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La ilusión de la Navidad (y todos sus demonios)

05/12/2017 6:00 AM CST | Actualizado 05/12/2017 1:43 PM CST

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A mí sí me gusta la Navidad...

¡Esa no se la esperaban! ¿verdaaaaad?

Sí, me gusta.

Me gusta la parte simbólica de renacer, renovarse, conectarte contigo y con otros, ver a los 84 parientes que nunca ves, y en general, estar en tu casa y preparar cosas deliciosas para compartir.

Lo que noooo me gusta de la navidad es la desproporción (o debería decir, prostitución) de una celebración que, lejos de prevalecer como un momento de introspección, se ha vuelto un circo completamente comercial y enfermo que me pone de muy mal humor.

Navidad es en diciembre y sin embargo, nos quieren vender todo tipo de artefactos, árboles de colores (¿por?), esferas y luces de todo tipo, en agosto. Y nosotros, bien "obedientes" consumimos pensando que "luego no vamos a encontrar" "que había que aprovechar la barata" y que "mejor de una vez" (she rolls her eyes).

Explíquenme por favor ¿cuál es la pinche prisa por adelantarnos a todo?

En serio ¿por qué comemos pan de muerto en julio, mangos en febrero y rosca de reyes en septiembre? ¿Qué sucedió con eso de vivir cada época cuando es la época?

Por eso estamos completamente insatisfechos: porque nos comemos (como diría mi querido @alejolippert1) "la caca a puños" y, cuando llega el momento de cada cosa, ya no nos interesa porque ya la palomeamos hace dos meses y ya estamos pensando en lo que sigue en tres.

Perdón, pero la vida no tiene tiempos de editorial de revistas.

Está bien planear un poco y ver a largo plazo, pero ¡vivan día a día, no mamen! Dejen de fomentar el consumismo y ser víctimas de las tiendas, porque además, honestamente, nadie necesita tantas mierdas.

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El caso es que entonces la Navidad empieza en agosto. Y a partir de ahí arrancan los 70 "exclusivos" bazares para comprar mil cosas increíbles, de las cuales ¡ni una! termina siendo regalo de Navidad. Nos quedamos todo nosotras porque ¿sabes qué? ¡Me lo merezco, cómo de que no!

En noviembre arrancan los convivios. Es indispensable "darle el abrazo" a tus 556 amigos y generar un caos permanente en la ciudad. Nunca he entendido por qué si no ves a tu amigo tooodo el año, es tan importante verlo ¡ese! mes. En serio. Da exactamente lo mismo abrazar a alguien en diciembre o a principios de marzo. Y, claro, para que realmente sea navideño, tiene que haber por supuesto, un intercambio. Ahí estamos todos, como gallinas descabezadas, comprando regalos que no sabemos si van a gustar, o ser utilizados (porque "nunca nos vemos y la verdad no sé bien si sea su estilo") solo por cumplir.

No compramos con intención. Compramos por obligación.

¿Se fijan que patético?

La decorada de la casa, que en mis tiempos consistía en un arbolito de Navidad, ahora son unas producciones y escenografías sorprendentes. La mayoría, por fuera, parece que se les estrelló Chevy Chase porque para cumplir con la norma, una casa, tiene que tener: pinchemil lucecitas, un Santa y algún otro personaje, como reno, muñeco de nieve y un trineo. Cosas que, por cierto, aquí en la localidad jamás hemos visto realmente, pero no importa, lo importante es participar y ¡obvio! subir las fotos al feis porque todos ne-ce-si-tan ver lo originales y creativos que somos y admirar nuestro arbolito porque nadie nunca ha visto nada igual. Dijo nadie nunca.

Otra cosa que no entiendo es en qué momento sucedió que Santa trae regalos a Gogo. ¡Era UN regalo! Ahora hay que gastarse la mitad del presupuesto mensual para comprar toooda la lista de los escuincles y mandar a hacer unos costales per-so-na-li-za-dos-pre-cio-sos, que certifican que vienen directo del taller de Santa (que los niños ni siquiera ven de la prisa que tienen por sacar todo lo que hay en ese costal).

Tal vez es el momento del año que ustedes aprovechan para saldar sus culpas o creen que dándoles 12 cosas es como realmente sus hijos van a ser felices. Pero les tengo una noticia: los niños no quieren cosas. Quieren tiempo con ustedes. Y darles absolutamente todo lo que quieren, lejísimos de hacerlos felices los van a hacer personas completamente vacías. Déjenlos quedarse con ganas de cosas. Esforzarse por ellas, ahorrar y conseguirlas con SU esfuerzo.

Y luego, por supuesto... el pinche duende.

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A ver...

Les aclaro que he operado durante 13 años como Santa, el conejo de Pascua, los reyes magos y el ratón Pérez. No solo lo he hecho perfecto, sino que lo he disfrutado. Me conflictúa un poco la parte de que estamos, básicamente engañando a nuestros hijos, pero tratando de no pensar mucho en eso, creo que también forma parte de la infancia y que hace más bien que mal.

Pero este nuevo personaje yo creo que ya me agarró cansada y me pareció que ya era el colmo. Para empezar, a diferencia de todo lo demás, este, ¡hay que comprarlo y es carísimo! Lo cual me parece una mamada. El que inventó al pinche mono está retorciéndose de risa nadando en albercas de dinero.

