cada incisión a la vez que se pregunta qué se sentía estar así de enfermo? ¿Querría que ellos compartieran la carga de mi dolor?

Como es de esperarse de cualquier estudiante de medicina, recurrí a PubMed para contestarme estas preguntas. En primer lugar, descubrí que los humanos están configurados para la empatía. En 1990, un equipo de científicos estudiaba la actividad motora de las neuronas de los macacos cuando un estudiante entró al laboratorio con un cono de helado. Entonces, los macacos, que se encontraban inmovilizados, siguieron con la mirada cada que se llevaba el postre a su boca y, de repente, todos los monitores que seguían sus actividades se alocaron.

Así, los investigadores descubrieron que ciertas células cerebrales, llamadas neuronas espejo, se detonan en respuesta a la simple observación de las actividades y experiencias de otras personas. Por eso nos estremece cuando alguien se lastima, o le da pena ajena cuando alguien la riega en público.

La empatía es nuestra puerta de entrada para comprender a los demás y, de cierta forma, nos ofrece un factor en nuestra evolución como especie. Sin embargo, en un hospital, un lugar al que diario llegan dolores y sufrimientos, la empatía constante te puede desgastar.

Por eso nos estremece cuando alguien se lastima, o le da pena ajena cuando alguien la riega en público.

Matthieu Ricard, un biólogo convertido en monje budista, llevó a cabo un pequeño experimento en el que a unos sujetos se les proporcionó un intenso entrenamiento en empatía o de control de la memoria. En respuesta a una exhibición de una película sobre el sufrimiento humano (casi como cualquier bitácora médica de una noche de guardia), los sujetos entrenados en empatía experimentaron emociones más negativas. Las áreas del cerebro en las que se detona el afecto negativo destacaron en el estudio de resonancia electromagnética (fMRI), lo que persistió aún mucho tiempo después de ver el video en respuesta a situaciones cotidianas.

El propio Richard reportó haber tenido sentimientos de fatiga emocional al pensar sobre el dolor y los padecimientos de los demás. Por ello no sorprende que los médicos, configurados para la empatía, así como estimulados a sentirla, experimenten enormes tasas de agotamiento. Más de 50% de los profesionales en el sector médico padecen de agotamiento y, al parecer, el soportar la carga del dolor de los pacientes es un factor que contribuye a ese malestar.

Sin embargo, esto no quiere decir que debamos convertirnos en unos sociópatas. Una falta total de empatía nos puede llevar a fracasar con nosotros mismos o con nuestros pacientes. Pero con una empatía excesiva, podemos fallar con nosotros mismos.

Lohitka Kethu
"Empathic Care", de Lohitka Kethu.

Quizá, como en el laboratorio de anatomía, necesitamos lentes diferentes. Cambiar de la empatía a la compasión. La compasión, si bien muchos la ponen como sinónimo de empatía, es un concepto totalmente diferente: es la diferencia entre una madre que internaliza el dolor de su hijo agonizante en tanto llora en un rincón, y el de un cuidador de la salud, quien reconforta a un paciente mientras le toma de la mano y le da palabras de aliento.

Tan diferentes son ambos conceptos que Ricard pudo identificar áreas cerebrales excluyentes entre sí, en resonancias fMRI en sujetos que meditaban ya fuera bajo empatía o compasión. De hecho, descubrió que los sujetos entrenados en empatía, a quien luego se les entrenó a enfocarse en la compasión, pudieron mirar luego otro video con situaciones dolorosas y experimentar emociones positivas.

La lección: la empatía te puede cansar, pero la compasión no. Un cuidado compasivo no implica desentenderte de las personas, sino tomar una distancia afectuosa ante la adversidad. Así que, en lugar de concentrarnos en el dolor de una víctima de accidente, afligidos porque quizá no volverá a caminar, sería mejor concentrarnos en nuestra capacidad de reconfortar, cuidar y ayudar a sanar con todo lo que podemos.

Si bien los hospitales son campos fértiles para el dolor y la aflicción, es probable que los doctores, con entrenamiento, puedan cultivar cierta satisfacción y emociones positivas. La empatía no lleva a eso.

Lohitka Kethu
"Compassionate Care", de Lohitha Kethu.

Para un estudiante de medicina en un laboratorio de anatomía, hay una elección muy clara. Cuando abrí el cierre de la bolsa forense, me pude haber concentrado en la muerte y en la pérdida, o en el enorme corazón abierto (literal y figurativamente hablando) del donante del cuerpo. Ahora, escojo la segunda opción.

Cada vez que ahora manipulo el bisturí, no me da miedo reír con mis compañeros, o sentir la emoción del aprendizaje. Ahora, simplemente corto.

Este artículo fue publicado originalmente en HuffPost y luego traducido y editado para su comprensión.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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