Además, los otros vienen una vez y se van, este cabrón se instala un mes y por si fuera poco la onda es que el güey, ¡haga travesuras! ¡qué increíble idea! Porque lo que necesitamos todas las mamás y papás al final de sobrevivir a un día de diciembre es, por supuesto, ponernos a hacer pendejadas que ¡además! vamos a tener que limpiar al día siguiente y decir que ¡qué chistoso el duendecito! haciendo ¡justo! lo que nos pasamos la vida diciéndole a los hijos que no se hace. Está cabrón.

Alguien me decía... es que "es para seguir con la ilusióoooon" ¡no mamen! ¿maaaas? O sea, perdón, pero me parece que 4 personajes ficticios en la infancia son mucho más que suficientes. Sobre todo si el costo es estarnos balaceando el pie cada noche pensando qué diablos hacer con el mono, desperdiciar comida y hacer un desmadre. Claro. Subir la foto ha de dar una enorme satisfacción y me pregunto si no será más por eso de "miren que suuuper papá/mamá soy" que seguimos aceptando hacer estas pendejadas.

Los niños no quieren cosas. Quieren tiempo con ustedes.

Hay escuelas en donde todos llevan al suyo y en el recreo hacen un desmadre en el salón y yo me pregunto ¿qué no la miss debería de estar descansando ese rato para regresar renovada a la siguiente parte del día, en lugar de estar desmadrando su área de trabajo? ¡Ora resulta que hasta en la escuela "hay que fomentar la ilusión"! Porque no vaya a ser que trabajar y estar concentrados les haga daño o les robe su infancia.

#TodoMal

El de 10 pidió uno como desde los 7 y, por supuesto, le dije que bajo ningún punto de vista yo quería que un pinche elfo viniera a mi casa a hacer idioteces. Punto final.

Ajá...

Hasta el año pasado que el niño, en su carta a Santa (que normalmente debe contener de 3 a 4 sugerencias para que Santa pueda elegir) puso:

"Santa, este año solo quiero un duende. Pero por favor tráeme al que mejor se porta de todos y no haga travesuras para que mi mamá lo deje quedarse"

Chingada madre. Me chingó.

¡¿Qué hace uno ante algo así?!

Pues nada... ir a comprar el pinche mono. Y dejarlo quedarse.

Al día de hoy reporto que el duende, eventualmente, cambia de lugar o aparece leyendo un libro o metiendo los zapatos del de 10 en su lugar. Pero por lo general está quieto y se porta suuuper bien. Ni hablar. Uno acaba haciendo por los hijos cosas que nunca pensó. Pero no les quepa duda: me sigue cagando.

And last but not least: la cena de Navidad.

¿Dónde es? ¿quién hace qué? Y demases detalles a definir que pueden volverse infernales. Parecería que lo que menos queremos es celebrar la navidad el 24 porque ya estamos tan agotados por la quedadera bien de todo el mes, que ya no tenemos ganas ni de cocinar para el convivio familiar. No manchen. ¡Revisen sus prioridades! Andar subiendo fotos de todos los festejos previos y llegar al de la familia con una hueva inmensa y que nos dé lo mismo qué hay de comer, me parece ya el colmo de los colmos.

Porque lo más importante de la Navidad, por lo menos para mí, es la familia.

Hacer bolita. Sentirte parte de algo que va más allá de la pose y tus mil amigos.

Sabernos parte de una familia nos hace ser más fuertes. Aunque alucines a algunos, te chutes al que siempre cuente el mismo chiste, la que cocina horrible y el que siempre da un roperazo de regalo. Aunque tengas que poner de lado tus orgullos, hacer acopio de toda tu paciencia o tengas que viajar a otro lado ¡de eso se trata!

Sabernos parte de una familia nos hace ser más fuertes.

De por un día del año estar juntos, a pesar de todo.

De dar y recibir (y no hablo de regalos ni los estoy albureando).

De aceptar y simplemente abrir un poco el corazón y dejar el ego en tu casa.

Los recuerdos les dejarán MUCHO más a nuestros hijos que un costal lleno de regalos. Eso es lo que tenemos que darles más. Tiempo de familia. De conectarse. De tradiciones. De que sepan que son parte de algo más grande que ellos. De comer cosas que cuando sean grandes les sepan a Navidad y les recuerden su infancia y de calentarles el corazón para que cuando la vida los revuelque y los haga sentir perdidos, sepan que no están solos.

Lo que nuestros hijos necesitan en la infancia no son más ilusiones y cosas.

Es más, de nosotros y de nuestras tribus. Necesitan la ilusión de la Navidad por lo que en realidad es, no por todo lo que las tiendas nos dicen que tiene que ser.

¡Haz lo que tengas que hacer para que tus hijos tengan navidades caóticas, tumultuosas y no perfectas en familia!

Este es el primer año en que mi Navidad cambia. Mi abuelo se fue en febrero y su casa no será, por primera vez en mi vida, la sede. Se me salen las lagrimitas de pensar mientras escribo. Mis abuelos lo hicieron increíble reuniéndonos a todos desde que tengo memoria y cuando ya no pudieron hacerlo, mis tíos y mi mamá se encargaron de que siguiera sucediendo.

Ahora me toca a mí, y lejos de darme flojera y pensar en la chamba que implica, me siento feliz de poder abrir mi casa, recibirlos a todos y enseñarles a mis hijos lo que realmente importa.

Que sepan que el mejor regalo que la vida nos da es ser parte de una familia y la verdadera razón para festejar.

Los invito a replantearse la estrategia y reacomodar sus prioridades.

¡Felices fiestas a todos!

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